Lunes

1.

En estos días lave platos. Y escribí, ya ni hay sorpresa, otra Mediocridad iridiscente.

 

2.

Es una condición de nuestra época que todo arte menor adquiere, por su condición minoritaria, un crédito de importancia que habrá de ser redimido de distintas maneras: algunas veces se utiliza para vender cosas, otras para hacer que el arte menor en cuestión se vuelva una moda que no de tanta pena compartir, o, muchas otras, permite aferrarse como a un pedazo de madera cuando la identidad encalló en las piedras del desánimo, y se hizo trizas y parece que todo se irá al carajo. Esa es la versión relevante para el arte menor que, en este caso, me interesa.

Lavar platos. Ese es el arte menor. Por lo menos el que ahora importa. Y no es que importe porque sea algo extraordinario: trato de hacerlo, mi roomate no me dejará mentir, lo más frecuentemente que puedo, y si lo dejo de hacer no es porque esquive las honduras al fondo del lavabo: cuando no tengo tiempo, cuando el cansancio o las obsesiones imponen su propia agenda, es una verdadera tragedia. Y lo es justamente por todo lo «tabla de salvación» que este arte menor me otorga.

Me enseñé, quizá por moda familiar, a hacer un poco de agua jabonosa en un pequeño bote de plástico. Dos apretujones al jabón líquido, y bastante agua, caliente si se puede. Junto con esta tinajilla casi indispensable –no he podido dominar la técnica de echar el jabón directamente sobre el utensilio que limpia, ni la otra, la que vierte el jabón sobre los trastes–, la otra herramienta que trato de tener a la mano es una escobilla y la omnipresente fibra verde. Con eso basta. Lo demás son los barroquismos que la situación inspira: limón para ayudar a la grasa, guantes para poder utilizar un chorro ardiente de agua, música, y demás. Con esa triada de instrumentos es posible, es suficiente.

Nunca fue castigo, el lavar los platos (el castigo era secarlos). Pero tampoco fue parte de las pedagogías suaves del núcleo familiar: esta fue una verdadera afición.

Será que hay primitivismos que atisbar en nuestra relación con el agua corriente, con el manejo de los restos de comida que se van por el caño, con el jabonoso embrujo de la espuma o quizá sea que hay un asunto de certidumbre cósmica escondido en ese hábito minúsculo. Sea como sea, mi afición a este arte menor tiene mucho que ver con el abandono: durante diez o quince minutos las urgencias están pospuestas y solo importa remojar lo suficiente ese pedazo de queso que ahora ya es una roca sólida incrustada en la losa. Durante estos minutos el paso del tiempo se mide en función del ritmo de con el que la escobetilla toca el fondo de los vasos o estruja los espacios entre las puntas del tenedor. Este arte menor, pues, es el arte de la suspensión.

One thought on “Lunes

  1. Es verdad que hay un espacio abierto a la suspensión en este arte menor que dominas. Y es una maravilla saber que aún hay filósofos en esta disciplina. Siempre ha sido el fregadero un lugar de encuentro con la reflexión.

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