Martes

Fui a la dermatóloga y escribí una Mediocridad Iridiscente más.

1.

Las particularidades médicas son ordinarias e innecesarias: una visita a la dermatóloga para una revisión de rutina. O más bien, una visita que debería ser de rutina y en mi caso era excepcional por falta de previsión. Es decir, voy al médico para curarme, no para prevenir y esta visita debió haber sido preventiva y se convirtió en curativa. O lo que es lo mismo, mi procrastinación me obligó a ir a la dermatóloga con más angustia de la que debía. En otras palabras, hacía mucho tiempo que no me ponía nervioso una consulta médica y la estuve padeciendo mientras aguardaba ser llamado, sentado en una sala de espera por demás desangelada y poco grácil –podría haber sido el closet en el que se guardan esos objetos suficientemente pasados de moda como para no querer exhibirlos, pero no lo suficientemente viejos como para tirarlos a la basura sin culpa. Para decirlo de otra manera, estuve ahí y esperaba que la doctora me recibiera y hacía lo que todos los paranoicos en mi lugar: componía un diálogo imaginario con una persona a la que en mi vida había visto y de quien sólo conocía el apellido y la especialidad; cada diálogo desembocaba en lo mismo: «si hubieras venido antes todo sería distinto, pero me temo que tengo malas noticias». En breve, las malas noticias eran melanoma y toda esa barranca clínica que es el cáncer.

El diagnóstico fue totalmente el contrario: no solo benigno sino común y corriente. Sin embargo, la doctora me informó con prontitud que esos lunarcillos no eran lunares sino fibro… no sé qué, que eran hereditarios y que por ser tan molestos la costumbre era «cortarlos o quemarlos». Hagamos una pausa, la disyuntiva es importante porque era una disyuntiva falsa: solo había «cortarlos»; «quemarlos», cada vez me queda más claro, nunca estuvo en el menú de opciones –esta doctora, supongo, es una partidaria del filo más que de la flama. Empero, fue realmente convincente y no había disonancia ni dolo, sólo el uso y costumbre en ese consultorio: a cortar, pues.

2.

Cortó con unas tijeras que yo había visto usadas en manicures.

No duele mucho pero aún así ya andaba palideciendo y mareándome.

El sismo interior sobrevenía por las ansias y el ligero asco que me daba escuchar el corte.

Sentir el piquete qué, saber que eso que da un crujidito, que le opone resistencia a las dos hojas de las tijeras, es mi piel da muchas ansias.

La sumatoria de ansias, en mi caso, lleva al mareo.

Me recosté.

Siguió cortando.

El cuello y la nuca.

Una en un párpado.

Ya no estaba mareado, ya nomás sudaba.

Las ansias las siento en las palmas de las manos y en las plantas de los pies: un cosquilleo y unas ganas de hacer fuerza, de apretar algo, de tensar el cuerpo.

El corte era rápido y delicado; la doctora era una amable carnicera.

Ninguna herida sangró mucho: una gota, quizá tres.

Cada corte lo sentía como si yo mismo lo hiciera: sentía en los dedos la resistencia de los fibro… no sé qué.

Terminó.

Me recomendó seguir acostado.

Me dio un algodón con alcohol para oler.

Ridículo.

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