Martes

1. 
Desde ayer ando desanimado. Y escribí una Mediocridad sobre eso. Obvio.

2.

Nada menos afortunado que escribir sobre el desánimo. Es el equivalente a etiquetar lo que uno hace como «escribo pensamientos». Es lanzarse de cara al pozo del azote adolescente. Es una nadería pues. Porque el desánimo es tan democrático y tan evitable, tan recurrente que no tiene mucha tracción: de qué se agarra uno cuando trata de asir el desánimo, tan esclerótico él. Y sin embargo, como adolescente obnubilado por el azote, traigo un antojo bárbaro por escribir de ese desánimo sin garbo.

Es que no es hueva. No propiamente. La hueva tiene ese algo de desafío: la hueva no es sólo algo que nos sucede, sino es algo que permitimos que nos suceda. Como un malestar de común acuerdo o un pacto entre sado y masoquista, la hueva tiene un filo de agencia personal y de reto. No tendrá ánimo, pero la hueva tiene agallas.

El desánimo es eso que sucede cuando Gaby Vargas está volteando hacia otro lado.

El desánimo más bien es el pariente que leyó a Bécquer y se tira sobre el diván con la mano sobre la frente y se lamenta del nefando destino que cerca su espíritu. Algo así. Lo que quiero decir es que en el desánimo hay un victimismo incómodo -tanto para quien lo padece y habla de él, como para quien lo escucha y al hacerlo, padece a quien habla de él. El desánimo es pura molestia.

Y sin embargo, aquí está este servidor, neceando con la cantaleta compartida por de niños de primaria y octogenarios en todo el mundo: «desde ayer, chingada madre, qué desánimo». Qué afán de estar hablando de ello cuando uno trae el ánimo contrahecho.

Es que tampoco es depresión. Eso es serio y debatido y las farmacéuticas sintetizan microgramos de ingredientes activos y hay suicidios y malestar social y cosas así. «La depresión» sufrió de la misma sobreexposición que «la democracia» o la «autoayuda»: pareciera que cualquier cosa es depresión. Esto, claramente, no lo es. Este es un desánimo pálido y lánguido, tropezando de quehacer en quehacer, nunca decisivo pero tampoco ausente: menos un vampiro y más una palomilla gigante que mueve las alas en una esquina de la habitación.

Malquerido y agraviado por su fealdad, Ricardo III concluye que, dado que no está para cortejar señoritas ni disfrutar de los deleites del ocio, «I am determined to prove a villain/And hate the idle pleasures of these days.» Y por eso, echa a andar toda suerte de estratagemas y canalladas que terminan con el reino y con él. Visité el desánimo y lo único que me dejó fue volver a leer el primer acto de Ricardo III. Admirable su rencor canijo. Y luego los versos. Todo muy bien, aunque desanimado. El desánimo no oscurece demasiado la vista –como sí,la depresión–, sólo deja que el entusiasmo se vaya para otro lado. «Why I, in this weak piping time of peace,/have no delight to pass away the time;/unless to spy my shadow in the sun,/and descant on my own deformity». Ese es el desánimo. Lo que pasaría si Ricardo III no hiciera lo que hace. El desánimo le canta a las deformidades. Hace planes que no ejecuta, el desánimo: rumia, tararea. Qué molesto, hablar del desánimo; tanto como la gente que habla del desánimo.

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