Martes

Fecha 4. Querétaro F.C. (0) – Tigres (2)

1.

La platea es la enciclopedia del futbol. Llegamos diez minutos antes. Nuestros lugares eran cómodos, pero, por haber comprado a ciegas, no se veía la mitad de la cancha por virtud de una barrera de plexiglas que dividía los pequeños palcos. Nada menos falso que meterle «privacidad» a la platea. Nos movimos a unos lugares más abajo. A pesar de que el estadio estaba casi lleno, nunca llegaron los propietarios a quitarnos de sus asientos.

La cerveza se vende en vaso de plástico. Seguro nomás les dan un remojón y listos para el siguiente partido. La platea es el lugar donde hasta la baba se comparte.

Las ocurrencias, transcritas, pierden todo: baste decir que los vecinos eran ingeniosos y certeros. Traían al cuñado que «se va mañana de vuelta pa”rriba». El más callado de ellos lo apodaban «el hediondo». Eran quirúrgicamente vulgares. Desautorizaban a quien osara contradecirlos con gracia casi digna de un micrófono. Se burlaban de los vendedores de churritos; injuriaron a la porra rival –demasiado cercana–, y no tenían empacho en difundir su particular visión de cómo debería jugar el equipo. La platea, no queda duda, es la enciclopedia del futbol.

 

2.

El juego, visto desde la platea, no parece tan torpe como se ve por televisión: es decir, mi equipo –célebre por su incompetencia técnica y sus limitaciones tácticas– no es tan desordenado como aparenta. Hay huecos evidentes: carencias de talento que no pueden ocultarse cuando tiene uno a su disposición la vista panorámica del campo. Por ejemplo: la banda izquierda y el centro del campo. Si esto fuera un juego de video, digamos Football Manager, ya estaría yo mandando a mis scouts a buscar en la cantera o en algún continente lejano, jóvenes de talento y bajo costo para fichar en esos puestos. Si esto fuera un juego de video, digamos FIFA 13, habría alineado otros jugadores. Como esto es la platea, platico, entonces, con los amigos del «hediondo» sobre los errores tácticos que yo habría corregido. Estamos de acuerdo por solidaridad con una causa, pero en realidad vale madres qué dice uno y qué dice otro. Allá abajo, Tigres ya va ganando 1-0.

El inicio del segundo tiempo, con cerveza fresca en esa cubeta de plástico de logos deslavados, es distinto. Ahora el equipo, el mío, ataca la portería que me queda más cerca. Y Tigres se echa atrás a agazaparse alrededor de ese gol de ventaja. Ahora sí, la ausencia de un extremo izquierdo en la alineación -pero sí en la banca- es evidente. Todos los ataques se concentran en la zona menos transparente del campo: el centro. Está lleno. Como intentar maniobrar sin ser tocado en un vagón de metro, los jugadores del Querétaro fallan cada vez. El extremo derecho es la excepción: pide el balón, que le dan poco, y manda centros, desborda, encara, se parte la madre. Pero la ecuación de lo que intenta el equipo está condenada a dar un resultado negativo: la precisión necesaria para recorrer los mínimos espacios es superior a la suma de talento en el campo. La zona izquierda, ese espacio verde y mullido junto al área grande, permanece casi intacto.

Las opción más clara, la más evidente, la que hizo que derramara cerveza en el asiento de enfrente, la que provocó exhalaciones embriagadas de la «Barra del Hediondo», empezó por ese lado izquierdo, tan desperdiciado: Un centro que el joven Escoto –delantero veloz y encarador, aunque precipitado y no del todo preciso– remató con un cabezazo a un lado del poste. Pobres de nosotros, los espectadores.

 

3.

El segundo gol de Tigres cayó después de que nuestros defensas erraron un saque de banda a favor. La más estereotípica, la más controlable de todas las circunstancias en el campo –junto con el saque de meta– es por donde se nos cuela el enemigo: les regalamos el balón, dos o tres toques y pum, al fondo de la portería. Festejan los de amarillo en la platea lanzando cerveza: bañan a un reportero. «La Barra del Hediondo» se queda callada. En la platea se siente más canijo la derrota.

 

4.

Pobres de nosotros, los espectadores. 

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Lunes

Fecha 3. Pachuca (1) – Querétaro F.C. (1)

1.

No transmiten el partido. No por televisión abierta. Ninguno de los dos canales de TV Azteca. En uno, pasan una película de baile juvenil. En el otro, Rocío Sánchez Azuara anda dirimiendo los escándalos intrafamiliares de un grupo de analfabetas funcionales. El partido que sí están transmitiendo es el Atlas-Tigres. Bien podría quedarme a ver ese, en el sillón de la casa: ser por esa noche un aficionado a Tigres, esperar que claven tres o cuatro y desmoralicen completamente al Atlas. Importa, pues, para la causa del Gallo. Pero qué pesadillita no poder ver el partido. Vuelvo a los canales: Película y psicodrama.

No tengo nada contra la ciudad, pero una noche de sábado en Pachuca no era nada inspirador. Supongo que por eso la televisora decidió no enviar a su equipo de transmisiones. La ciudad –que guarda para sus visitantes un par de dinosaurios de fibra de vidrio en un camellón, o una gigantesca escultura al Bambidedo en alguna de las heladerías del centro–, visitada por un equipo notablemente mediocre como el de mis amores, era una combinación desastrosa para el rating. Supongo que ese fue el cálculo: ahí tienen su partido, disfrútenlo ustedes, asistentes efímeros al estadio airoso; nosotros capitalizaremos en anuncios de aceites de mesa y pañales mientras vemos como dos jefas de familia se disputan la posesión de un cuarto de azotea y Rocío Sánchez Azuara intenta hacer sentir culpables a todos.

 

2.

El partido lo hallé por internet, obviamente. La transmisión era de Univisión y los narradores bastante regulares. Lo único verdaderamente molesto era su inexplicable compulsión por mencionar el segundo apellido de todos los jugadores. El recuadro en la computadora cada cierto tiempo era invadido por una publicidad que buscaba hacer de mí uno más de los pobladores de los call-centers, esas repúblicas paralelas. A pesar de eso, no me perdí de nada relevante. Porque lo relevante sucedió en momentos discretos y sucintos. Lo demás fue fealdad.

Hay eventos felices hechos de fealdad. Que sean feos no es algo necesariamente malo: una descripción y nada más. Son eventos felices, y por ello está todo bien. Pero son feos. Desagradables, difíciles de apreciar. Es decir, eventos cuya descripción particular, cuya cualidad sobresaliente es que contravienen los principios estéticos que están asociados con él. ¿Qué más da, pues? El evento fue feliz. Hay eventos felices que son ejecutados de manera mediocre. ¿Pero qué más da, pues? El evento fue feliz.

Primero un gol trompicado y tempranero de Luis Ángel Landín. Resulta que mi equipo está en ese tipo de limbo en el que hay nuestro ariete goleador es Landín, aquella promesa que languideció como tantas otras promesas y ahora, ya como jugador maduro, se instala en la parte baja de la tabla del talento. Un pase preciso, inteligente que controla con cierto trabajo, el portero de Pachuca se entrega y barriendo, Landín hunde el balón en la portería. Empieza bien. No importa, tan temprano, el planteamiento táctico: el gol temprano alborota al hormiguero más estricto. El desorden es tal que hasta el árbitro se aloca: expulsa al defensa más hábil del Pachuca. Todavía no va ni media hora y el Querétaro tiene uno más.

Y contrario a todo lo esperado: el Pachuca, unos minutos después, anota un gol. El del empate. Con cuatro toques largos. Los defensas queretanos no parecen defensa y parecen defensas queretanos: pierden la marca, se pasan, no hacen la cobertura. El portero ni siquiera puede adivinar el tiro, tan a quemarropa. Y luego, para cementar la fealdad y lo mediocre, otro defensa queretano interrumpe una jugada en el campo del Pachuca y, por lo artero y lo obvio, le sacan la segunda amarilla. «Una inocentada del jugador», dijo después Sergio Bueno. El Querétaro, antes de que acabe el primer tiempo se encargó de dilapidar la ventaja y sentarse sobre un empate feo y mediocre.

 

3.

No pasa más en el partido, nada más de trascendencia. Lo más importante sucede en Monterrey, donde el Atlas pierde de visita. El Querétaro, afortunado, es por primera vez penúltimo lugar en la tabla del descenso; segundo en la fila de los que se van al limbo. Por primera vez hay un respiro. Cierta ligereza, una sonrisa y una exhalación: todos los eventos fisiológicos que señalan distensión. Al final de la tercera fecha, además, el Querétaro se ubica en la quinta posición de la tabla general. Hay eventos feos y mediocres que sin embargo son felices.

Martes

Fui a la dermatóloga y escribí una Mediocridad Iridiscente más.

1.

Las particularidades médicas son ordinarias e innecesarias: una visita a la dermatóloga para una revisión de rutina. O más bien, una visita que debería ser de rutina y en mi caso era excepcional por falta de previsión. Es decir, voy al médico para curarme, no para prevenir y esta visita debió haber sido preventiva y se convirtió en curativa. O lo que es lo mismo, mi procrastinación me obligó a ir a la dermatóloga con más angustia de la que debía. En otras palabras, hacía mucho tiempo que no me ponía nervioso una consulta médica y la estuve padeciendo mientras aguardaba ser llamado, sentado en una sala de espera por demás desangelada y poco grácil –podría haber sido el closet en el que se guardan esos objetos suficientemente pasados de moda como para no querer exhibirlos, pero no lo suficientemente viejos como para tirarlos a la basura sin culpa. Para decirlo de otra manera, estuve ahí y esperaba que la doctora me recibiera y hacía lo que todos los paranoicos en mi lugar: componía un diálogo imaginario con una persona a la que en mi vida había visto y de quien sólo conocía el apellido y la especialidad; cada diálogo desembocaba en lo mismo: «si hubieras venido antes todo sería distinto, pero me temo que tengo malas noticias». En breve, las malas noticias eran melanoma y toda esa barranca clínica que es el cáncer.

El diagnóstico fue totalmente el contrario: no solo benigno sino común y corriente. Sin embargo, la doctora me informó con prontitud que esos lunarcillos no eran lunares sino fibro… no sé qué, que eran hereditarios y que por ser tan molestos la costumbre era «cortarlos o quemarlos». Hagamos una pausa, la disyuntiva es importante porque era una disyuntiva falsa: solo había «cortarlos»; «quemarlos», cada vez me queda más claro, nunca estuvo en el menú de opciones –esta doctora, supongo, es una partidaria del filo más que de la flama. Empero, fue realmente convincente y no había disonancia ni dolo, sólo el uso y costumbre en ese consultorio: a cortar, pues.

2.

Cortó con unas tijeras que yo había visto usadas en manicures.

No duele mucho pero aún así ya andaba palideciendo y mareándome.

El sismo interior sobrevenía por las ansias y el ligero asco que me daba escuchar el corte.

Sentir el piquete qué, saber que eso que da un crujidito, que le opone resistencia a las dos hojas de las tijeras, es mi piel da muchas ansias.

La sumatoria de ansias, en mi caso, lleva al mareo.

Me recosté.

Siguió cortando.

El cuello y la nuca.

Una en un párpado.

Ya no estaba mareado, ya nomás sudaba.

Las ansias las siento en las palmas de las manos y en las plantas de los pies: un cosquilleo y unas ganas de hacer fuerza, de apretar algo, de tensar el cuerpo.

El corte era rápido y delicado; la doctora era una amable carnicera.

Ninguna herida sangró mucho: una gota, quizá tres.

Cada corte lo sentía como si yo mismo lo hiciera: sentía en los dedos la resistencia de los fibro… no sé qué.

Terminó.

Me recomendó seguir acostado.

Me dio un algodón con alcohol para oler.

Ridículo.

Domingo

Fecha 2. Querétaro F. C. (2) – Pumas (1)

1.

Este fue el primer partido del torneo que veo completo. Para mí acaba de empezar la liga. Si bien es cierto que no gocé de las perspectivas privilegiadas que dan las vistas desde la platea, o la alterada experiencia sensorial que da estar a nivel de cancha, sí lo hice como la mayoría de los partidarios de la fiebre del futbol: desde el sillón, con cervezas y botana y una conversación apasionada y sarcástica.

2.

El resultado es engañoso. Cuantas veces no ha sido así, con los Gallos; todo resultado es engañoso con los Gallos. No refleja lo que uno, diligente aficionado, vio en la cancha. Tampoco refleja lo que los aficionados al rival, ni los detractores del Gallo vieron suceder. Parece estar rodeado de equívocos, mi equipo. Inició, en este caso y para muestra, con desventaja desde el escritorio: sus refuerzos extranjeros estaban (hasta el momento lo siguen estando) impedidos de pisar el césped y laborar honradamente por obra de la reforma a la ley migratoria nacional y, sobretodo, por esa enquistada inoperancia que parece gobernar todas las acciones de mi equipo: un trámite nuevo para todo extranjero superó las capacidades organizativas de la directiva. No hicieron el trámite a tiempo, pues. Al no hacerlo, nos convertimos sin quererlo en una filial del nacionalismo charro: puros mexicanos, titulares y reservas. No es justificación, pero en la mente de este aficionado sí se dibujaba el silogismo que explicaría nuestra humillación al finalizar el partido. Por fortuna, no fue necesario echar mano de esta lógica ficticia. El resultado es engañoso, pero ganamos tres puntos en casa por primera vez desde el 21 de enero de 2011.

Estaba en al final de secundaria, o al inicio de la preparatoria, no recuerdo, cuando el Ajax de Kluivert alcanzaba las cinco decenas de partidos invicto. Era tan difícil de concebir una racha así –más de cincuenta partidos sin que el azar o el infortunio, por no hablar de la voluntad y el talento colectivo de once jugadores enemigos, lograran poner el marcador en contra– que para mí perdía sentido. La victoria enrachada es desconcertante por antinatural. Una racha como la de mi equipo, casi un año sin ganar, no es menos impresionante sin embargo es completamente comprensible.

3.

Para qué hablar de planteamientos tácticos, de recorridos y movimientos cuando el futbol del equipo de mis amores es tan feo, tan otro deporte. Los laterales son más o menos dinámicos al frente y más o menos defienden, los centrales se adelantan como queriendo no ser los últimos responsables de la defensa, los dos medios centrales en este partido eran lentos y de toque más bien impredecible; adelante, los delanteros y volantes cargan sus ostensibles deficiencias como los aquejados por enfermedades degenerativas. Para qué intentar explicaciones usuales si las reglas del futbol –esas en las que la unión de la gracia y la eficiencia es la meta última, el ideal– no aplican a mi equipo. Mi equipo juega a otra cosa. Su deporte es el deporte del descenso. En este deporte lo que importa es el puntaje final, la sumatoria de resultados. No importa la gracia. Aquí la tosudez y el aburrimiento, si conducen al resultado, bienvenidos. Si resulta que en la persecusión de una victoria somos por momentos habilidosos y entretenidos, mejor aún. Pero el rasero está en el silbatazo final y los tres puntos en juego. Los equipos invitados a jugar el deporte del descenso, por lo general, son los menos aventajados, los que están siempre faltos de talento y grandes nombres: el deporte del descenso es tan vistoso y entretenido como un combate de gladiadores tuertos y mancos: la diversión viene del morbo, si acaso.

4.

El resultado es engañoso porque los Pumas presionaban, los Pumas desdibujados y sin ritmo, presionaban y habría sido cuestión de tiempo antes de que sellaran su victoria con un par de goles –no golazos porque ninguno de los dos equipos jugaba a eso, pero goles al fin. El engaño se concretó cuando expulsan al central más feo del futbol mexicano. El Pikolín Palacios deja con diez a los Pumas y los Gallos se ilusionan: la aritmética por fin les da si no una ventaja, la oportunidad de emparejar las cosas en cuanto a talento y dominio se refiere: solo con uno menos ibamos a hacer algo ayer. Y lo hicimos.

Quizá pasó desapercibido en la transmisión porque están acostumbrados a los grandes nombres y como el Querétaro no tiene ninguno… pero nadie de los de azul y negro jugó mejor que el pequeño Onay, a quien si no lo apodan “El Ewok” o “El Cujo”, deberían. Afanoso sin acercarse a lo brillante, este lateral por el lado derecho hizo lo que muy pocos en un equipo que juega al descenso: siguió pidiendo el balón, continuó buscando hacer jugadas, paredes con De la Torre, medio de condiciones regulares y juego mayoritariamente insípido, todo después de fallar mucho. El Ewok falló tanto como intentó. Sus pases eran erráticos tanto como acertaron. Perdió la marca tantas veces como logró barrer al atacante Puma. Y por sus pies pasó, medio de lejos, uno de los goles, no en un principio, pues, pero sirvió para hacer que el equipo local, el mio, se hiciera ver más grande, más dominante en el campo: en el deporte del descenso importa el resultado nada más, pero también importan los resultados futuros: y el pequeño Onay, el Ewok, es una arma pequeña, un revolver de bolsillo para el siguiente encuentro.

5.

El resultado es engañoso porque hasta un penal fallaron los Gallos.

Lunes

[En el pecho llevo tatuados los colores del Querétaro F.C.. Es un decir. No hay tinta permanente ni cicatrices coloridas, pero sí fidelidad pirograbada. La más precisa, la menos veleidosa, esta fidelidad está curtida por las largas temporadas que el equipo ha pasado en el páramo violento de las divisiones inferiores. Tantos años en la ciénaga de la Primera A, tanto fin de semana desabrido sólo han hecho que esta relación sea ahora indeleble. Entre el Querétaro F.C. y yo hay el mismo vínculo que entre dos que sobrevivieron un naufragio. Ahora, amenazados como están, con volver al pozo del que salieron hace unos cuantos torneos, es preciso seguirles la pista puntualmente. Por mi condición de esclavo de nómina seguirlos como fanático –viajando a toda plaza en la que se presenten, pegando la cara contra la malla ciclónica en día de entrenamiento– es imposible. Haré lo que pueda.]

Fecha 1. León – Querétaro F.C.

1.

No vi el partido completo. Apenas si lo vi en realidad. Fantástica manera de comenzar: Un texto por partido; diecisiete textos; y el primero es de algo que vi en el noticiero. Fantástico. Estándares periodísticos, según entiendo.

2.

Una de las constantes en la experiencia del aficionado es hacerla de mediador entre sus expectativas y su impotencia: quiero que mi equipo gane y grito para alentar a once tipos sobre los que no tengo el más mínimo control. Y ahí está uno, gritándole al televisor, manoteando para indicar la ruta que deberían seguir los pases y las carreras sin balón. Todo para desahogar una expectativa que, si lo pensamos con intensidad, quizá ni siquiera tenga justificación. Ellos, los once, y los suplentes, y en menor grado el entrenador de traje al filo de la cancha, tienen toda la responsabilidad. Uno cumple con pagar el boleto o sintonizar la transmisión para hinchar, con un granito de arena o con una mínima gota de capital, las arcas del equipo elegido. Nunca, me parece, es tan evidente este divorcio entre expectativas e impotencia que en un equipo enfermo de mediocridad: nunca es más evidente que con los Gallos Blancos del Querétaro. El equipo que sigo con asiduidad y deleite es el punto más alto del triste destino: chaparros de presupuesto y justos de talento, el plantel está siempre parado sobre los pies inciertos del azar y el empeño en bruto.

Con un ojo a las visitas y su conversación agradable y otro a la televisión en el cuarto de junto estuve durante el segundo tiempo. Cuando encendí la transmisión estaban empatados uno a uno. La situación parecía tensa: las pequeñas dosis de juego que podía robarle al rol de anfitrión me parecían estar llenos de amenaza para mi equipo: el León presionaba con velocidad y tino. Sergio García, portero de cara equina y manos seguras, estaba guardando la meta queretana del segundo. Hasta que escuché el grito de Raúl Orvañanos cantando el gol y temí lo peor. Sí, un error en la defensa, un error de esos que cometen los jugadores en los videojuegos o los equipos malos de secundaria, le daba la ventaja al León: un defensa Gallo intentó despejar un balón en el área chica y estampó el balón en la rodilla del contrario, a 15 centímetros de distancia. Como si el contrario fuera a hacerse de humo. O como si el tiro fuera tan duro que lo partiera por la mitad, el defensa pateó. Y el balón no se desintegró ni desintegró al delantero. Y terminó dentro de la red. Mal sino, agarrar con las uñas el empate para que una decisión así de equívoca haga que se nos caiga. Volví maldiciendo a la reunión.

Me daba mis vueltas. Los narradores elogiaban el trabajo del Querétaro, pero de nada servían esos elogios si el marcador no cambiaba. El partido se acababa; cada vuelta me tocaba ver un intento de los Gallos por unir cinco o seis pases y fallar en el número tres o cuatro: alguien no paraba el balón, o lo lanzaba sin tino. De pronto eran los Gallos que siempre he visto, los de los errores inverosímiles, los de la falta de técnica individual, los que pierden el partido no el último minuto sino desde el minuto uno del segundo tiempo. De pronto, este equipo es mi equipo y mis expectativas se revelaban tan intrascendentes como siempre.

Y ya, entrado en whiskeys y conversación –hablábamos de las particularidades de la Selección Colombia del 93 y 94– estaba por ir a apagar la televisión, resignado y maldiciente, cuando volví a escuchar a Orvañanos gritar un gol con esa entonación trabajosa y falsona. Corrí, esperando ver la lápida sobre mi equipo. Y no.

Un joven con el número 62 en la franela, un joven llamado Amaury, del que nadie sabía qué decir más que era «un chavo», recibió un pase filtrado, se llevó a los dos defensas centrales del León –dos veteranos portentos de velocidad, Rafa Márquez y Johnny Magallón–, sacó al portero Christian Martínez y cayéndose clavó la pelota en el fondo de la red. Ni la barrida de Márquez ni la de Magallón sirvieron de nada. Tan desconocido el joven Amaury que su festejo fue una ejemplo del orgullo incrédulo: resulta que entré de cambio y metí un gol, parecía deletrear.

3.

Intenté, sin éxito, explicar la extensión de mi beneplácito. La expectativa es asunto de solitarios. Quizá lo es más para equipos heridos de mediocridad, como el Gallo Blanco de Querétaro.

Miércoles

1. 

Qué poco ceremonioso me he vuelto. No que antes fuera muy, pero ahora es evidente que las fórmulas del enternecimiento y la emoción anual me quedaron lejos. Como traspapeladas: recuerdo cómo eran, las practiqué en muchas ocasiones pero simplemente no las hallé. No las hallamos, hay que decirlo. Mi familia y yo. Lo único que se acercó al asunto fue el momento en el que mis sobrinas volaron un par de globos de cantoya. Ambos se elevaron y, mientras mi madre resaltaba la belleza de la luna, quedó claro que ese habría de ser El Momento: ahí se acabó el año, se hicieron las cuentas mentales, se saldaron cuentas y actualizaron agravios y empezó el siguiente. Duró poco, la magia. De hecho casi que ni cuenta me di. Sólo porque cuando bajabamos del techo de la casa, todos juntos, hubo un instante de silencio en la escalera y ahí, como si fuera yo premonitorio, lo vi: «ese fue el momento». Y ya. Se acabó. Los globos de cantoya habrán caído en algún terreno baldío a un kilómetro o dos; nosotros cenamos y bebimos y reímos, nos abrazamos como dicen que hay que hacerlo, recetando el «lo mejor para el año que viene», «que logres todo lo que te propongas» y demás frases de celofán rojo; y se acabó.

 

2. 

Yo pensé que eso no se quitaba, lo ceremonioso: pensé que estaría siempre del lado de los que eligen la pantomima de la trascendencia. Pero no. Resulta que ya ni eso. Se lo achaqué, en su momento, a la edad. Pensé que es síntoma, junto con el desgarbo de la panza, del acuse de recibo que el cuerpo firma a cada rato: soy un anciano en entrenamiento y pues qué le vamos a hacer: las ceremonias son de otros, más vigorosos, más capaces e interesados. Tal vez, no lo tengo claro. Aunque, entre más lo pienso, más me parece preciso tener que hablar del componente de aburrimiento que hay en esto: qué hueva volver a pensar que este año será algo distinto, qué hueva actuar como si así lo pudiera ser siquiera. Mejor seamos claros, todos los asistentes, miremos esos escuetos globos de cantoya languidecer y precipitarse a la tierra, escuchemos un popurrí de música de banda y pop en español, para luego comentar que la pierna rellena es un platillo delicioso, y no esperemos otra cosa que el contento mínimo que dan los días al concluir: uno más. Tal vez, a tres días de iniciado el año, hay que ser sinceros y entender la vida como una burocracia que nos exige, cada año, 365 trámites, algunos más expeditos, otros más intratables. O tal vez sólo estoy siendo mezquino y este año será un gran año, y lograré todo lo que me proponga y recibiré lo mejor. O tal vez es que sí, la ceremoniosidad es asunto infantil, asunto de ilusión y ya ando jugando para el equipo de los encanecidos. Tal vez sólo es que, a tres días de iniciado el año ya me aburrí.

 

3.

Habrá que ver qué tal paso el cumpleaños, la vacación, el aniversario para saber si el gusto por la ceremonia se perdió para siempre.