Sandeces Mundialistas. Día 7.

Todavía me huelen las manos a alita de pollo, y la cocina del departamento. Los partidos se jugaron hoy en el terreno de la pésima banda ancha, el minuto a minuto de las redes sociales y uno sólo –el España Chile– en una taquería con mesas atestadas de especialistas. Como el Maza Rodríguez en una jugada a balón parado, nuestra mesa estaba mal ubicada y traía consecuencias. En una pantalla charoleaba el sol y la otra me quedaba tan lejos que intentaba ubicar qué sucedía en el campo apretando los ojos a la turista en mirador.

La mayoría del local estaba contra España, cosa rara. Daba la impresión que estaban más bien matando al colega moribundo antes de que a los dos se los lleve la avalancha. Porque no gritaron los de Chile; hicieron más bien el tradicional “uy, mira, uno más”; “tssss”; “ufff”. Nada de exaltaciones, nada de burlas. El más España era un niñito pequeño que sufría genuinamente. Quizá era por no molestar al chamaquito.

Xavi envejeció y ni cuenta. Terminó el partido decisivo mordiéndose las uñas y uniformado con el chalequito de suplentes. Hay jugadores que de tan prolijos parecería que están exentos del óxido en las corvas.  Aunque por necio no me contaba entre sus abonados, tampoco soy un ciego: cuando el terreno era una campal a la Gladiador de Ridley Scott, Xavi, cabeza fría, era la cámara: un poquito más acá de la batalla, lo suficiente para que no le caiga el bárbaro y su hacha. Un clarividente. Y envejeció. O tal vez no y pronto viene el segundo aire. Ahí está Pirlo. La defensa parecía traer consigna de apostadores filipinos: perder por más de dos todos los partidos so pena de venganzas de plomo. Perdían la marca con ahínco, dejaban suelto al peligroso, se concentraban en hacer quedar mal a su portero que ya de por sí venía rengueando de capacidades. O quizá hay las tradicionales rencillas insalvables que acompañan a todo mediático con poder y pretenciones: alguien se habrá usado el tinte del otro para acentuarse los rayitos, alguien se habrá barrido demasiado fuerte en la práctica, cualquier cosa. Ya no tarda el experto que desentrañe qué paso.

En el restaurante no sobraban, expertos. Unos apuntaban que Casillas debía pedir “unas clasesitas al Ochoa, puto”. Otro, no menos vehementes, recomendaban: “Pues es que corran, pendejos”. No precisaba, eso sí, hacia dónde o tras de quién, cosa difícil cuando se trata de veintidos participantes en el campo. Alguno más utilizó el método de la diagnóstico comparativo: “a esta España sí nos la venimos chingando”. Nadie hablaba mucho de Chile. Y tampoco gritaban sus observaciones, tan respetuosos todos del niño uniformado que sufría con los pases errados del Chino Silva. El segundo tiempo entró modorra al público. Los expertos se fueron aburriendo, los meseros pasaban cada vez más insistentes a ofrecer una cerveza más, otro taquito. Fue de esos sucesos sin tensión pero con drama: una despedida sin cachetadón, gritos y copa de vino a la cara y más bien, pararse, firmar la cuenta e irse caminando cada quien para su lado.

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