Domingo

Fecha 2. Querétaro F. C. (2) – Pumas (1)

1.

Este fue el primer partido del torneo que veo completo. Para mí acaba de empezar la liga. Si bien es cierto que no gocé de las perspectivas privilegiadas que dan las vistas desde la platea, o la alterada experiencia sensorial que da estar a nivel de cancha, sí lo hice como la mayoría de los partidarios de la fiebre del futbol: desde el sillón, con cervezas y botana y una conversación apasionada y sarcástica.

2.

El resultado es engañoso. Cuantas veces no ha sido así, con los Gallos; todo resultado es engañoso con los Gallos. No refleja lo que uno, diligente aficionado, vio en la cancha. Tampoco refleja lo que los aficionados al rival, ni los detractores del Gallo vieron suceder. Parece estar rodeado de equívocos, mi equipo. Inició, en este caso y para muestra, con desventaja desde el escritorio: sus refuerzos extranjeros estaban (hasta el momento lo siguen estando) impedidos de pisar el césped y laborar honradamente por obra de la reforma a la ley migratoria nacional y, sobretodo, por esa enquistada inoperancia que parece gobernar todas las acciones de mi equipo: un trámite nuevo para todo extranjero superó las capacidades organizativas de la directiva. No hicieron el trámite a tiempo, pues. Al no hacerlo, nos convertimos sin quererlo en una filial del nacionalismo charro: puros mexicanos, titulares y reservas. No es justificación, pero en la mente de este aficionado sí se dibujaba el silogismo que explicaría nuestra humillación al finalizar el partido. Por fortuna, no fue necesario echar mano de esta lógica ficticia. El resultado es engañoso, pero ganamos tres puntos en casa por primera vez desde el 21 de enero de 2011.

Estaba en al final de secundaria, o al inicio de la preparatoria, no recuerdo, cuando el Ajax de Kluivert alcanzaba las cinco decenas de partidos invicto. Era tan difícil de concebir una racha así –más de cincuenta partidos sin que el azar o el infortunio, por no hablar de la voluntad y el talento colectivo de once jugadores enemigos, lograran poner el marcador en contra– que para mí perdía sentido. La victoria enrachada es desconcertante por antinatural. Una racha como la de mi equipo, casi un año sin ganar, no es menos impresionante sin embargo es completamente comprensible.

3.

Para qué hablar de planteamientos tácticos, de recorridos y movimientos cuando el futbol del equipo de mis amores es tan feo, tan otro deporte. Los laterales son más o menos dinámicos al frente y más o menos defienden, los centrales se adelantan como queriendo no ser los últimos responsables de la defensa, los dos medios centrales en este partido eran lentos y de toque más bien impredecible; adelante, los delanteros y volantes cargan sus ostensibles deficiencias como los aquejados por enfermedades degenerativas. Para qué intentar explicaciones usuales si las reglas del futbol –esas en las que la unión de la gracia y la eficiencia es la meta última, el ideal– no aplican a mi equipo. Mi equipo juega a otra cosa. Su deporte es el deporte del descenso. En este deporte lo que importa es el puntaje final, la sumatoria de resultados. No importa la gracia. Aquí la tosudez y el aburrimiento, si conducen al resultado, bienvenidos. Si resulta que en la persecusión de una victoria somos por momentos habilidosos y entretenidos, mejor aún. Pero el rasero está en el silbatazo final y los tres puntos en juego. Los equipos invitados a jugar el deporte del descenso, por lo general, son los menos aventajados, los que están siempre faltos de talento y grandes nombres: el deporte del descenso es tan vistoso y entretenido como un combate de gladiadores tuertos y mancos: la diversión viene del morbo, si acaso.

4.

El resultado es engañoso porque los Pumas presionaban, los Pumas desdibujados y sin ritmo, presionaban y habría sido cuestión de tiempo antes de que sellaran su victoria con un par de goles –no golazos porque ninguno de los dos equipos jugaba a eso, pero goles al fin. El engaño se concretó cuando expulsan al central más feo del futbol mexicano. El Pikolín Palacios deja con diez a los Pumas y los Gallos se ilusionan: la aritmética por fin les da si no una ventaja, la oportunidad de emparejar las cosas en cuanto a talento y dominio se refiere: solo con uno menos ibamos a hacer algo ayer. Y lo hicimos.

Quizá pasó desapercibido en la transmisión porque están acostumbrados a los grandes nombres y como el Querétaro no tiene ninguno… pero nadie de los de azul y negro jugó mejor que el pequeño Onay, a quien si no lo apodan “El Ewok” o “El Cujo”, deberían. Afanoso sin acercarse a lo brillante, este lateral por el lado derecho hizo lo que muy pocos en un equipo que juega al descenso: siguió pidiendo el balón, continuó buscando hacer jugadas, paredes con De la Torre, medio de condiciones regulares y juego mayoritariamente insípido, todo después de fallar mucho. El Ewok falló tanto como intentó. Sus pases eran erráticos tanto como acertaron. Perdió la marca tantas veces como logró barrer al atacante Puma. Y por sus pies pasó, medio de lejos, uno de los goles, no en un principio, pues, pero sirvió para hacer que el equipo local, el mio, se hiciera ver más grande, más dominante en el campo: en el deporte del descenso importa el resultado nada más, pero también importan los resultados futuros: y el pequeño Onay, el Ewok, es una arma pequeña, un revolver de bolsillo para el siguiente encuentro.

5.

El resultado es engañoso porque hasta un penal fallaron los Gallos.

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