Sandeces Mundialistas. Día 8.

Pocas instancias más nítidas de horror siniestro que escuchar una grabación con la voz propia. Qué diferencia tan atroz la que trae la disposición anatómica del micrófono y las bocinas: uno escucha un tenor por lo menos digno y el mundo, en cambio, tiene que aguantar la nasalidad más penetrante. Si lo sabré yo, que recibí como instrumento de comunicación un rechinido gangoso y molestísimo. Tanto, que cuando me escuché en el radio por primera vez entendí porque me evitan los amigos; no los culpo. La moraleja para nosotros, los de voz espantosa, es: callado. O por lo menos: mesura, no olvidemos que una grabadora desenmascara lo que por una casualidad evolutiva podemos ignorar alegremente.

Esta autocrítica disposición era la que acompañaba al segundo tiempo del partido entre Inglaterra y Uruguay. (El local era una pizzería mediocre regenteada por una mujer tan feroz como viejo stopper italiano. Sus meseros están en firmes todo el tiempo, pegados a la caja, esperando el momento en el que se alce la ceja de la gerente. Eso, cosa curiosa, no los hace más amables; son solícitos pero inevitablemente se cuela el rencor en sus modales. Hay que hacerle justicia al periodismo gonzo: pedimos dos ensaladas y una pizza chica)

Dos ex campeones mundiales, decían los comentaristas cada que se les secaba el repertorio. Dos añejos, dos bravos, también eran recursos de estos vocingleros de laringes educadas. El ritmo era frenético y aunque no había llegadas a puñados, por lo menos había movimiento, dinámica, desesperación. Lo inoperante pasaba por arrojo, los espacios regalados por deseo de triunfo. Luis Suarez, como tan pocos otros, es una carta comodín que hecha a perder las trabazones. Al final, como siempre, Inglaterra era un fracaso y Uruguay puro corazón –me niego a eso de “La Garra”. Inglaterra, equipo afín por fracasado, terminó como casi siempre, frustrado y sobando la estrella junto al escudo: pura nostalgia. El 66 queda tan lejos. Y ver la escena repetida acentuó la vergüenza que me provoca el graznido con el que socializo: discúlpenme, eso no es lo que yo oigo cuando hablo. Algo no muy parecido sucederá con los ingleses. Ellos verán otro destino tan a la mano, tan cerca y fácil, que toparse con la realidad de las fallas defensivas, el hueco atroz en la portería y demás dolencias históricas y actuales, será siniestro.

No voy a mentir diciendo que este partido inspiró reflexiones hondas sobre lo siniestro y la angustia lacaniana. Más bien estaba avergonzado porque escuché una grabación donde aparezco riendo y haciendo un comentario chistosón… y no hubo manera de no ver la derrota inglesa como una variación más de ese espantoso cuento: el del encuentro entre el que somos y el que creemos que somos, para desgracia de los dos.

Aprovecho para pedir disculpas a mis interlocutores.

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