Martes

Jornada 11. Querétaro F.C. (1) – Toluca (0)

1.

No voy a mentir: no vi el partido completo. Apenas vi el final. Dos oportunidades falladas de los Gallos. Varios acercamientos del Toluca. Mucha tensión. Casi intolerable, para decirlo con seriedad. La repetición del gol en cámara lenta. [Hay mucho que decir, me parece, acerca de la gracia y la ralentización artificiosa de la cámara, la quietud inducida en el encuadre, pero eso requeriría una inteligencia con la que no cuento; me parece interesante que hay la posibilidad de dividir los deportes en los que conservan cualidades gráciles en cámara lenta de los que se no (el futbol, visto lo visto con la cámara Phantom, caería dentro de este segundo grupo), me parece que podría discutirse un poco ese asunto de la estética, no como fin, sino como producto inevitable, como dividendo consciente pero no principal de una actividad corporal; bien se podría traer a cuento a Hans Ulrich Gumbrecht y su texto sobre la belleza atlética, pero insisto, se necesita una inteligencia que, mala suerte, no poseo]. Los agónicos minutos de compensación. Más tensión. Y el triunfo. En fin, los últimos quince minutos. Y aquí está el punto. Esa parte, en este caso, sirve como buen sustituto del todo. Me explico.

2.

Quería llegar a ver el partido. Pero calculé mal. La mudanza es un proceso caprichoso e intempestivo. Demanda cosas, la mudanza. Demanda una entereza emocional de la que no era partícipe el sábado por la mañana. Mi entusiasmo estaba destruido por la gripa. Y no hay mudanza si no hay entusiasmo. O corrijo: no hay mudanza si no hay energía –el entusiasmo da la impresión de algo positivo, deseoso, sonriente; evadir a los deudores, esquivar a la justicia, apresurar el cambio de domicilio por despecho, esa energía, casi pánico, también funciona. No había mudanza. Calculé que podría empacar y estar tranquilamente sentado frente a la pantalla a las cinco en punto de la tarde. Pero no. A las cinco en punto de la tarde estaba con la chica que me gusta escuchando al vendedor con el riguroso pelo engominado hablar de las bondades de un refrigerador de 11 pies de capacidad sin rejilla trasera y con un tronco central de ventilación y circulación de aire.

No me quejo. Era una compra gozosa. Los dos estábamos bastante entretenidos. Simplemente calculé mal. Y a las 6:15 estaba apenas en posibilidades de considerar: «me estoy perdiendo el partido».

Una vez frente a la televisión, informado ya de lo fortuito del tanto a favor de mi equipo, la tensión, como una aguja gigantesca clavada directamente en el tálamo, me atacó de inmediato. No había manera de escapar de ella. Venía exhausto. Comprar un refrigerador es una de esas tareas impuestas por algún dios cruel a los modernos Heracles, justo entre entrar a un vagón de metro en hora pico y lograr hacer un trámite en un centro de atención a cliente de Telcel. Y sin embargo, nomás requerí tres o cuatro segundos de ver los colores de mi equipo esparcidos por el campo, intentando retener el balón para erizarme y caer dentro de ese torbellino eléctrico de expectativas y malos presagios.

Y es que, una vez que terminó el partido, recordé eso que uno dice muchas veces: que el Querétaro no juega al mismo juego que todos los demás equipos –quizá sólo el San Luis, ese antipático equipo enredado en el mismo zarzal del descenso. No juega a lo mismo, sí, pero esclarecí un poquito mejor a qué sí juega. Juega a los últimos 15 minutos del partido. A eso nada más.

3.

Los últimos quince minutos del partido son una pantomima del juego. Con la música del Show de Benny Hill de fondo, los últimos quince minutos todos corren con ímpetu y desorden, se barren, tiran de fuera del área, mandan centros, gritan, patean el balón, intentan derribar a los oponentes, reclaman al árbitro, checan el reloj, perciben al contrario cerca y se dejan caer, fingen estar adoloridos, esperan a que llegue el médico, llaman a los paramédicos con su camilla endeble, entra el carrito, se dejan cargar hasta la banda, piden permiso para ingresar de nuevo, aceleran el juego, corren al tiro de esquina, intentan perder tiempo ahí, inevitablemente caen al piso y reclaman al abanderado una falta, vuelven a tirar de lejos, el portero se deja amonestar por hacer tiempo, despeja de meta el defensa que intenta reventar el balón y apenas la llega a media cancha, equivocan el pase, interceptan el pase, corren hacia el marco contrario, intentan sellar la victoria con una pared, controlan el balón y ven llegar al delantero solo, esquivan al portero entregado y dan el pase, el delantero le pega demasiado abajo, o machuca la pelota, o le bota antes y le pega con la espinilla o abanica por completo y falla, y todos se lamentan, todos corren de vuelta para organizarse de nuevo atrás, extenuados por la carrera hacia el frente, y fingen un calambre, y el público silba, y vuelve el oleaje contrario, y el árbitro pita el final en el siguiente pase largo, y terminan, exhaustos, con los brazos en alto por haber defendido en tanto a favor, un autogol.

4.

Estamos a cuatro puntos del San Luis. Es decir, quizá.

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