Lunes

Jornada 9. Querétaro F.C. (1) – Monterrey (0)

 

1.

Por fin.

Permítaseme celebrar pues el triunfo tan deseado.

Permítaseme obviar por el momento las maneras, los modos o el rival.

Permítaseme regodearme en lo suficiente.

 

2.

Ahora bien, los festejos duraron dos horas el sábado, o hasta que inició el partido del Atlas. Y mientras regresaba a mis habituales necedades de fin de semana, se volvió imperativo reconocer que las aficiones, si uno ha de ser fiel a ellas, terminan llevándonos al linde de la barranca.

En mi caso, la barranca es el juego medroso y defensivo que ni siquiera se parece al deporte que simulan jugar. Más bien es una oficina de trámites burocráticos en la que los funcionarios usan pantalón corto y espinilleras. Es el juego que hizo de Raúl Arias el perfecto tapiador del área propia. Como un alquimista de cantera, lograba convertir a sus once jugadores en monolitos del estorbo. Lo que estaba yo celebrando era todo eso que Panzeri denunciaba: un equipo reducido al alambre de púas del orden táctico.

El equipo ganó. Bien por eso. Por fin. Pero ganó con un gol anotado antes del minuto cinco. Pase preciso, defensa azorada por un pasmo extraño, definición impecable. Festejemos. Uno a cero. Esto promete. Lo que siguió fue una feliz hipocresía: el equipo hacía como que jugaba al futbol, como que buscaba el segundo tanto, y el rival se lamentaba y erraba y le regalaba al Gallo Blanco el balón y el campo. Y lentamente, como que no quiere la cosa, empezaron los defensas y los medios a desenrollar esa malla ciclónica que con tanta habilidad los entrenadores mexicanos han sabido forrar sus áreas chicas: conservemos el orden táctico, era lo que decían los gestos. Y lo conservaron. El triunfo de este sábado no sólo fue la consecución de los tres puntos y la inyección de ánimo, sino fue la hazaña sorda de defender un gol durante ochenta y cinco minutos.

 

3.

La hipocresía, y ultimadamente, la barranca a la que me ha llevado mi afición a este encantador equipo, está en que este no es un equipo que pretenda hacer lo que Raúl Arias. Este no es un equipo que se enrolla sobre sí mismo como armadillo y espera que pase el vendaval. Este es, eso han dicho, un equipo al que no le basta con el empate. Este equipo ha dicho que quiere salvar la categoría y que para hacerlo tiene que ganar y que está decidido a ganar. Hasta ahí todo bien. Pero no. El intento por plantar un jardín de buen futbol sería demasiado riesgoso: mejor llenemos el medio campo con un mezquital intransitable.

Pero lo sé: es inevitable. Es inevitable con esta plantilla. Es inevitable con el acervo de ideas que la dirección técnica trae en la aljaba. Es inevitable y por eso digo: ser aficionado se trata de lanzarse a la barranca.

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