Jueves

1.
Saqué mi pasaporte, cambié de teléfono, y escribí esta Mediocridad.

 

2.
Fui a renovar mi pasaporte y a cambiar de teléfono celular y descubrí que Julio Torri es un gran compañero. Acotemos. Descubrí que un ensayo de Julio Torri fue el mejor compañero para los tediosos minutos de espera. Acotemos. Descubrí que leer y al mismo tiempo ir anotando y subrayando un ensayo de Julio Torri hizo que la espera –tediosa en ambos casos y en ambos casos predecible, y por ello doblemente tediosa– casi deseable. Acotemos. No es que me hubiera gustado estar ahí, sentado –en el primer caso en una sucesión de asientos de plástico en diferentes zonas de un mismo galpón en el último piso de un edificio; en el segundo, parado, recargado como borracho desvelado contra una columna cuadrada dentro de una de esos purgatorios de la atención a clientes en una plaza comercial– para poder seguir leyendo, como si de una biblioteca se tratara. Sucede simplemente que, con la buena fortuna que acontece en ciertos viajes, resultó que el ensayo de Julio Torri calzaba perfectamente con el abismo al que uno se lanza cuando se forma en una fila a esperar su turno.

El ensayo, para no demorar lo esencial, es «Beati qui perdunt…!» No tengo ni idea qué quiere decir porque soy un inculto. Por fortuna el título no arredró mi babeante necesidad de entretenimiento: de haber tenido a mano una TVNotas, sin duda estaría escribiendo sobre las caderas de alguna celebridad o el lamentable estado en el que tienen sus hijos a alguna eminencia de la carpa nacional del siglo pasado.

Las cosas que vemos siempre, llegan a ser para nosotros una obsesión, una pesadilla. Afean nuestra vida, sin que nos demos cuenta de ello. Nuestro espíritu vive sólo dentro de la variedad infinita…

Llenas las formas, verificada la autenticidad de la fotocopia del pasaporte anterior y la frescura del sello del cajero en el comprobante de pago, abrí el librito y a darle. No fue el primero que leí de sus ensayos, tan breves, tan masticables; ni fue tampoco un flechazo súbito como el que los próceres literarios confiesan haber tenido a la edad de cuatro o cinco años cuando levantaron el Quijote y supieron que ahí había un diálogo de almas. Fue asunto de acumulación.

Todos somos un hombre que vive y un hombre que mira; y cuando nuestra existencia corre acompasada por el cauce de una larga condena o de un matrimonio feliz, el espectador se aburre y piensa en abandonar la sala por la puerta del suicidio.

Alrededor mío estaban los sospechosos comunes. El grupo de pudientes esforzados en ostentar su bonhomía; un par de infantes que lograban, a falta de mejor descripción, cagar la madre con dos o tres berrinches; algunas personas ensimismadas, los funcionarios públicos tan arregladitos y tan obtusos. E inmediatamente al frente, las siete paginitas del ensayo, en papel medio golpeado. Por acumulación, pues, el encantamiento. No tiene caso resumir el punto del ensayo porque sería tanto como explicar el breve chiste. Nomás digo, pues, que habla de la permanencia y la pérdida de las cosas. Pero de qué modo…

Terminó el trámite no con más horas perdidas de las que ya anticipaba –ese es, me parece, un pequeño divertimento para otra ocasión: cómo nos aprovisionamos para las esperas, qué anticipamos nos sucederá cuando sabemos que habrá fila. El ensayo leído, subrayado. Satisfecho, guardé el pasaporte en la mochila, fuera yo a perderlo.

El actor es siempre esclavo del espectador y en los hombres extravagantes esta esclavitud se vuelve tiránica. Representa el actor en nosotros la pequeña sabiduría y la mueven exclusivamente bajos intereses: sólo entiende de ganar la vida, de evitar el dolor, de amar la comodidad, de seguir la línea de menor resistencia. Cuando perdemos un libro, los guantes, el reloj, se lamenta amargamente. El espectador, al revés, piensa ante toda pérdida en variar el mobiliario, en renovar la biblioteca, en hacer nuevas compras. Para él perder es como abrir una ventana a las sorpresas.

 

3.
La espera para cambiar el celular fue un ejercicio de relectura casi tan entretenido. No había pasado tanto tiempo como para que me dejaran perplejo los subrayados: tenían todavía las ceniza de asombro que se le queda a las cosas que nos parecieron deslumbrantes en algún momento.

No seré yo quien forme la lista de estas pérdidas, catálogo de las flaquezas humanas, de las mil formas de ese extraño espejismo –de esa rebelde falacia en que consiste la voluntad de poseer.

Sólo era volver sobre lo dicho: como un par de compañeros que repiten chistes viejos simplemente por el placer de saber que en algún momento una cierta gracia los unió. Así con los subrayados, las notas, los signos de exclamación que fui apuntando con un lápiz algo chato. (»Aquí hay una reflexión casi deportiva, casi», puse por ahí donde evidentemente había nada del caso.)

Quien no pierde en las mayores desgracias su ecuanimidad, la atormentada curiosidad por su propia vida, es realmente un hombre superior. El interés estético por nuestros sucesos decora las más altas cumbres del esfuerzo.

Y eso es todo, en realidad. Un modesto encantamiento sostenido durante varios días. Dos instantes de compañía desapegada y franca. Nada más.

Fracasad en absoluto; perdedlo todo de una vez; y os sentiréis de modo imprevisto más fuertes que nunca. Nuestra especie tiene inagotables reservas de heroísmo: donde nos parece que se acaba la resistencia humana hallamos nuevas fuerzas.

One thought on “Jueves

  1. Y en verdad fue un buen ensayo?

    Patricia Ochoa P. 33 1021 8679

    El 21/02/2013, a las 11:34, “El salón vacío” escribió:

    > >

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