Lunes

Jornada 14. Morelia (1) – Querétaro F.C. (0)

1.

Pues sí. Ya no hay equipo. O casi. De vuelta al charco aquel de la división de ascenso. Es decir, probablemente el equipo desaparezca de manera repentina, un jueves, o un martes por la mañana. Pero me adelanto. Es importante enfatizar que a falta de tres jornadas para concluir el torneo, ya casi no hay equipo.

2.

Como aspirante a estrella de cine, pensé durante mucho tiempo qué diría si el equipo se salvaba. Como aspirante a estrella de talk show, pensé durante mucho tiempo qué diría si el equipo descendía. Esta segunda variación del mismo protagonismo era una meditación llena de desesperación y ponderaciones sombrías. Era un asunto casi operático: habría yo de, en medio de berridos viriles, expersar mi desazón y reconocer tantas aristas filosóficas atadas al evento. «Cuánto aprende uno de la incapacidad ajena; qué salutífero el desengaño», cosas así. Pensaba que lo escribiría a mano, iluminado con una luz suave y amarillenta, cuando la noche empieza a volverse madrugada: cosas así anduve pensando. Ese era el plan, pues.

3.
El partido contra Morelia, el último en el que tenían todavía algún tipo de agencia sobre su destino, no fue distinto a los otros. La valoración del desempeño de los jugadores era bastante usual: todos corren, todos cargan su torpeza en la solapa, tenemos un portero fenomenal y no tenemos quien empuje el chingado balón hasta el fondo de la portería. Durante esos minutos expeditos —hora y media de tensión y gritos a la televisión–, utilicé todo lo que he aprendido de la franquicia FIFA para Xbox y el Football Manager para escupirle imprecaciones a la pantalla, dirigidas por nombre a quien en tal momento me parecía que estaba costándonos la categoría. A pesar de eso, los jugadores seguían empecinados en sus malos pases, sus desplazamientos inútiles; Ambriz miraba desde la banca, menos gritón que yo, haciendo el ubicuo gesto de los técnicos: dos dedos como en una V de victoria, y luego, con la otra mano, un dedo atrás, como haciendo un triángulo imaginario. Como si ese gesto a dos manos resolviera la inoperancia que cinco días de entrenamiento, o tres jornadas previas no han podido solventar. Como un infante al que no le hacen caso, mi impaciencia era teatral y necia. El Morelia anotó en un tiro libre, los Gallos se fueron al frente, fallaron dos bastante posibles, y terminaron como tantas otras veces para ese mismo escudo sobre el pecho: sentados con la mirada al piso, o tumbados de espaldas y la playera sobre el rostro, y siempre uno de entre todos –en esta ocasión fue Marco Antonio Jimenez, el volante de contención con cara de mara salvatrucha– que corre de difunto en difunto, jalándolos y diciéndoles: «venga, venga, arriba»: otro ubicuo gesto de los derrotados dignos: estamos perdidos pero no por eso vamos a tirarnos al piso.

4.

Total que amanece y no hay equipo, o para ser más preciso: a falta de tres partidos por jugar, el Puebla sólo necesita un empate para salvarse. Los Gallos no pueden hacer otra cosa que ganar y esperar. Es decir, ya no hay equipo. Y ahora me toca a mí ser el que espera a ver si todavía habrá franela para la siguiente temporada en el potrero de la Primera A, o si será ocasión de, como en tantas ocasiones anteriores, aguardar a que llegue algún inversionista dudoso para prometer «futbol para esta bella plaza; se lo merece», y, si no me equivoco, volver a iniciar el ciclo otra vez. Cuando eso suceda, obviamente, ahí andaré pensando que esta vez quizá el fracaso se demore un par de temporadas más. 

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