Lunes

Jornada 8. Querétaro F.C. (0) – Atlas (0)

1.

Es una obviedad aclarar que no soy periodista, pero me parece imprescindible: No soy periodista. Es decir, esta crónica no contiene, de entrada, las cualidades que los calificados tendrían la presteza y la habilidad para incluirle. Al no serlo, el preciso listado de lo que estas son, me rebasa. Quede asentado solamente que la carencia de cualidades no es propiamente intencionada; si acaso, inevitable.

Los boletos eran Preferente amarillo, los más baratos. Hasta arriba. La chica que me gusta y yo llegamos al estadio al mismo tiempo que bajaban varias decenas de miembros de La Rebeldía de un autobús urbano evidentemente conducido contra la voluntad del operador. Varios salían por la escotilla de ventilación y emergencia del techo. Decenas de policías equipados con espinilleras, cascos, hombreras y escudos –algunos traían perros bravos y descastados, más sedientos que vigilantes– se pusieron en alerta. «¡Vámonos a la verga!», gritó el que parecía liderar a esta facción de la porra. No sé bien por dónde proponían irse a la verga, porque iban caminando directo a un terreno baldío encerrado por malla ciclónica.

Aunque el zumbido del estadio era lo que uno esperaba que fuera para un partido crucial –ese es el leitmotiv de todo el viaje: lo crucial del evento, lo decisivo–, había poca gente. Caminamos con calma alrededor de la platea. Nos lo permitían nuestros boletos. Llegamos a la cabecera local. Junto a la Rebeldía. Pensé en el grupo de apoyo que proponía «irse a la verga» y que se enfilaba a un terreno baldío cerrado: ¿habrán podido salir? El operativo de seguridad era tan evidente como, por el momento, exagerado. Los visitantes estaban recluidos en su corralito en una esquina de la parte baja del estadio. En nuestra cabecera ya repartían bolsas oblongas de plástico que, infladas a soplidos, terminarían siendo unos cilindros que agitaríamos frenéticos al ritmo de las arengas. Como verbena popular. Como festival norcoreano. Como versión mexicanizada de alguna práctica en graderíos sudamericanos.

Y nos emocionamos. Y lamentamos las fallas, esporádicas, de las siete y ocho llegadas del equipo. Y gritamos. Y me quedé ronco de tanto insulto. Pospuse toda autocrítica, porque, y esa es mi suposición, para asistir al estadio como espectador sin cinismo, como un espectador convencido, hay que suspender la autocrítica. Es decir, Coleridge en la platea.

2.

Fueron noventa minutos de puro grito y desesperación. Hubo, como era de esperarse, al final del primer tiempo, un remanso de sólo mirar sentado –en unas butacas bastante cómodas para el promedio de butacas en los espectáculos de este tipo— y sorber la cubeta de cerveza de 60 pesos y comentar al oído de la chica que me gusta alguna obviedad: «la banda derecha es un desperdicio, tienen al hábil y al veloz del mismo lado e intentan llegar por el centro…» Durante estos minutos de calma, lo evidente –no necesariamente la autocrítica– vuelve a adquirir peso e importancia: vuelve a ser real. En mi caso, lo evidente se manifestó como estadística: mi equipo favorito tiene dos goles anotados en los últimos cuatro partidos. Un gol en 360 minutos. Más allá de funcionamiento táctico, de desplazamientos al interior del campo, de las tensiones de fuerzas contrarias y de las posibilidades que da el rival, lo evidente es que en 360 minutos los jugadores cuya función en el campo es anotar goles han logrado hacerlo, todos ellos, en un par de ocasiones. A unos cuantos metros La Rebeldía gritaba y cantaba y agitaba esos cilindros negros, azules y blancos; yo mientras, espantaba lo evidente con las manos.

3.

El segundo tiempo fue igualmente desgañitado y desesperante. De pie, los últimos dos minutos parecieron prometer el milagroso gol del descuento. Un tiro angulado desviado por el portero, dos tiros de esquina. Pero nada más. Es decir, no hubo más que opciones desperdiciadas. No hubo escándalo. Ni jugadas dudosas, ni puñaladas del azar. Nada. Al terminar el árbitro el partido, no había queja más que la de siempre. Lo decisivo del evento terminó en un empate a cero. Este equipo, el Gallo Blanco, parece estar condenado al empatar a cero con sus promesas. Quizá así les sucede a todos los mediocres. A todos a los que nos atraviesa, en algún momento, el fracaso: el momento decisivo, con toda su sumatoria de esfuerzos y excitación, resulta absolutamente inefectivo. Andábamos, supongo, los espectadores en búsqueda de una instancia concreta de eficiencia y terminamos pidiendo cualquier falta, cualquier cosa que permitiera que nos siguiéramos quejando. Como un matrimonio triste: quizá no son soluciones a lo evidente lo que se busca sino la mínima aparición de lo extraordinario. Pero, como matrimonio triste, mi equipo favorito y yo tuvimos que acomodarnos a mirarnos la cara y a participar de un silencio resentido y duradero. «Arriba la cara, nos quedan todavía siete jornadas», le dijo un muy joven padre a un hijo muy triste mientras vaciábamos la platea.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s