Miércoles

1. 

Qué poco ceremonioso me he vuelto. No que antes fuera muy, pero ahora es evidente que las fórmulas del enternecimiento y la emoción anual me quedaron lejos. Como traspapeladas: recuerdo cómo eran, las practiqué en muchas ocasiones pero simplemente no las hallé. No las hallamos, hay que decirlo. Mi familia y yo. Lo único que se acercó al asunto fue el momento en el que mis sobrinas volaron un par de globos de cantoya. Ambos se elevaron y, mientras mi madre resaltaba la belleza de la luna, quedó claro que ese habría de ser El Momento: ahí se acabó el año, se hicieron las cuentas mentales, se saldaron cuentas y actualizaron agravios y empezó el siguiente. Duró poco, la magia. De hecho casi que ni cuenta me di. Sólo porque cuando bajabamos del techo de la casa, todos juntos, hubo un instante de silencio en la escalera y ahí, como si fuera yo premonitorio, lo vi: «ese fue el momento». Y ya. Se acabó. Los globos de cantoya habrán caído en algún terreno baldío a un kilómetro o dos; nosotros cenamos y bebimos y reímos, nos abrazamos como dicen que hay que hacerlo, recetando el «lo mejor para el año que viene», «que logres todo lo que te propongas» y demás frases de celofán rojo; y se acabó.

 

2. 

Yo pensé que eso no se quitaba, lo ceremonioso: pensé que estaría siempre del lado de los que eligen la pantomima de la trascendencia. Pero no. Resulta que ya ni eso. Se lo achaqué, en su momento, a la edad. Pensé que es síntoma, junto con el desgarbo de la panza, del acuse de recibo que el cuerpo firma a cada rato: soy un anciano en entrenamiento y pues qué le vamos a hacer: las ceremonias son de otros, más vigorosos, más capaces e interesados. Tal vez, no lo tengo claro. Aunque, entre más lo pienso, más me parece preciso tener que hablar del componente de aburrimiento que hay en esto: qué hueva volver a pensar que este año será algo distinto, qué hueva actuar como si así lo pudiera ser siquiera. Mejor seamos claros, todos los asistentes, miremos esos escuetos globos de cantoya languidecer y precipitarse a la tierra, escuchemos un popurrí de música de banda y pop en español, para luego comentar que la pierna rellena es un platillo delicioso, y no esperemos otra cosa que el contento mínimo que dan los días al concluir: uno más. Tal vez, a tres días de iniciado el año, hay que ser sinceros y entender la vida como una burocracia que nos exige, cada año, 365 trámites, algunos más expeditos, otros más intratables. O tal vez sólo estoy siendo mezquino y este año será un gran año, y lograré todo lo que me proponga y recibiré lo mejor. O tal vez es que sí, la ceremoniosidad es asunto infantil, asunto de ilusión y ya ando jugando para el equipo de los encanecidos. Tal vez sólo es que, a tres días de iniciado el año ya me aburrí.

 

3.

Habrá que ver qué tal paso el cumpleaños, la vacación, el aniversario para saber si el gusto por la ceremonia se perdió para siempre.

 

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