Miércoles

1. 

Traigo maltrecha la espalda desde hace semanas. Y, por qué no, se me hizo fácil escribir una Mediocridad iridiscente.

 

2. 

Las fallas del cuerpo no tienen por qué ser las del espíritu, aunque cierta corriente de la profilaxis sentimental nos diga lo contrario. Lo «psicosomático» resulta ser la etiqueta que se le pega a todo lo que no podemos explicar: es el rótulo de «Varios» con el que zanjamos el problema de la precisión de los archivos.

Estados mentales, disposiciones anímicas, todas imaginadas como humores medievales que movilizan a este cuerpo neumático en el que estamos condenados a pasar nuestros mejores años. Me desmarco amablemente: reconozco que los misterios de la química orgánica, la bioquímica, la neurociencia, la epidemiología y demás materias pertinentes son tan complejas que es oneroso y muy difícil estar al tanto los últimos avances. Las fallas del cuerpo, me digo, son fallas del cuerpo. Sin embargo, es difícil resistirse.

Traigo un necio espasmo en la espalda que no me deja andar con la soltura bamboleante con la que siempre me desplazo. Afecta un lado del cuerpo más que otro, se concentra en la zona lumbar, a veces ataca la pierna con un dolor casi eléctrico y atenazador. Ponerme los calcetines es un tormento. Es un dolor del que, con toda certeza, escuché a mi padre quejarse a sus sesentas. El inicio del problema fue en ese deporte de precisión y alto rendimiento que practico con la asidua obsesividad de un adolecente: el boliche. Ahí, al lanzar un tiro que dejaría sin tocar el pino 10, una punzada en la espalda. Y desde entonces, con intensidad variable, está ahí ese dolor que, quizá exagero, incapacita.

Y, consulta médica, fisioterapia, electroestimulación y pastillas de por medio, me descubrí diciéndole a alguien: «Creo que no se me quita porque ando estresado». Horror. Infectado y ni cuenta me había dado. No, claramente no es el estrés: es una contractura que comprime nervios, que afecta la estructura, que imposibilita que otros músculos se contraigan normalmente. Pero no: «es por el estrés», decía yo, sonriente, asertivo.

Mientras tanto, llevo dos semanas sin asistir al templo de los pinos y los tiros con comba. Llevo dos semanas sin escuchar el salutífero estruendo que hacen diez adversarios de madera y resina pintados de blanco al ser derribados por mi bola —«la Morenita II» es su nombre. Es terrible esta carestía. Y es doblemente terrible porque ese malestar que me impide sostener a la Morenita II con la mano derecha, equilibrarla con la izquierda, pegar el codo derecho al costado, empezar el movimiento con el pie derecho al tiempo que estiro el brazo derecho directamente hacia el frente, como si ofreciera la bola, y luego dar el paso con el otro pie, al tiempo que permito que la bola describa un arco, como un péndulo, luego ya casi llegando a la línea, dar el último paso con el pie derecho en sincronía con el movimiento ahora de vuelta de «la Morenita II», para terminar con resbalando sobre la suela lisa del zapato izquierdo, cruzar la piernita para no caerse y lanzar la pelota sobre la duela 8 o 10 dependiendo de lo engrasado de la mesa para que «la Morenita II» recorra los sesenta pies de distancia, y quiebre su trayecto con feroz intención hacia el espacio entre el pino 1 y el 3 un metro y medio antes del final, es un malestar causado justamente por la actividad antes descrita. No por el estrés. O más bien no por ese estrés emocional del que millones de personas se quejan. Sí por el estrés, el esfuerzo y el desgaste físico de cargar los seis kilos y cachito que pesa «la Morenita II» y lanzarla unas 70 veces cada jueves, y unas 150 cada fin de semana.

Es difícil resistirse y tengo que aceptar que es un pesar por triplicado no poder jugar boliche: por el gusto de hacerlo, porque es justamente el boliche y sus movimientos repetitivos los que provocan que la espalda esté hecha un nudo y, finalmente, porque el boliche es la manera en la que, dije con una sonrisa, «le hago frente al tan nocivo estrés».

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