Jueves

En cinco minutos, la crónica de un sábado tristón.


 

[Gracias a la chica que me gusta por grabarlo.]

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Lunes

Jornada 8. Querétaro F.C. (0) – Atlas (0)

1.

Es una obviedad aclarar que no soy periodista, pero me parece imprescindible: No soy periodista. Es decir, esta crónica no contiene, de entrada, las cualidades que los calificados tendrían la presteza y la habilidad para incluirle. Al no serlo, el preciso listado de lo que estas son, me rebasa. Quede asentado solamente que la carencia de cualidades no es propiamente intencionada; si acaso, inevitable.

Los boletos eran Preferente amarillo, los más baratos. Hasta arriba. La chica que me gusta y yo llegamos al estadio al mismo tiempo que bajaban varias decenas de miembros de La Rebeldía de un autobús urbano evidentemente conducido contra la voluntad del operador. Varios salían por la escotilla de ventilación y emergencia del techo. Decenas de policías equipados con espinilleras, cascos, hombreras y escudos –algunos traían perros bravos y descastados, más sedientos que vigilantes– se pusieron en alerta. «¡Vámonos a la verga!», gritó el que parecía liderar a esta facción de la porra. No sé bien por dónde proponían irse a la verga, porque iban caminando directo a un terreno baldío encerrado por malla ciclónica.

Aunque el zumbido del estadio era lo que uno esperaba que fuera para un partido crucial –ese es el leitmotiv de todo el viaje: lo crucial del evento, lo decisivo–, había poca gente. Caminamos con calma alrededor de la platea. Nos lo permitían nuestros boletos. Llegamos a la cabecera local. Junto a la Rebeldía. Pensé en el grupo de apoyo que proponía «irse a la verga» y que se enfilaba a un terreno baldío cerrado: ¿habrán podido salir? El operativo de seguridad era tan evidente como, por el momento, exagerado. Los visitantes estaban recluidos en su corralito en una esquina de la parte baja del estadio. En nuestra cabecera ya repartían bolsas oblongas de plástico que, infladas a soplidos, terminarían siendo unos cilindros que agitaríamos frenéticos al ritmo de las arengas. Como verbena popular. Como festival norcoreano. Como versión mexicanizada de alguna práctica en graderíos sudamericanos.

Y nos emocionamos. Y lamentamos las fallas, esporádicas, de las siete y ocho llegadas del equipo. Y gritamos. Y me quedé ronco de tanto insulto. Pospuse toda autocrítica, porque, y esa es mi suposición, para asistir al estadio como espectador sin cinismo, como un espectador convencido, hay que suspender la autocrítica. Es decir, Coleridge en la platea.

2.

Fueron noventa minutos de puro grito y desesperación. Hubo, como era de esperarse, al final del primer tiempo, un remanso de sólo mirar sentado –en unas butacas bastante cómodas para el promedio de butacas en los espectáculos de este tipo— y sorber la cubeta de cerveza de 60 pesos y comentar al oído de la chica que me gusta alguna obviedad: «la banda derecha es un desperdicio, tienen al hábil y al veloz del mismo lado e intentan llegar por el centro…» Durante estos minutos de calma, lo evidente –no necesariamente la autocrítica– vuelve a adquirir peso e importancia: vuelve a ser real. En mi caso, lo evidente se manifestó como estadística: mi equipo favorito tiene dos goles anotados en los últimos cuatro partidos. Un gol en 360 minutos. Más allá de funcionamiento táctico, de desplazamientos al interior del campo, de las tensiones de fuerzas contrarias y de las posibilidades que da el rival, lo evidente es que en 360 minutos los jugadores cuya función en el campo es anotar goles han logrado hacerlo, todos ellos, en un par de ocasiones. A unos cuantos metros La Rebeldía gritaba y cantaba y agitaba esos cilindros negros, azules y blancos; yo mientras, espantaba lo evidente con las manos.

3.

El segundo tiempo fue igualmente desgañitado y desesperante. De pie, los últimos dos minutos parecieron prometer el milagroso gol del descuento. Un tiro angulado desviado por el portero, dos tiros de esquina. Pero nada más. Es decir, no hubo más que opciones desperdiciadas. No hubo escándalo. Ni jugadas dudosas, ni puñaladas del azar. Nada. Al terminar el árbitro el partido, no había queja más que la de siempre. Lo decisivo del evento terminó en un empate a cero. Este equipo, el Gallo Blanco, parece estar condenado al empatar a cero con sus promesas. Quizá así les sucede a todos los mediocres. A todos a los que nos atraviesa, en algún momento, el fracaso: el momento decisivo, con toda su sumatoria de esfuerzos y excitación, resulta absolutamente inefectivo. Andábamos, supongo, los espectadores en búsqueda de una instancia concreta de eficiencia y terminamos pidiendo cualquier falta, cualquier cosa que permitiera que nos siguiéramos quejando. Como un matrimonio triste: quizá no son soluciones a lo evidente lo que se busca sino la mínima aparición de lo extraordinario. Pero, como matrimonio triste, mi equipo favorito y yo tuvimos que acomodarnos a mirarnos la cara y a participar de un silencio resentido y duradero. «Arriba la cara, nos quedan todavía siete jornadas», le dijo un muy joven padre a un hijo muy triste mientras vaciábamos la platea.

Jueves

1.
Saqué mi pasaporte, cambié de teléfono, y escribí esta Mediocridad.

 

2.
Fui a renovar mi pasaporte y a cambiar de teléfono celular y descubrí que Julio Torri es un gran compañero. Acotemos. Descubrí que un ensayo de Julio Torri fue el mejor compañero para los tediosos minutos de espera. Acotemos. Descubrí que leer y al mismo tiempo ir anotando y subrayando un ensayo de Julio Torri hizo que la espera –tediosa en ambos casos y en ambos casos predecible, y por ello doblemente tediosa– casi deseable. Acotemos. No es que me hubiera gustado estar ahí, sentado –en el primer caso en una sucesión de asientos de plástico en diferentes zonas de un mismo galpón en el último piso de un edificio; en el segundo, parado, recargado como borracho desvelado contra una columna cuadrada dentro de una de esos purgatorios de la atención a clientes en una plaza comercial– para poder seguir leyendo, como si de una biblioteca se tratara. Sucede simplemente que, con la buena fortuna que acontece en ciertos viajes, resultó que el ensayo de Julio Torri calzaba perfectamente con el abismo al que uno se lanza cuando se forma en una fila a esperar su turno.

El ensayo, para no demorar lo esencial, es «Beati qui perdunt…!» No tengo ni idea qué quiere decir porque soy un inculto. Por fortuna el título no arredró mi babeante necesidad de entretenimiento: de haber tenido a mano una TVNotas, sin duda estaría escribiendo sobre las caderas de alguna celebridad o el lamentable estado en el que tienen sus hijos a alguna eminencia de la carpa nacional del siglo pasado.

Las cosas que vemos siempre, llegan a ser para nosotros una obsesión, una pesadilla. Afean nuestra vida, sin que nos demos cuenta de ello. Nuestro espíritu vive sólo dentro de la variedad infinita…

Llenas las formas, verificada la autenticidad de la fotocopia del pasaporte anterior y la frescura del sello del cajero en el comprobante de pago, abrí el librito y a darle. No fue el primero que leí de sus ensayos, tan breves, tan masticables; ni fue tampoco un flechazo súbito como el que los próceres literarios confiesan haber tenido a la edad de cuatro o cinco años cuando levantaron el Quijote y supieron que ahí había un diálogo de almas. Fue asunto de acumulación.

Todos somos un hombre que vive y un hombre que mira; y cuando nuestra existencia corre acompasada por el cauce de una larga condena o de un matrimonio feliz, el espectador se aburre y piensa en abandonar la sala por la puerta del suicidio.

Alrededor mío estaban los sospechosos comunes. El grupo de pudientes esforzados en ostentar su bonhomía; un par de infantes que lograban, a falta de mejor descripción, cagar la madre con dos o tres berrinches; algunas personas ensimismadas, los funcionarios públicos tan arregladitos y tan obtusos. E inmediatamente al frente, las siete paginitas del ensayo, en papel medio golpeado. Por acumulación, pues, el encantamiento. No tiene caso resumir el punto del ensayo porque sería tanto como explicar el breve chiste. Nomás digo, pues, que habla de la permanencia y la pérdida de las cosas. Pero de qué modo…

Terminó el trámite no con más horas perdidas de las que ya anticipaba –ese es, me parece, un pequeño divertimento para otra ocasión: cómo nos aprovisionamos para las esperas, qué anticipamos nos sucederá cuando sabemos que habrá fila. El ensayo leído, subrayado. Satisfecho, guardé el pasaporte en la mochila, fuera yo a perderlo.

El actor es siempre esclavo del espectador y en los hombres extravagantes esta esclavitud se vuelve tiránica. Representa el actor en nosotros la pequeña sabiduría y la mueven exclusivamente bajos intereses: sólo entiende de ganar la vida, de evitar el dolor, de amar la comodidad, de seguir la línea de menor resistencia. Cuando perdemos un libro, los guantes, el reloj, se lamenta amargamente. El espectador, al revés, piensa ante toda pérdida en variar el mobiliario, en renovar la biblioteca, en hacer nuevas compras. Para él perder es como abrir una ventana a las sorpresas.

 

3.
La espera para cambiar el celular fue un ejercicio de relectura casi tan entretenido. No había pasado tanto tiempo como para que me dejaran perplejo los subrayados: tenían todavía las ceniza de asombro que se le queda a las cosas que nos parecieron deslumbrantes en algún momento.

No seré yo quien forme la lista de estas pérdidas, catálogo de las flaquezas humanas, de las mil formas de ese extraño espejismo –de esa rebelde falacia en que consiste la voluntad de poseer.

Sólo era volver sobre lo dicho: como un par de compañeros que repiten chistes viejos simplemente por el placer de saber que en algún momento una cierta gracia los unió. Así con los subrayados, las notas, los signos de exclamación que fui apuntando con un lápiz algo chato. (»Aquí hay una reflexión casi deportiva, casi», puse por ahí donde evidentemente había nada del caso.)

Quien no pierde en las mayores desgracias su ecuanimidad, la atormentada curiosidad por su propia vida, es realmente un hombre superior. El interés estético por nuestros sucesos decora las más altas cumbres del esfuerzo.

Y eso es todo, en realidad. Un modesto encantamiento sostenido durante varios días. Dos instantes de compañía desapegada y franca. Nada más.

Fracasad en absoluto; perdedlo todo de una vez; y os sentiréis de modo imprevisto más fuertes que nunca. Nuestra especie tiene inagotables reservas de heroísmo: donde nos parece que se acaba la resistencia humana hallamos nuevas fuerzas.

Lunes

Jornada 7. Atlante (1) – Querétaro F.C. (1)

1.

Sufro.

Como al infante regordete del video, a mí también fue el Atlante el que me negó un domingo apacible. En la misma cancha en la que el Hipocampo de Hierro le sacó el partido a la Universidad en la final del 2007, al Gallo Blanco le arruinó un triunfo vital. Ni siquiera justo, el triunfo: el gol de los míos debió haber sido anulado porque el delantero se acomodó el balón con la mano. Pero necesario, vital, el triunfo. Y no, hubo que esperar al último tiro de esquina del rival para comportarse en el área como si se tratara de salir del vagón de metro y no de marcar a los contrarios. Un rebote y un recentro, un atlantista solo, tiro raso, uno uno. Perfecto el simulacro de desgana.

No hay mucho más que decir. Reclamaron todos que el gol cayó pasados los tres minutos de compensación anunciados (en la transmisión de SKY –no pasó por tele abierta, qué pereza un Atlante-Gallos para una tarde de domingo– el reloj decía 3:17), y quizá sí se excedió el silbante. Pero, ya decía, nos regaló un gol y sobre todo: este gol del Atlante era absoluta, atroz, descorazonadoramente evitable. Es decir, no estamos hablando del Maxi-gol.  Estamos hablando de los hipocampos de Cancún. Estamos hablando del equipo de Kikín Fonseca. Este no era un remate a la esquina, una serie de paredes deslumbrantes: este era un centro descastado que cualquier defensa con meniscos en las rodillas podría haber saltado para despejar.

Sufro.

2.

El próximo fin de semana el Gallo recibe al Atlas. Si va a haber un momento decisivo, es el próximo sábado a las cinco de la tarde en el estadio de Querétaro. De perder, lo más probable es que, a la mitad justa del torneo, el equipo esté jugando para esperar que alguien más le resuelva el problemita. Como un devoto de los remedios homeopáticos, el equipo estará confiando en placebos diluidos en alcohol para salvar la categoría.

Domingo

Jornada 6. Querétaro F.C. (1) – Jaguares (1)

1.

Decíamos que comenzaba esa parte del torneo en la que uno sólo añora y se ilusiona para luego, las más de las veces, desilusionarse y caer de rodillas frente a la pantalla, como un jugador después de errar el tiro penal, y sorprenderse a uno mismo por tal exabrupto de fervor, por tanta exageración. No es para tanto, nos dicen alrededor. Es el Querétaro, nos dicen los que ven futbol. Uno mismo intenta contenerse. No es para tanto, repiten al unísono, como pequeño coro griego viendo desde los márgenes nuestra necedad y la caída. Y no es. No es para tanto, pero al mismo tiempo, pues, estamos hablando de afición y de futbol. Para nadie es sorpresa que así es cuando se habla de deportes: siempre es, aunque no lo parezca, “para tanto”. Qué pereza intentar una explicación cabal. Habría que empezar, supongo, con Habermas y el tótem identificatorio y la antropología religiosa y varias densidades pormenorizadas más… y para entonces uno está convertido en aspirante a “escritor de futbol”, y qué pereza. Convengamos que no es para tanto y sí lo es, que es el Querétaro y que qué remedio. Decíamos, pues, que empieza, para quien es aficionado a un equipo que probablemente pierda la categoría, la temporada del amuleto y el gol de último minuto.

2.

La transmisión la vi por internet. Por el momento no hay televisión, merced a una mejora técnica en el servicio de cable, en su pobre casa. El recuadro en mi computadora, hasta eso, no era tan pixeleado como otras veces. Los molestos anuncios de call centers y reducción de tallas que de cuando en cuando bloquean la imagen en esas páginas contrabandistas servían, hasta eso, como reposo. Se me ocurrió que hay equipos que no requieren HD. En el futbol mexicano, supongo, por la velocidad de juego, por esa incomprensible falta de capacidad para jugar el balón de uno o dos toques sin que alguien le pegue con la espinilla y mande el pase a quince metros de donde quería enviarlo, quizá el HD es un lujo innecesario: sólo hace evidente la lentitud y la carencia. Como documental de realidades sociales, la transmisión digitalmente lucidora termina por hacer glamour de la pobreza. O dar profundo asco. Cualquiera de las dos. Así pasa con mi equipo favorito. Mejor verlo como vectores animados. “El equipo local”, o sea mi equipo, decían los locutores, “no sabe a qué juega; todos van tras el baloncito”. Así decían, “baloncito”, como para hacer más evidente la infantil costumbre de jugar con entusiasmo y sin orden, todos correteando a quien tiene la bola, hasta que nos clavan seis o siete goles. Siendo así, mejor verlos como pixeles gruesos y sin facciones. El HD debería ser el premio al ingenio, no la norma de la mediocridad. Ahí queda eso para cuando tenga yo mi propio canal de televisión.

Los vectores en color azul y negro –mis Gallos Blancos–, demostraron en el gol en contra, lo grácil que puede ser el desorden defensivo. Es decir, de nada serviría ver al rival dar varios pases y orientar la recepción hacia la portería, picar el pie atrás del balón para evitar al portero que corre a cortar el ángulo de tiro, sin oponentes que estiren las piernas, lleguen un paso o dos tarde a la cobertura, tropiecen y terminen eventualmente, como un coagulo de frustración mirando a todos lados y buscando a quien culpar. Hay que tener a quien esquivar, pues. Tiene que haber obstáculos. Y cuando el equipo dilecto es el obstáculo burlado, la defensiva superada, por lo menos que la incompetencia sea graciosa. Porque la defensa ferrea, la efectiva, es como la maquinaria pesada que aplana un bosque. La de los Gallos, en este caso, era más bien la de los cochecillos coloridos que se golpean unos a otros en la feria.

El equipo rival, los Jaguares de Chiapas, como se dice para tantas situaciones, “no traía nada”. Vectores en blanco y naranja, representaban un obstáculo menor. No, seamos precisos. Para un equipo que sí “sabe a lo que juega”, o que no corre “tras el baloncito” como la selección de 2B de mi escuela primaria, no representan un obstáculo mayor. Y sin embargo, como se dice para tantas situaciones, “nos estuvieron apedreando el rancho”. Por “rancho”, obviamente, me refiero a la portería y sus cercanías. También se dice “se cansaron de fallar”. Y supongo que sí. Al final del partido, los rivales, pixeles antropomórficos, sudaban gotas gruesas de sudor.

3.

Mi superstición es no ver el partido. Así colaboro. Porque tengo la impresión de que mi atención provoca resultados desastrosos. Es cuando no me entero de las cosas que suceden de la mejor manera. Por lo menos en el terreno de juego, con mi equipo favorito. Por eso, al ver que iniciaba el segundo tiempo y los Gallos estaban igual de imprecisos al cruzar la media cancha, empecé a hacer otra cosa. No apagué la computadora, ni le bajé al volumen; simplemente estaba haciendo otras cosas mientras ahí al lado sucedía, como que no quiere la cosa, el partido.

4.

No voy a colgarme el mérito. Faltaba más. Sólo voy a decir que hice mi parte. Como aficionado, hice lo que me tocaba hacer: atender al amuleto, seguir el ritual y esperar. Y, pues, qué le vamos a hacer, funcionó. Amaury Escoto, personaje notable entre los de mi escuadra porque ha clavado cuatro goles –y eso es un mundo para un equipo que los últimos dos partidos los perdió sin marcar un solo gol–, remató al minuto ochenta y tantos y empató el partido. Remató un pase de taquito del delantero titular, ese que prefiere tirarse al piso buscando faltas que continuar la jugada. Un pase de taquito dentro del área. Un pase de taquito que pudo no haber ejecutado, ese delantero titular, y en cambio haberse derrumbado como hemiplégico con la esperanza de que el árbitro sintiera compasión y marcara un penalty.

(Hay que decirlo que su convicción por lanzarse al piso, por lo menos esta temporada, no ha dado buenos resultados)

No voy a colgarme el mérito, pero casi no estaba viendo cuando sucedió la jugada. Seguí la emoción del locutor y ya al final, voltee. Pude ver el pase de taquito y el remate al poste derecho y el festejo de los míos. No quiero decir que haya sido yo quien lo evitó, pero sólo quiero dejar claro que no estaba yo mirando cuando el delantero titular eligió dar un pase –buscar seguir jugando, pues– antes que tirarse al piso para engañar al árbitro.

Martes

Jornada 5. América (3) – Querétaro F.C .(0)

1.

A estas alturas, intentar hacer una crónica de los sucesos es ocioso. Los sucesos de este sábado son los sucesos de hace años. Pocos equipos de futbol repiten su historia con tan exacta fidelidad. Los sucesos, su recuento, pierden interés: se vuelven un guiño retórico o una obra de arte. El peor equipo de futbol en el toreno en este momento como una exploración sobre la plasticidad de la derrota, sobre la puesta en escena de las expectativas, sobre la repetición de malos resultados. Los sucesos, su recuento, adquieren interés, entonces, si se les mira de otro modo. Como obra de arte, ya decía; o como experimento en probabilidad y estadística. O tal vez porque son un asunto de especialistas o de aficionados enceguecidos por eso mismo que los impulsa a sintonizar el partido o a comprar el partido, los sucesos, su recuento, nunca adquirirán mucho más interés que el de cualquier anécdota de página interna en el periódico deportivo.

2.

Perdieron los Gallos. Por segunda ocasión en el torneo, perdieron sin anotar goles. Esta vez perdieron contra el América, en el estadio Azteca, por tres goles que pudieron haber sido cuatro o cinco. Entrados en territorios pluscuamperfectos, hubieran podido los Gallos descontar uno o dos. Incluso así no habría sido suficiente. Perdieron inapelablemente. Esa es la nota. Perdieron los Gallos. Nota relacionada: el Atlas, rival directo en la competencia por permanecer en la categoría, ganó y le lleva ahora cinco puntos. Nota relacionada: la directiva del Querétaro cesó al técnico. Nota relacionada: la directiva contrató a otro técnico de medio uso.

3.

A estas alturas del torneo, cuando la fatalidad parece asomarse entera, los partidos de los Gallos parecen ser más un acontecimiento cultural que una competencia deportiva. Es decir, un partido de futbol es una competencia y le cuelgan unas cuantas pequeñas hilachas culturales que, si uno tiene paciencia y tino, puede asir y desanudar y disfrutar el proceso. A estas alturas del torneo, ver la contienda por el balón –esa que es puro sufrimiento y gritos y frustración, (dos partidos sin poder anotar un gol es síntoma de muchas cosas pero sobretodo de que están jugando pésimo futbol)– es un esfuerzo. No imagino que sea algo fácilmente compartido: casi ningún otro equipo ha sido tan tenaz en su persecución de la mediocridad como mi equipo. Salvo aquel año en el que José Saturnino Cardozo desde el banquillo, Carlos Bueno –el uruguayo más iracundo– en el área enemiga y Liborio Sánchez tapiando la portería rompieron toda quiniela y llegaron a semifinales, todos los torneos esta fecha es la fecha del desamparo. Ahí estaré, pues, tampoco reniego de las convicciones elementales, prendiendo la televisión o comprando el boleto. Sólo es que ahora comienza una nueva etapa en el torneo. Mejor fijarse en esas hebras culturosas, en esas tangencias de otros temas que resuenan en la cancha, en el modo en el que un defensa rebana un despeje, en la constancia con la que los mediocampistas erran los pases o la incomprensible inhabilidad que tiene Luis Ángel Landín para pelear un balón sin fingir una falta, tirarse al piso o responder a los pases con pedradas. Esta es la fecha en la que inicia el cinismo y la convicción dolorida: antes la remontada era estrategia, plan, producto del trabajo. Ahora, a partir de la fecha cinco, la remontada es pura ilusión.