Sandeces Mundialistas. Día 12.

Ondeo los colores del cinismo desde hace más tiempo del que es sano. Esa deformación se la debo al equipo de futbol de mi terruño, una quimera a la que me he obsesionado con defender incluso cuando desaparece por pésimo desempeño o por francos delitos financieros. Aunque, con toda honestidad, es un cinismo guango: cuando el equipo prometía quedarse en Primera División hace no mucho, merced a un triunfo en casa contra un rival bastante débil, casi lloro al verlos fallar una vez más. Mi madre que sabe poco de futbol, decía que nos la jugábamos de cínicos porque nos daba miedo aceptarnos aterrados. Creo que nunca ha ido al monumental Corregidora, pero como si lo hubiera hecho.

Cínico frágil, le contaba los pases a Croacia y temía que en la carrera el 9 de ellos hiciera ver mal a nuestros centrales, tan motor cuatro cilindros. Al final, supongo que habrán sido las bravuconadas de Niko Kovac, villano del hollywood balcánico, las que desataron el poder interior del seleccionado. A nosotros no nos tiemblan las rodillas, puta madre, habrá instruido El Piojo a los uniformados y estos le creyeron. El equipo pegó tres veces, le hicieron uno y a octavos de final contra van Persie, Robben, ocho más que tocan rápido, y De Jong que pega hasta en el saque de banda. Perdimos al Gallo Vázquez, candado del medio campo y el motor que empujaba la silla de ruedas de Rafa Márquez. Sin él, quién sabe qué malabares tendrá que hacer el Piojo. Este último, además, logró en tres partidos eso a lo que tantos aspiramos a base de retuits y bocas de pato: la celebridad. Lo consiguió gracias a sus machincuepas de mono tití con efedrina en dentro del área técnica. En el segundo gol, incluso, casi le compromete las costillas a Paul Aguilar en el festejo. Frágil, pero cínico esforzado: claro que no fui al Ángel a gritar; regresé cabal y puntualmente a una junta agendada a las cinco de la tarde. Los whiskeys ni se notaban. Aún así, siempre hay alguien más cínico: no llegó el que convocó a la reunión.

Con este van seis Mundiales seguidos, veinte años de cumplirle a los octavos de final. Y, sin contar este, van cinco decepciones con distintos grados de ardor. Si me preguntan diría que ordenadas de canijo ardor que no termina a pues nosotros nos lo buscamos, podría primero al 2006 contra Argentina; el 2002 contra Estados Unidos; el 98 contra Alemania; el 94 contra Bulgaria y finalmente el inverosímil 2010 con el Bofo Bautista y el Guille Franco en la cancha. (No olvidemos que ese mismo Bofo decidió bautizar a su primogénito como “Gianluca Zizu”, concluya de eso lo que guste.) Aunque, viéndolo bien, el orden es, ¡ay de mí!, algo palindrómico. Me explico: el pues nosotros nos lo buscamos es el preciso inicio del canijo ardor que no termina y viceversa: la cósmica rueda del desencanto.

De otros será el campeonato, o la rivalidad intercontinental con Alemania o con Brasil. Para nosotros, la bestia negra tiene nombre de agrupación política ramplona: el quinto partido. Cínico de carrera, no me creo la épica y estoy preparándome para ver a van Persie el domingo explicarle a Javier Hernández cómo ser titular en el Manchester United. Las gestas heroicas que se solicitan como si fuera cosa de hashtags están bien para el FIFA 2014. Pero es poroso mi cinismo, para qué negarlo: ese mismo domingo estaré gritándole a la televisión como tantas otras veces, sin fingir que no me importa. Aunque, cínico y necio, esta película ya la conozco, se llama “Pesadilla en Octavos de Final parte VI”.

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