Martes

1. 

Una Mediocridad iridiscente más.

 

2. 

Yo solito me sentencié. Y como toda condena autoimpuesta, hay una tonalidad benigna. Aunque, como con toda condena autoimpuesta, también hay algo de sabotaje, de enredo culpígeno, de mejor no nos clavemos en eso que no acabamos.

La compra la hice con la tarjeta de crédito un fin de semana reciente, un sábado por la tarde. Febril, me dirigí al centro comercial más cercano a mi domicilio y una vez ahí, localicé en el mapa la tienda de videojuegos. Obnubilado, navegué por los pasillos de mármol, esquivé niños con helados dobles y padres con la mirada perdida en las nalgas de las mujeres ajenas, hasta llegar al lugar. Evité con la universal «nomás ando viendo, gracias» al solícito empleado de cara grasa, para mirar hacia las cajas e intentar esbozar alguna justificación elaborada para la compra que estaba por hacer.

No hay justificación elaborada. Me gustaría decir que mi capacidad mental da para comprender los videojuegos desde una perspectiva tecnológica profunda, pero no es así: mis manoteos ante la programación nunca superaron aquella «tortuga» que, en una pantalla verde, diagramaba los rectángulos más simplones según mis escuetos comandos. Después de eso, sólo he sido consumidor. También me habría gustado –ahí mismo en la tienda, mientras niños alrededor mío corrían por Lego Star Wars para Wii o Dance Central para Kinect– justificarme diciendo que mi perspectiva ante los videojuegos es la de un crítico cultural avezado que logra leer en esas inmensas arquitecturas de causas y efectos, de reglas y consecuencias los derroteros secretos de la especie; me gustaría poder decir que las razones de mi compra estaban gobernadas por una compulsión crítica y estética que me permite ver en cada uno de los títulos un ejemplo más de diseño, armonía, y valores similares puestos en juego en un mundo post-fílmico. Pero nada de eso. Dando pasitos dubitativos de una caja a otra, lo único que atinaba a elaborar era la justificación menos sensata, la más falaz, la que ni siquiera es elaborada sino justificación en estado básico, pero efectivísima: «me lo merezco»

Ahora, tengo que aceptarlo, solito me sentencié a este zumbido en los oídos, a este ardor en los ojos. Yo mismo me condené, con todo conocimiento de causa, a este insomnio irregular y mal querido que hace que la piel se sienta toda ceniza, terrosa y que los pensamientos estén más disgregados de lo que ya eran. Tampoco es una queja, este mínimo catálogo de síntomas de la privación del sueño, no tendría por qué serlo. Ya sabía yo que esto iba a ser así. De hecho, casi que la adquisición incluía este efecto entre sus motivos: lo que quería era unirme al torbellino de las multitudes insomnes que pueden dialogar en términos de combinaciones de botones. Quería, más allá del merecimiento, entrarle a la realidad paralela de los forevers –esos adultos que se clavan en la «novedad» con más fervor que cualquier otro grupo demográfico y lo hacen con un exhibicionismo disonante con el mercado pretendido. Por eso, tener el dedo pulgar atrofiado y los nudillos es un mal esperado, una condición anticipada: presupuestada, dicen algunos.

No he llegado a ninguna instancia memorable todavía –uso a los Gallos Blancos del Querétaro en FIFA 13 y el grado de dificultad crece, y logré un gol de cabeza que me pareció muy grácil, pero nada espectacular; apenas araño el 10% de completo en el nuevo de Assassin’s Creed; y estoy recorriendo Gears of War uno de nuevo con paciencia pero sin mayor gloria, todavía. Quizá lo mejor es que la chica que me gusta y yo hemos trabado una batalla frontal contra la horda zombie de Left 4 Dead 2 y, aunque sin el talento de los verdaderos gamers, hemos dejado atrás varios de los niveles más complejos. Todavía, insisto, todavía. Quizá es cuestión de tiempo para que alcance esa instancia memorable, ese momento en el que las reglas y los parámetros del juego están tan al alcance de mi mano que logre hacer un combo especial o hallar un camino hacia un nivel secreto. Quizá es cuestión de tiempo para encontrarle una justificación más elaborada a esta condena a la que yo solo me sentencié:

Compré un Xbox.

 

One thought on “Martes

  1. Buenísima tu “mediocridad”.
    Y ciertamente cuántos malos-buenos gastos hacemos en nombre del “me lo merezco”, “para eso trabajo”, “es un pequeño lujo”… Me gustó porque recordé esos dos tétrix de mano de los que terminé deshaciéndome al final de una racha prolongada y enfermiza de amanecidas que terminaban con torturadores intentos de dormir mientras veía caer cuadritos en la ruta al sueño.
    No hubo un tercer tétrix para recaer, pero sí la baraja, el dominó, los solitarios spider, el buscaminas, el Facebook, el monito amarillo del Google Maps y ahora el Twitter. Cada uno su novedad, su cúspide y su decadencia forzada por un “ya no más” que al final siempre termina disolviéndose ante otra novedad.
    Saludos.

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