Miércoles

Vi World War Z y leí The Road. Escribí esta Mediocridad.

1.

No he leído suficientes reseñas, pero hasta ahora no he hallado una que diga que The Road es una novela que sucede toda en la mente de un vago que camina por la ciudad, cualquier ciudad, imaginando un mundo hecho ceniza y a un hijo pequeño que lo acompaña y a quien tiene que cuidar.

2.

No digo que los vagabundos viajen en el tiempo, pero bien podrían estarlo haciendo. O quizá son unos aventajados, unos estudiosos del final de las cosas. Esas envolturas de mugre y materiales reciclados que caminan hablando solos bien podrían, pero obviamente no estoy diciendo que lo sean, podrían haber rasgado la continuidad del tiempo y estar aquí poniendo en evidencia nuestra nula preparación para el final de todas las cosas. O de algunas cosas. Para el final de las cosas cómodas. O de algunas cosas que, porque no se han acabado, no podemos reconocer como tajantemente finitas: cómo imaginarnos sin ellas, pues, si aquí están. No digo que los vagabundos actúen como actúan porque lo sepan; sólo digo que los vagabundos bien podrían actuar así porque podría ser que lo supieran.

3.

No he visto suficientes películas de zombies, pero tengo entendido que una de las maneras más efectivas para mantener a raya a la horda de infectados cuando los sobrevivientes buscan resguardo es ir apilando contra la puerta cuanto objeto voluminoso se pueda recargar ahí. En World War Z, por ejemplo, hay un momento en el que los pasajeros de un avión intentan apilar maletas en el pasillo para atajar a la incipiente horda de infectados. O en otro momento, con cierta liviandad, unos científicos muestran qué es lo único que los separa de una jauría de hambrientos renacidos: una puerta atestada de archiveros, sillas, y una tranca. Esa ligereza en World War Z choca de frente con la machacona heroicidad que tenemos que atender: los muertos vivientes están ahí para que Brad Pitt, menos dominante que un superhéroe pero más ingenioso que un MacGyver con estudios de posgrado en epidemiología, ponga el pecho frente a nuestra absoluta y anónima extinción. Y la heroicidad, lo digo sin haber visto suficientes películas de zombies, parece muy poco interesante. Como una horda de infectados, la heroicidad golpea ciega, torpe, incesantemente contra la barricada casera tras la que nos hemos aterido. Como sucede en más de una ocasión, lograrán tumbar nuestro resguardo –la horda y la heroicidad, cada una por su parte. Y, como esos sobrevivientes de ocasión, terminaremos infectados también de esa heroicidad zombificada.

4.

(Esquivé la versión fílmica de The Road. “Masacra lo que la sintaxis y la dicción de Mccarthy logran en la página”, fue la oronda justificación. Tan orgulloso de no transigir. Sin embargo, acudí al cine a ver World War Z sin reparar en que no he leído el libro de Max Brooks. Tan contradicho.)

5.

En más de un sentido, los caníbales de The Road son el retrato más científicamente correcto de los zombies: pseudo humanos violentos, cascarones de podrida moral y juicio ególatra, impedidos por su condición de hambruna para actuar de otra manera. En más de un sentido, esa caminata absurda del padre y el hijo en la novela es la perfecta aplicación de ese imperativo que da sentido a World War Z: “movimiento es vida”, dice el héroe en mal español a la primera familia que interviene, deux ex maquina style, para salvarles la vida. Sin el movimiento no tendríamos ninguna de las dos obras. Tendríamos una montañita de ceniza, unos jirones de ropa, un bulto.

6.

¿Qué desamparo es peor? ¿El de quien ya no se pregunta por qué terminaron todas las cosas, o algunas cosas, y sólo se enfoca en sobrevivir en ese mundo nuevo; o el del héroe que, para que no se terminen todas las cosas, tiene que ponerse bien la casaca de fantástico y revertir las causas elusivas de ese fin? La respuesta parece obvia, y quizá lo sea, pero hay algo que decir acerca del desamparo del héroe. El desamparo del héroe quieto. Es decir, no del héroe de World War Z, que jamás se detiene, y cuando lo hace es porque ha sobrevivido heroicamente a las adversidades y necesita una sutura, una bolsa de hielo, un mínimo respiro. Hay algo que decir acerca del desamparo del héroe paralizado de miedo, es lo que quiero decir.

7.

Se entiende que el final de World War Z es el inicio de su secuela y la mordida del zombie de la curiosidad. Se entiende que el final de The Road tiene un optimismo potencial que bien podría ser un engaño y en realidad estamos ante una esperanza pasajera. La curiosidad hincando el diente. La curiosidad operando a espaldas del optimismo.

8.

En cierto sentido, World War Z, porque le preocupan las causas, los orígenes, las soluciones, funciona como el vigoroso preludio al lento y trabajoso camino del valemadrismo práctico y a la supervivencia que acompañan al final de algunas cosas.

One thought on “Miércoles

  1. ¿Valemadrismo práctico? Me parece un buen término.
    (También debe existir el valemadrismo cobarte. Sería una suerte de primo-hermano del anterior.)
    Me parece también que hay mucho qué decir sobre los (héroes) paralizados, preguntarse directamente sobre por qué la parálisis y dónde reside la heroicidad. Se me hace una ventana a preguntas sobre las masculinidades, las viejas, las nuevas, las que se puedan construir pero no se sabe cómo o con qué plano.
    No hay planos.
    Quizás están en las ropas y de los vagabundos que merodean las calles.
    Yo pienso que algunos de ellos sí saben del final de las cosas. Vienen de allí, a conciencia.
    Justo el otro día compartí la mesa de la biblioteca pública con uno de ellos. Pasó la tarde leyendo revistas de carros de lujo y libros sobre asesinatos famosos en Canadá.

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