Sandeces Mundialistas. Día 3 y 4.

Más o menos, el refrán dice que no se puede atender a dos patrones y esperar que todo sea sonrisas. Jamás mejor dicho que para una temporada de Mundial. Envolvente como sonido en cine caro, el fenómeno futbolístico no permite mucha distracción. Y, con soberbia imperdonable, me distraje un rato viendo la final del hockey sobre hielo. Es decir, me puse a atender a un segundo patrón –el hockey–, y el Mundial, –patrón inicial– terminó cobrando. La sanción que impone, en este caso, es nomás la intrascendencia.

Por ejemplo, me perdí la oportunidad de lanzar mis porción de obviedades sobre el duelazo entre Inglaterra e Italia. Era crucial el momento para hacer gala de conocimientos remanidos y lazar apreciaciones de espectador entusiasmado, y lo dejé pasar. Tampoco estuve presto para anticipar las dificultades uruguayas. En cambio, salí a comer sushi en un local de cinco mesas en una calle insospechada, carísimo y re bueno.

La final del hockey sobre hielo, en cambio, sí recibió mi atención y mi obviedad babeante. Opiné sobre cambios de línea, sobre la táctica aquella, siempre curva, y tan orondo frente a la pantalla. Las similitudes son escasas –hay porteros y porterías, y el objetivo es clavarla tras la línea. Fuera de eso, todo lo demás es extranjero: el hielo, los filos de los patines, palos con cinta y cascos con visores de plástico. Un juegazo, eso sí, el que definió la serie (porque allá se juegan series a ganar cuatro de siete). Doble tiempo extra (porque allá se juegan tres tiempos de veinte y si hay empate, se juegan un tiempo extra también de veinte, y el que meta gol gana). Ganó Los Ángeles, por cierto: un patio en el que no neva más que en las películas de apocalipsis nuclear y en la simulaciones del calentamiento global. A reserva de otras obviedades selectas, no hay campeonato sin un portero. Y este es su portero: una especie de felino con patines.

Pero de vuelta a la sandez que nos ocupa: la del domingo, una pereza, salvo por los últimos dos minutos del Suiza-Ecuador y las diez o doce zancadas de Lio Messi en el segundo contra Bosnia. La lección es que no se puede servir a muchos patrones, y sin embargo, ya es día hábil.

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