Lunes

[En el pecho llevo tatuados los colores del Querétaro F.C.. Es un decir. No hay tinta permanente ni cicatrices coloridas, pero sí fidelidad pirograbada. La más precisa, la menos veleidosa, esta fidelidad está curtida por las largas temporadas que el equipo ha pasado en el páramo violento de las divisiones inferiores. Tantos años en la ciénaga de la Primera A, tanto fin de semana desabrido sólo han hecho que esta relación sea ahora indeleble. Entre el Querétaro F.C. y yo hay el mismo vínculo que entre dos que sobrevivieron un naufragio. Ahora, amenazados como están, con volver al pozo del que salieron hace unos cuantos torneos, es preciso seguirles la pista puntualmente. Por mi condición de esclavo de nómina seguirlos como fanático –viajando a toda plaza en la que se presenten, pegando la cara contra la malla ciclónica en día de entrenamiento– es imposible. Haré lo que pueda.]

Fecha 1. León – Querétaro F.C.

1.

No vi el partido completo. Apenas si lo vi en realidad. Fantástica manera de comenzar: Un texto por partido; diecisiete textos; y el primero es de algo que vi en el noticiero. Fantástico. Estándares periodísticos, según entiendo.

2.

Una de las constantes en la experiencia del aficionado es hacerla de mediador entre sus expectativas y su impotencia: quiero que mi equipo gane y grito para alentar a once tipos sobre los que no tengo el más mínimo control. Y ahí está uno, gritándole al televisor, manoteando para indicar la ruta que deberían seguir los pases y las carreras sin balón. Todo para desahogar una expectativa que, si lo pensamos con intensidad, quizá ni siquiera tenga justificación. Ellos, los once, y los suplentes, y en menor grado el entrenador de traje al filo de la cancha, tienen toda la responsabilidad. Uno cumple con pagar el boleto o sintonizar la transmisión para hinchar, con un granito de arena o con una mínima gota de capital, las arcas del equipo elegido. Nunca, me parece, es tan evidente este divorcio entre expectativas e impotencia que en un equipo enfermo de mediocridad: nunca es más evidente que con los Gallos Blancos del Querétaro. El equipo que sigo con asiduidad y deleite es el punto más alto del triste destino: chaparros de presupuesto y justos de talento, el plantel está siempre parado sobre los pies inciertos del azar y el empeño en bruto.

Con un ojo a las visitas y su conversación agradable y otro a la televisión en el cuarto de junto estuve durante el segundo tiempo. Cuando encendí la transmisión estaban empatados uno a uno. La situación parecía tensa: las pequeñas dosis de juego que podía robarle al rol de anfitrión me parecían estar llenos de amenaza para mi equipo: el León presionaba con velocidad y tino. Sergio García, portero de cara equina y manos seguras, estaba guardando la meta queretana del segundo. Hasta que escuché el grito de Raúl Orvañanos cantando el gol y temí lo peor. Sí, un error en la defensa, un error de esos que cometen los jugadores en los videojuegos o los equipos malos de secundaria, le daba la ventaja al León: un defensa Gallo intentó despejar un balón en el área chica y estampó el balón en la rodilla del contrario, a 15 centímetros de distancia. Como si el contrario fuera a hacerse de humo. O como si el tiro fuera tan duro que lo partiera por la mitad, el defensa pateó. Y el balón no se desintegró ni desintegró al delantero. Y terminó dentro de la red. Mal sino, agarrar con las uñas el empate para que una decisión así de equívoca haga que se nos caiga. Volví maldiciendo a la reunión.

Me daba mis vueltas. Los narradores elogiaban el trabajo del Querétaro, pero de nada servían esos elogios si el marcador no cambiaba. El partido se acababa; cada vuelta me tocaba ver un intento de los Gallos por unir cinco o seis pases y fallar en el número tres o cuatro: alguien no paraba el balón, o lo lanzaba sin tino. De pronto eran los Gallos que siempre he visto, los de los errores inverosímiles, los de la falta de técnica individual, los que pierden el partido no el último minuto sino desde el minuto uno del segundo tiempo. De pronto, este equipo es mi equipo y mis expectativas se revelaban tan intrascendentes como siempre.

Y ya, entrado en whiskeys y conversación –hablábamos de las particularidades de la Selección Colombia del 93 y 94– estaba por ir a apagar la televisión, resignado y maldiciente, cuando volví a escuchar a Orvañanos gritar un gol con esa entonación trabajosa y falsona. Corrí, esperando ver la lápida sobre mi equipo. Y no.

Un joven con el número 62 en la franela, un joven llamado Amaury, del que nadie sabía qué decir más que era «un chavo», recibió un pase filtrado, se llevó a los dos defensas centrales del León –dos veteranos portentos de velocidad, Rafa Márquez y Johnny Magallón–, sacó al portero Christian Martínez y cayéndose clavó la pelota en el fondo de la red. Ni la barrida de Márquez ni la de Magallón sirvieron de nada. Tan desconocido el joven Amaury que su festejo fue una ejemplo del orgullo incrédulo: resulta que entré de cambio y metí un gol, parecía deletrear.

3.

Intenté, sin éxito, explicar la extensión de mi beneplácito. La expectativa es asunto de solitarios. Quizá lo es más para equipos heridos de mediocridad, como el Gallo Blanco de Querétaro.

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