Domingo

Jornada 6. Querétaro F.C. (1) – Jaguares (1)

1.

Decíamos que comenzaba esa parte del torneo en la que uno sólo añora y se ilusiona para luego, las más de las veces, desilusionarse y caer de rodillas frente a la pantalla, como un jugador después de errar el tiro penal, y sorprenderse a uno mismo por tal exabrupto de fervor, por tanta exageración. No es para tanto, nos dicen alrededor. Es el Querétaro, nos dicen los que ven futbol. Uno mismo intenta contenerse. No es para tanto, repiten al unísono, como pequeño coro griego viendo desde los márgenes nuestra necedad y la caída. Y no es. No es para tanto, pero al mismo tiempo, pues, estamos hablando de afición y de futbol. Para nadie es sorpresa que así es cuando se habla de deportes: siempre es, aunque no lo parezca, “para tanto”. Qué pereza intentar una explicación cabal. Habría que empezar, supongo, con Habermas y el tótem identificatorio y la antropología religiosa y varias densidades pormenorizadas más… y para entonces uno está convertido en aspirante a “escritor de futbol”, y qué pereza. Convengamos que no es para tanto y sí lo es, que es el Querétaro y que qué remedio. Decíamos, pues, que empieza, para quien es aficionado a un equipo que probablemente pierda la categoría, la temporada del amuleto y el gol de último minuto.

2.

La transmisión la vi por internet. Por el momento no hay televisión, merced a una mejora técnica en el servicio de cable, en su pobre casa. El recuadro en mi computadora, hasta eso, no era tan pixeleado como otras veces. Los molestos anuncios de call centers y reducción de tallas que de cuando en cuando bloquean la imagen en esas páginas contrabandistas servían, hasta eso, como reposo. Se me ocurrió que hay equipos que no requieren HD. En el futbol mexicano, supongo, por la velocidad de juego, por esa incomprensible falta de capacidad para jugar el balón de uno o dos toques sin que alguien le pegue con la espinilla y mande el pase a quince metros de donde quería enviarlo, quizá el HD es un lujo innecesario: sólo hace evidente la lentitud y la carencia. Como documental de realidades sociales, la transmisión digitalmente lucidora termina por hacer glamour de la pobreza. O dar profundo asco. Cualquiera de las dos. Así pasa con mi equipo favorito. Mejor verlo como vectores animados. “El equipo local”, o sea mi equipo, decían los locutores, “no sabe a qué juega; todos van tras el baloncito”. Así decían, “baloncito”, como para hacer más evidente la infantil costumbre de jugar con entusiasmo y sin orden, todos correteando a quien tiene la bola, hasta que nos clavan seis o siete goles. Siendo así, mejor verlos como pixeles gruesos y sin facciones. El HD debería ser el premio al ingenio, no la norma de la mediocridad. Ahí queda eso para cuando tenga yo mi propio canal de televisión.

Los vectores en color azul y negro –mis Gallos Blancos–, demostraron en el gol en contra, lo grácil que puede ser el desorden defensivo. Es decir, de nada serviría ver al rival dar varios pases y orientar la recepción hacia la portería, picar el pie atrás del balón para evitar al portero que corre a cortar el ángulo de tiro, sin oponentes que estiren las piernas, lleguen un paso o dos tarde a la cobertura, tropiecen y terminen eventualmente, como un coagulo de frustración mirando a todos lados y buscando a quien culpar. Hay que tener a quien esquivar, pues. Tiene que haber obstáculos. Y cuando el equipo dilecto es el obstáculo burlado, la defensiva superada, por lo menos que la incompetencia sea graciosa. Porque la defensa ferrea, la efectiva, es como la maquinaria pesada que aplana un bosque. La de los Gallos, en este caso, era más bien la de los cochecillos coloridos que se golpean unos a otros en la feria.

El equipo rival, los Jaguares de Chiapas, como se dice para tantas situaciones, “no traía nada”. Vectores en blanco y naranja, representaban un obstáculo menor. No, seamos precisos. Para un equipo que sí “sabe a lo que juega”, o que no corre “tras el baloncito” como la selección de 2B de mi escuela primaria, no representan un obstáculo mayor. Y sin embargo, como se dice para tantas situaciones, “nos estuvieron apedreando el rancho”. Por “rancho”, obviamente, me refiero a la portería y sus cercanías. También se dice “se cansaron de fallar”. Y supongo que sí. Al final del partido, los rivales, pixeles antropomórficos, sudaban gotas gruesas de sudor.

3.

Mi superstición es no ver el partido. Así colaboro. Porque tengo la impresión de que mi atención provoca resultados desastrosos. Es cuando no me entero de las cosas que suceden de la mejor manera. Por lo menos en el terreno de juego, con mi equipo favorito. Por eso, al ver que iniciaba el segundo tiempo y los Gallos estaban igual de imprecisos al cruzar la media cancha, empecé a hacer otra cosa. No apagué la computadora, ni le bajé al volumen; simplemente estaba haciendo otras cosas mientras ahí al lado sucedía, como que no quiere la cosa, el partido.

4.

No voy a colgarme el mérito. Faltaba más. Sólo voy a decir que hice mi parte. Como aficionado, hice lo que me tocaba hacer: atender al amuleto, seguir el ritual y esperar. Y, pues, qué le vamos a hacer, funcionó. Amaury Escoto, personaje notable entre los de mi escuadra porque ha clavado cuatro goles –y eso es un mundo para un equipo que los últimos dos partidos los perdió sin marcar un solo gol–, remató al minuto ochenta y tantos y empató el partido. Remató un pase de taquito del delantero titular, ese que prefiere tirarse al piso buscando faltas que continuar la jugada. Un pase de taquito dentro del área. Un pase de taquito que pudo no haber ejecutado, ese delantero titular, y en cambio haberse derrumbado como hemiplégico con la esperanza de que el árbitro sintiera compasión y marcara un penalty.

(Hay que decirlo que su convicción por lanzarse al piso, por lo menos esta temporada, no ha dado buenos resultados)

No voy a colgarme el mérito, pero casi no estaba viendo cuando sucedió la jugada. Seguí la emoción del locutor y ya al final, voltee. Pude ver el pase de taquito y el remate al poste derecho y el festejo de los míos. No quiero decir que haya sido yo quien lo evitó, pero sólo quiero dejar claro que no estaba yo mirando cuando el delantero titular eligió dar un pase –buscar seguir jugando, pues– antes que tirarse al piso para engañar al árbitro.

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