Miércoles

1.

Hoy fui a una junta de trabajo y me dio tiempo de desayunar. Y, por qué no, escribí una Mediocridad Iridiscente más.

2.

Los inicios nunca son lo halagüeños que podrían ser y cuando llegan a serlo, no dejan de parecer sospechosos. Cuántas veces la ventana anuncia el clima perfecto para salir a correr, la temperatura ideal para recorrer el camino hacia el trabajo, la ventisca suficiente como para refrescar la espalda contra la silla en el cubículo solo para ver cómo todo se cae a pedazos por las pequeñas maledicencias de la fortuna. Sin querer aparentar un fatalismo lloricón que no es el mío, esa es una constante inapelable: la fortuna es la pariente insidiosa, la tía culera, la tía que sabe cuándo hacer la pregunta incómoda: una hija de la chingada.

Pero sucede a veces que, como con estos desdichados parientes que quieren hacer de la amargura moneda de cambio, la fortuna revierte la costumbre y nos sorprende. Así, el inicio del día, descoyuntado y falto de toda gracia, remonta la desventaja y se aviene una luminosidad que no se veía por donde obtendría. Entonces uno se ve obligado a matizar que la fortuna, esa tía culera, no es tan hija de la chingada después de todo.

Así sucedió hoy por la mañana: un panorama grisáceo gracias a una junta de trabajo partía el espinazo del día y lo dejaba atolondrado, casi paralítico hasta la noche. Resultó, sin embargo, que, por azar, la reunión tendría lugar en una zona de la ciudad de la que fui vecino durante mucho tiempo y a la que todavía volteo en los días más melancólicos con una nostalgia inexplicable: tampoco es tan bonito el rumbo. El que esa junta rompe espaldas fuera inevitable de pronto parecía el inicio de una mañana de parsimonioso desayuno en un restaurante ya conocido y frecuentado con moderada intensidad los fines de semana de aquella época.

Henchido de nostalgia y dispuesto a comer con el gesto distendido de los jubilados, me enfilé hacia el lugar. El camino, idéntico: medio en ruinas, medio modernizado; autopartes en venta hasta en carritos metálicos tipo taquería de banqueta. La población local igual: creo haber reconocido a dos viene vienes y a los eternos limpiaparabrisas del cruce. En otras palabras, volvía a cierto terruño.

Acudí, de inmediato, a la barra. Ahí, supuse, es el lugar en el que los oficinistas apuran los tragos mientras que dan la espalda a la puerta porque no tienen preocupaciones: el oficinista se halla plenamente en el mundo cuando está en un local de comida. En el caso del desayuno, el oficinista apenas está estirando sus engarrotados músculos, apenas está ejercitando las flácidas aspiraciones, apenas repasa los agravios de la jornada anterior: durante el desayuno, es el oficinista fresco. Con celeridad intachable, un par de manos pusieron mantel, cubiertos, taza y una canastilla de pan más bien manoseado, y una carta que incluía más de una decena de paquetes. Paquetes: claro, qué mejor manera de masajearle el ego al oficinista que haciéndole creer que ahorra, que está obteniendo una ganga. Elegí, por mediocre, el dos. Evité, por cobarde, los más osados. Me concentré, por timorato, en un simple huevo con salsa. De los infaltables binomios ( «jugo o fruta» «café o thé») elegí «fruta» y «café».

Luego comí.

Luego pedí la cuenta.

Con la misma celeridad, llegó esa minúscula charola con fondo de corcho. Me dirigí a la caja. Pagué. Tomé un mondadientes que no sé usar y, como lo hago desde la infancia, siempre tomo sólo para masticarlo. Regresé a la barra a darle su propina al mesero. Incluso una palmada en el hombro. Salí a la junta. El universo era otro: yo era, por fin después de años de trabajo en oficina, un oficinista desayunado.

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