Miércoles

Me dio migraña esta semana y escribí esta Mediocridad iridiscente.

 

1.

No soy migrañoso con credencial. Lo que quiero decir es que sí, padezco migrañas, pero son esporádicas, caprichosas y no podría asumirme como un verdadero aquejado por tan molesta condición. Los hay, ellos, los que sí cargan en el bolsillo los remedios ya probados, las anécdotas que intentan transmitirnos lo incapacitante y absolutamente singular de sus síntomas. Como tantas otras cosas, confesar un padecimiento es también una competencia. El migrañoso de verdad lo sabe y hace el relato de hechos con gesto adusto aderezado con socarronas sonrisas que bien podrían decirse condescendientes: «no sabes lo que yo he vivido», dicen esas comisuras curvas, esos párpados entrecerrados, ese tono de molesto tío abuelo presumiendo cicatrices.

Yo no soy de esos. Y no lo soy no por una excepción moral que me libera de la necesidad de hacerme el recio –porque, para qué negarlo, he narrado mi operación de apendicitis con dramatismo digno de corresponsal de guerra. No lo soy porque no tengo los síntomas para sostener al personaje. ¿Cada cuándo te dan? Cada dos o tres meses. ¿Y muy canijas? Pues ni tanto, sólo algunas; la última que recuerdo muy cabrón fue una que me cayó encima después de haber jugado Gears of War con la chica que me gusta en una televisión bastante oscura durante seis horas seguidas. No acontece cada rato. No me incapacitan por días. No me hacen vomitar. Mis migrañas son las primas mochas de las que sufren los migrañosos credencializados.

 

2.

Hace unos días me cayó encima una de esas repentinas tormentas electroencefálicas. Salí bien librado porque ahora sólo traigo la huella de la quemazón y algo de desequilibrio. Nada distinto a lo que sucedía antes. Me tomé unas pastillas que venían en un botecito con una etiqueta de diseño francamente dudosa. El falso átomo quiere transmitir, supongo, la potencia curativa que esconden estas cápsulas. A mí me parecen más unas aspirinas ovales, pero yo no estudié farmacología así que me la tomé y confié en que la ingenuidad y la bioquímica me tranquilizaran esas oleadas de jaqueca. Y lo lograron. No sé cómo dividir mis agradecimientos. Supongo que el efecto placebo debe llevarse un porcentaje un poco más grande que el falso átomo del frasco.

 

3.

¿Y si no es migraña?

 

4.

No soy un migrañoso, pero sí soy un hipocondriaco con carnet. He tratado de esconderlo de mi mismo: qué penoso andar sufriendo por complejos desórdenes genéticos diagnosticados por mi mismo debido a que tengo un calambre en la planta del pie. La hipocondria es silenciosa, progresiva y si no mortal, por lo menos muy indigna. Como quien le tiene pavor a los relámpagos o a los perros, esta compleja estructura de sugestiones y fantasía lo tiene a uno saltando de la silla a cada rato. Qué podrá ser que no me deje de llorar el ojo; me preocupa que siento como algo inflamado debajo del omóplato. Y así, interminablemente.

Sólo se puede hablar de la hipocondria, me parece, como queriendo hacerse el chistosito. Es lo opuesto que la migraña. La migraña se habla con el pecho hinchado y la quijada apretada como puño; la hipocondria se dice entre risitas. El migrañoso se enorgullece de estar aquí, frente a nosotros, a pesar de la cruz que debe cargar: es más, los hay quienes, tan cabrones, ya ni les parece algo importante –les da una profunda pereza viril hablar de esas pequeñeces. El hipocondriaco, en cambio, está reducido al repetir el sketch del neurótico encantador; es un payasito de fiestas infantiles que tropieza con el punch line de sus chistes.

Tengo para mi que quienes se ríen de sus propios chistes son hipocondriacos de closet.

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