Martes

Fecha 4. Querétaro F.C. (0) – Tigres (2)

1.

La platea es la enciclopedia del futbol. Llegamos diez minutos antes. Nuestros lugares eran cómodos, pero, por haber comprado a ciegas, no se veía la mitad de la cancha por virtud de una barrera de plexiglas que dividía los pequeños palcos. Nada menos falso que meterle «privacidad» a la platea. Nos movimos a unos lugares más abajo. A pesar de que el estadio estaba casi lleno, nunca llegaron los propietarios a quitarnos de sus asientos.

La cerveza se vende en vaso de plástico. Seguro nomás les dan un remojón y listos para el siguiente partido. La platea es el lugar donde hasta la baba se comparte.

Las ocurrencias, transcritas, pierden todo: baste decir que los vecinos eran ingeniosos y certeros. Traían al cuñado que «se va mañana de vuelta pa”rriba». El más callado de ellos lo apodaban «el hediondo». Eran quirúrgicamente vulgares. Desautorizaban a quien osara contradecirlos con gracia casi digna de un micrófono. Se burlaban de los vendedores de churritos; injuriaron a la porra rival –demasiado cercana–, y no tenían empacho en difundir su particular visión de cómo debería jugar el equipo. La platea, no queda duda, es la enciclopedia del futbol.

 

2.

El juego, visto desde la platea, no parece tan torpe como se ve por televisión: es decir, mi equipo –célebre por su incompetencia técnica y sus limitaciones tácticas– no es tan desordenado como aparenta. Hay huecos evidentes: carencias de talento que no pueden ocultarse cuando tiene uno a su disposición la vista panorámica del campo. Por ejemplo: la banda izquierda y el centro del campo. Si esto fuera un juego de video, digamos Football Manager, ya estaría yo mandando a mis scouts a buscar en la cantera o en algún continente lejano, jóvenes de talento y bajo costo para fichar en esos puestos. Si esto fuera un juego de video, digamos FIFA 13, habría alineado otros jugadores. Como esto es la platea, platico, entonces, con los amigos del «hediondo» sobre los errores tácticos que yo habría corregido. Estamos de acuerdo por solidaridad con una causa, pero en realidad vale madres qué dice uno y qué dice otro. Allá abajo, Tigres ya va ganando 1-0.

El inicio del segundo tiempo, con cerveza fresca en esa cubeta de plástico de logos deslavados, es distinto. Ahora el equipo, el mío, ataca la portería que me queda más cerca. Y Tigres se echa atrás a agazaparse alrededor de ese gol de ventaja. Ahora sí, la ausencia de un extremo izquierdo en la alineación -pero sí en la banca- es evidente. Todos los ataques se concentran en la zona menos transparente del campo: el centro. Está lleno. Como intentar maniobrar sin ser tocado en un vagón de metro, los jugadores del Querétaro fallan cada vez. El extremo derecho es la excepción: pide el balón, que le dan poco, y manda centros, desborda, encara, se parte la madre. Pero la ecuación de lo que intenta el equipo está condenada a dar un resultado negativo: la precisión necesaria para recorrer los mínimos espacios es superior a la suma de talento en el campo. La zona izquierda, ese espacio verde y mullido junto al área grande, permanece casi intacto.

Las opción más clara, la más evidente, la que hizo que derramara cerveza en el asiento de enfrente, la que provocó exhalaciones embriagadas de la «Barra del Hediondo», empezó por ese lado izquierdo, tan desperdiciado: Un centro que el joven Escoto –delantero veloz y encarador, aunque precipitado y no del todo preciso– remató con un cabezazo a un lado del poste. Pobres de nosotros, los espectadores.

 

3.

El segundo gol de Tigres cayó después de que nuestros defensas erraron un saque de banda a favor. La más estereotípica, la más controlable de todas las circunstancias en el campo –junto con el saque de meta– es por donde se nos cuela el enemigo: les regalamos el balón, dos o tres toques y pum, al fondo de la portería. Festejan los de amarillo en la platea lanzando cerveza: bañan a un reportero. «La Barra del Hediondo» se queda callada. En la platea se siente más canijo la derrota.

 

4.

Pobres de nosotros, los espectadores. 

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