Sandeces Mundialistas. Día 14

Parte del asunto es que este festival corporativo que tanto entusiasmo reparte sucede por un mes cada cuatro años. Durante esos mil y tantos días entre la entrega del trofeo y la ceremonia de inauguración, carreras se crean y se destruyen. Los ligamentos cruzados se trozan, regeneran y flaquean; las promesas se cumplen, luego se agotan y se olvidan. Es decir, cuatro años es mucho tiempo. No soy experto –cumplo con la primera exigencia para opinar con efusión–, y por eso no sé bien a bien por qué cuatro años es el tiempo acordado de la espera. Supongo que algo tienen que ver los Juegos Olímpicos modernos y los antiguos: una especie de paralelo simbólico. Así como para las efemérides que para ser importantes de verdad han de acabar en cero o en cinco, supongo que cuatro años y no cinco ni tres es el periodo natural –el verdadero– del evento deportivo. Los calendarios privados gobiernan mejor al tiempo informe. Recuerdo haber salido de casa de mis padres después de que Francia campeonó; haberle puesto fin a la vagancia y aplicar a la universidad un poco antes del engrudo aquel Corea-Japón, y durante un verano en el DF con mis primos calmaba un incipiente síndrome del jamaicón escuchando el ascenso y la caída de Toto Schillaci en el 90. Qué buenos son los calendarios privados para deformar la memoria.

El asunto es que esperamos cuatro años para tres partidos mandatorios y la esperanza de que el talento o la matemática concedan un cuarto o quinto encuentro. El “caso mexicano” sigue y ya estamos buscándole las grietas a los naranjas. Por mi parte, cínico guango, he moderado el pesimismo hasta volverlo casi inexistente. Tampoco agito la bufanda ni me pongo la franela, nomás me callo. Y aquí también el que calla otorga. Pero para otros, menos afortunados, el tercer partido es una extensión de la sala de espera en el aeropuerto. El tercer partido que nada decide es de esos “no-eventos” que suceden cada cuatro años y contra los que no hay antídoto. Las reglas siguen idénticas, lo que no existe es la competencia. O una competencia más bien impostada –alguien escribió que dos equipos que disputaban uno de estos terceros partidos “competían por ver quién se quedaba con la ventanilla en el avión”. Acontecen con toda la potencia de un domingo por la tarde: una pereza suicida y envolvente. En este Mundial la rebaba matemática, la esperanza de la algorítmica combinación de resultados, parece abastecer de interés a los partidos, aunque sea parco. España no tenía remedio, Inglaterra languidece y todo el grupo H, hay que decirlo, compite como si estuvieran en permanente tercer juego. Pero no es suficiente eso de “esperar una combinación de resultados”. Que en ocasiones se cumpla esa maroma y alguien meta el gol que solo ayude a un equipo a 500 kilómetros de distancia sólo enfatiza la falsedad de ese partido. Abolirlos quizá sea de esas propuestas reformistas tan improcedentes como incluir a un réferi que vigile la línea de gol o decidir partidos con gol de oro. Esos partidos existen quizá para recordarnos que no se puede todo. O alguna otra conclusión grandilocuente y decisiva que equipare vida y juego.

Por fortuna, después del tercer partido empieza otro torneo.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s