Lunes

Jornada 16. Chivas (1) – Querétaro F.C. (2)

1.

Menos de cinco minutos duró la incredulidad.

El partido del Querétaro empezó a las 12 del día. Jugaban el Atlas y el Puebla y todo colgaba de esa soporífera balanza: un equipo no jugaba a nada –ya está en la siguiente ronda, tranquilo–, al otro le bastaba con empatar para estar salvado. Y el Querétaro jugaba a controlar a los jugadores del Atlas, los impulsaba hacia adelante como quien pulsa el control del videojuego, intentando una pared tras otra, apretando repetidamente el botón que acelera la carrera del defensa. Era un juego mediocre y estábamos ahí, supongo, hermanados en contra del Puebla, arengando al visitante a hacer dos, tres goles lapidarios. Terminó 0-0 el primer tiempo.

No estoy ardido. Cómo reclamarle a dos equipos a los que el empate les resuelve sus problemas no salir a ganar: el juego estratégicamente medroso es quizá una de las cualidades básicas de variedad regional de un deporte de conjunto llamado «nuestro futbol». Cómo acusar a dos equipos de no matarse en el campo, cuando mi equipo ha sido usufructuario de ese estratagema en más de una jornada. Toda la desesperación acumulada no era otra cosa que una desesperación añeja ya: era la desesperación del canijo torneo pasado. Contra ese torneo era a quien debía yo dirigir mis insultos, no a los jugadores del Atlas-Puebla, que hacían que la idea de futbol languideciera bajo la desgana y la incapacidad. Era hacia la directiva y el cuerpo técnico, contra los jugadores del año pasado hacia donde mi desesperación apuntaba: «no estaríamos en este horror», pensaba al insultar a los jugadores del Atlas al fallar el tiro a gol, «si el año pasado hubiéramos ganado tan solo dos juegos». El año pasado el equipo ganó sólo uno de 17 juegos posibles. Uno. Contra el Puebla. De visita. Pero esto no es Football Manager y uno, desde su butaca en la platea, desde la poltrona frente a la televisión, no puede despedir al técnico incompetente ni organizar alineaciones. Uno, como dicen los comentaristas –esos temperamentos excitables de vocabulario limitado–, uno «juega su propio partido». Es decir, uno sólo puede observar, como testigo de calidad, lo que ni tiene posibilidad de alterar. Convidados de piedra, festejamos, supongo, como enloquecidos cuando cayó el gol del Atlas. Un remate cualquiera, pésima marca, el portero ni se mueve. A 10 minutos del final.

La incredulidad duró menos de cinco minutos. El Puebla hizo lo que habría hecho el Querétaro. Sufrir, aventar como quien quiere hundir un barco, todo la carga hacia el frente, y esperar el rebote inspirado, el rebanón fortuito. Y así, tal cual: rechazo errado del portero, rebanón del defensa, y un remate sin gracia y pleno de tranquilidad. Al Puebla con el empate le bastaba. Cómo reclamarle que saliera a medrosear un punto, a corretear el 1-1 como jauría de perros asesinos, si con eso aseguraban la categoría: mi desesperación no era con ellos.

 

2.

El Querétaro, cinco horas después, hizo como que la incredulidad seguía vigente. Ganó, con diez hombres, a las Chivas del Guadalajara en su casa. La nómina inflada del guadalajara vs. los desechos del guadalajara más dos o tres refuerzos baratos. Con diez hombres, es decir, con diez de esos desechos y refuerzos baratos. Incrédulos.

 

3.

Matemáticamente, el Querétaro puede salvarse. Tiene que remontar una diferencia de goles de 21 contra el Puebla. Dado que cada gol que le anote el Querétaro al Puebla contaría a favor suyo y en contra del Puebla en esta diferencia, tiene que hacer 11 goles para salvarse. Incrédulos.

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