Sandeces Mundialistas. Día 6.

No sé hacer alitas de pollo y tengo dos paquetes por freír. Las visitas son de confianza y en realidad no hay que fingirse aspirante a programa de cocina. Nadie toma las pinzas ni enciende la estufa, así que me toca amarrarme el mandil: adentro van ocho piezas marinadas en una salsa Oranje –más Eurocopa del 88 que subcampeonato del 2010. Me advierten que hay que ponerle tapa para que se cuezan “también por dentro”. La tapa iba a ponerla en cualquier caso porque ya traigo los antebrazos picoteados por las cabronas gotitas del aceite. El medio tiempo, cuando se tiene un platillo en la lumbre, es más breve que el tiempo de compensación. No he tenido oportunidad de voltear las alitas para que se les dore el otro lado cuando, con el garbo de quien mira ropa en los aparadores de una tienda, ya los jugadores bajan a la cancha. Terminará el partido, y se terminarán las alitas y no habré probado una sola. A decir verdad, el pollo más bien me desagrada.

Las alitas de pollo eran la quiebracábala perfecta: no me gusta el pollo y por eso perdimos; pasé el rato en yendo y viniendo de la estufa a la pantalla y por eso perdimos. Nada de eso. Empatamos sufridito y las alitas se cocieron sin que necesitaran tantas atenciones del cocinero aficionado. Antes del aceite, el sartén y los platitos individuales, antes incluso que el primer tiempo y el cabezazo de Neymar que casi entra, el manotazo de Ochoa que casi no llega, antes, la corretiza por poner a punto la casa aunque sea para visitas de confianza:

Tampoco era preciso hacer mucho cambio táctico; ya habíamos probado este acomodo y funcionó en el malogrado Portugal-México de hacía unos días. El sillón grande hacia el centro del departamento; la televisión con todo y mesita tenía que avanzar desde el cuarto a la pared de la sala. Las dos otras sillas bien abiertas a los costados del sillón: línea de cinco y una mesita chaparra para poner los Rancheritos, la charola de sushi y las cervezas.

Ya traía puesto el mandil cuando empezaron a soltar la pierna los del uniforme más gacho, los nuestros. Tiros por encima, “dominio territorial”, y demás cosas que embarraban al ánimo de optimismo. El reptil –debería decir “reptil carioca” para estar a tono con el léxico en curso– con el que nos tocó luchar parecía tener menos dientes de los que han tenido otros de esa especie. Fred y Jo y Oscar, no son petardos pero tampoco son Romario, Careca y el Doctor Sócrates. Aún así, le hicimos la luchita y, zarpazos más, colmilladas menos, cada quien se fue con su golpe. Las alitas quedaron listas por ahí de la amonestación al Gallo Vazquez. Para entonces ya nos apedreaban el rancho.

Empatamos y lejos de estar eufóricos y deseando eructar Cielitos Lindos, nos quedamos como adormecidos por la tensión y la cerveza. Hacía calor en la sala, además. De las alitas nomás quedaron las servilletas con aceite, salsa y los huesitos.

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