Sandeces Mundialistas. Día 2.

La hipocresía es una práctica nefasta, sí, pero en privado es un poquito menos onerosa. Por lo menos eso se dice uno al verla venir y no poder hacerse a un lado. Viene de frente la certeza de que tendremos que desdecirnos, admitir error o falla, y ni donde guarecerse. Entonces, mejor invocar las cláusulas de atenuantes. En la lista, de las más socorridas será la de la privacía. Total, dentro de mi casa hago lo que quiero. Más o menos algo así pasaba por mi mente, de por si comprometida, cuando decidimos correr hacia una casa, privada pero ajena, a ver el partido debut de los mexicanos.

La otra opción era verlo en compañía de la oficina y entre colegas es difícil gritar como un imitador de Director Técnico sin que se levanten ciertas sospechas. O se disparen acusaciones de hipocresía después de tanto remilgar del entusiasmo mundialista. No es sencillo zafarse de la denuncia de hipocresía cuando se manotea de pie gritando “¡Carajo, quién hace el relevo!”; “¡Regresa a hacer la cobertura, troncazo de mierda!”. Algunos más hábiles que yo –para la retórica soy un defensa central que despeja todo de punterazo– sabrán cómo zafar. Yo mejor huyo.

La casa, privada pero ajena, permitía la confianza de gritar porque, más que el convencimiento de que el equipo nacional juega muy bien, nos unía la irremediable rendición ante el entusiasmo más elemental. Tratamos de explicar nuestra condición y no llegamos más allá  el asunto y no llegamos más allá de la obviedad: “es que así es el futbol”. Qué curiosas las obviedades, tan inapelables.

Gritamos y dirigimos al equipo. Reordenamos a once que no nos hacían caso. Los centros que tiraba el más fresón de nuestros titulares enfurecían a todos; alguien aplaudía un poco más por algún jugador que otro –confieso que le compro al Gallo Vazquez lo que vende. Y luego los dos goles anulados. Ganamos sí, pero pudimos haber abultado el marcador en un Mundial con más de dos anotaciones, cosa que no sucede desde quien sabe cuánto… el partido contra Irán en 2006. Y el del 98 antes de eso. De fábrica el futbol venía con abanderados. En las tabernas británicas donde se reunían los gentlemen a tratar de poner orden por escrito a la turbamulta que correteaba el fin de semana en los baldíos, definió que habría que incluir a tres figuras de orden. Ya desde 1891 estaban el central y dos al lado. He buscado sin fortuna la “Historia del juez de línea” pero pocos lo consignan y si acaso, su presencia escrita es digna más del semanario del absurdo: “Juez de línea asesinado a patadas” -vaya ironía ramplona. Malogrado hasta por los registros, poco se sabe de ellos, salvo el apellido y los distintos grados de incompetencia con los que se conducen. Como decía el resentido Connolly de los críticos literarios, así de los jueces de línea: futbolistas que flotan en frustración como en salmuera.

Maldijimos al linaje Clavijero, y luego apagamos la televisión para regresar, cada quien a sus quehaceres. Yo, con un proyecto más que seguramente dejaré inconcluso después de dos meses de iniciado. Este se llama “Guardianes de la Quiniela”, y catalogará con arte de novela gráfica y prosa crocante el perfil y las acciones de todos aquellos que con sus errores de juicio, sus chapuzas o sus incapacidades, ayudan a mantener intacta la Quiniela de Los Gerentes del Futbol. Le veo potencial de miniserie por lo menos. Por lo pronto, apenas vamos la jornada dos, hay que ir bocetando a Nishimura y Clavijero.

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