Martes

1. 

Llevo dos días apenas durmiendo unas horas y me siento pésimo. Y, como si fuera terapéutico, escribí una Mediocridad iridiscente.

 

2.

La brevedad no está de más. Para evitar empachos, qué necesidad de andar repitiendo y disculpándose con una mano mientras con la otra se hace un puño y se coloca sobre los labios para atajar los humores desagradables del estómago congestionado. Por eso, mejor la brevedad, en la comida y en general. Salvo circunstancias específicas, la brevedad es un valor apreciado. Porque también hay, en la brevedad, el germen de la expectativa, y la expectativa, como una tremenda reacción en cadena, a su vez da paso a la repetición. Entonces, la brevedad no está de más.

Eso pensaba mientras el monitor me alumbraba la cara y por allá se escuchaba el enésimo ladrido, una vaga carcajada. Era la madrugada, lo sé porque uno llega a un tipo de conclusiones que, apuntadas en el momento y repetidas en silencio, demorando el paso de una palabra a otra, parecen contener más carne de la que en realidad tienen. Un fiambre magro, si nos va bien; puro espectro de profundidad y bisutería de cosa seria: la madrugada es cuando jugamos a impresionarnos. Y ahí estaba yo queriendo impresionarme con la soltura de mis reflexiones.

Decían que la enfermedad de este siglo, o era el del anterior, era la depresión. No sé si me atrevería a decir del siglo, pero la de mi edad es el insomnio. Y nunca es claro si es insomnio puro: esa tabula rasa del descanso, celda de aislamiento en la que nada pasa que no se magnifique y se arrastre y donde el aburrimiento no tiene la posibilidad de tejer el capullo y transformarse en sueño. Puede ser que sea, como entiendo que es el mío, un insomnio inducido por el muy moderado consumo de estimulantes muy moderados, junto con la angustia de los trabajos pendientes, es decir: el insomnio de los multichambistas. Ese es el mío: el ordinario, el plebeyo. Nada de la alcurnia de los insomnes bioquímicamente programados, de los que arriesgan la vida con cada madrugada si no se toman la medicina. El mío es el de los oficinistas que dobletean como freelanceros y como voluntarios y como entusiastas de quehaceres poco rentables. En el ecosistema de los insomnios, el mío es un perro callejero.

Bien podría decirse con Pascal que el insomnio no tiene circunferencia y su centro está por todos lados, imperativo en cualquier lugar que se apersona, intransigente con quienes atenaza. Yo soy un caso levísimo: apenas llevo dos días de escuchar cómo los peseros hacen sus primeros arrancones, como los entusiastas golpean con sus suelas ergonómicas la baqueta alrededor del parque. Tanto ayer como hoy pude escaparme de su yugo ya clareado el día, y llegar tarde al trabajo. Bendito el día en algún Spinoza de la óptica moderna aprendió a graduar las micas de los lentes oscuros. Me arrastro hasta mi escritorio. Y paso el día arrastrándome de un pendiente a otro. Y lamento mi suerte. Y sé que lo volveré a hacer, porque lo que está en juego, de lo que estoy hablando pues, no es del insomnio, sino de la multichamba. Este es un intento velado por hablar de mi disposición al multichambismo; intento fallido, por lo demás. Es culpa del insomnio. Dicen los enterados que uno se vuelve disperso. Que no llegas a nada. O, como es mi caso, trato de apantallarme con la soltura de mis reflexiones.

Dada la raza de mi insomnio, se repetirá de aquí al viernes que termino uno de los pendientes grandes de la temporada. Siempre está la amenaza de, a fuerza de repeticiones, volverlo permanente. Mi madre me advertía que no hiciera bizcos porque «si le sigues así te vas a quedar». Lo mismo me pasa ahora con el insomnio: ¿será que si le sigo así me voy a quedar?

Total que todo esto para decir que ayer pensaba que la brevedad no está de más y que el insomnio es enemigo de la brevedad.

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