Martes

Jornada 5. América (3) – Querétaro F.C .(0)

1.

A estas alturas, intentar hacer una crónica de los sucesos es ocioso. Los sucesos de este sábado son los sucesos de hace años. Pocos equipos de futbol repiten su historia con tan exacta fidelidad. Los sucesos, su recuento, pierden interés: se vuelven un guiño retórico o una obra de arte. El peor equipo de futbol en el toreno en este momento como una exploración sobre la plasticidad de la derrota, sobre la puesta en escena de las expectativas, sobre la repetición de malos resultados. Los sucesos, su recuento, adquieren interés, entonces, si se les mira de otro modo. Como obra de arte, ya decía; o como experimento en probabilidad y estadística. O tal vez porque son un asunto de especialistas o de aficionados enceguecidos por eso mismo que los impulsa a sintonizar el partido o a comprar el partido, los sucesos, su recuento, nunca adquirirán mucho más interés que el de cualquier anécdota de página interna en el periódico deportivo.

2.

Perdieron los Gallos. Por segunda ocasión en el torneo, perdieron sin anotar goles. Esta vez perdieron contra el América, en el estadio Azteca, por tres goles que pudieron haber sido cuatro o cinco. Entrados en territorios pluscuamperfectos, hubieran podido los Gallos descontar uno o dos. Incluso así no habría sido suficiente. Perdieron inapelablemente. Esa es la nota. Perdieron los Gallos. Nota relacionada: el Atlas, rival directo en la competencia por permanecer en la categoría, ganó y le lleva ahora cinco puntos. Nota relacionada: la directiva del Querétaro cesó al técnico. Nota relacionada: la directiva contrató a otro técnico de medio uso.

3.

A estas alturas del torneo, cuando la fatalidad parece asomarse entera, los partidos de los Gallos parecen ser más un acontecimiento cultural que una competencia deportiva. Es decir, un partido de futbol es una competencia y le cuelgan unas cuantas pequeñas hilachas culturales que, si uno tiene paciencia y tino, puede asir y desanudar y disfrutar el proceso. A estas alturas del torneo, ver la contienda por el balón –esa que es puro sufrimiento y gritos y frustración, (dos partidos sin poder anotar un gol es síntoma de muchas cosas pero sobretodo de que están jugando pésimo futbol)– es un esfuerzo. No imagino que sea algo fácilmente compartido: casi ningún otro equipo ha sido tan tenaz en su persecución de la mediocridad como mi equipo. Salvo aquel año en el que José Saturnino Cardozo desde el banquillo, Carlos Bueno –el uruguayo más iracundo– en el área enemiga y Liborio Sánchez tapiando la portería rompieron toda quiniela y llegaron a semifinales, todos los torneos esta fecha es la fecha del desamparo. Ahí estaré, pues, tampoco reniego de las convicciones elementales, prendiendo la televisión o comprando el boleto. Sólo es que ahora comienza una nueva etapa en el torneo. Mejor fijarse en esas hebras culturosas, en esas tangencias de otros temas que resuenan en la cancha, en el modo en el que un defensa rebana un despeje, en la constancia con la que los mediocampistas erran los pases o la incomprensible inhabilidad que tiene Luis Ángel Landín para pelear un balón sin fingir una falta, tirarse al piso o responder a los pases con pedradas. Esta es la fecha en la que inicia el cinismo y la convicción dolorida: antes la remontada era estrategia, plan, producto del trabajo. Ahora, a partir de la fecha cinco, la remontada es pura ilusión.  

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