Lunes

Jornada 1. Gallos 1 – Pumas 3

La opinión especializada está dividida: el cuestionamiento hondo es o algo que se practica muy de vez en cuando, o a cada rato. No hay consenso sobre si hay que fijar las líneas gruesas de las reglas cada que se pueda, o en ocasiones emblemáticas. Por razones que no puedo gobernar del todo, soy de los de cada rato. Una vez más, como hace seis meses, y doce meses antes que eso, hay que replanteárselo todo.

Los once titulares del Gallo salen al campo puntualmente, se toman la rutinaria fotografía en dos hileras, saludan al árbitro y se reúnen a la mitad de su mitad de la cancha a darse ánimos. El uniforme es prácticamente el mismo: azul y negro de fondo, patrocinadores por todos lados. Estos, sin embargo, ahora son decididamente otros. Mientras que el torneo pasado la precariedad financiera del equipo la evidenciaba, si mal no recuerdo, la caja popular sobre el pecho y algún consorcio gasolinero regional sobre los hombros; ahora el estampado comercial es el de La Corporación. Instalaciones, jugadores, colores, escudo y famélico palmarés, todos tienen nuevo dueño ahora. No los compró Slim, ni Azcárraga, pero sí los compraron los Vázquez Raña.

Los once titulares del Gallo entregaron el primer gol en contra antes del minuto dos. Entre seis de los nuestros y tres de los suyos lograron armar tal desorden cerca del área que el pase final y el remate fueron una perfecta muestra de colaboración interinstitucional: ellos pusieron la velocidad, nosotros la confusión y los huecos. Uno, aficionado, acolchona la desilusión con cierto beneficio de la duda. Los centrales no tienen mucho kilometraje juntos –aunque mucho kilometraje por su cuenta cada quien, y se nota en la velocidad, ese commodity tan indispensable ahora y de caducidad tan reducida. El beneficio de la duda se extiende hacia el medio campo, e incluso la delantera. Se extiende a la jornada entera, si uno va a ser benévolo con el equipo que le tiene tomado a uno las glándulas emotivas. Porque este equipo se rehizo y nadie sabrá bien todavía el nombre de pila de sus colegas, mucho menos las coberturas y los relevos defensivos. Esa concesión, sin embargo, se detiene con la puerta de las oficinas administrativas. La duda cambia de tono: ¿cómo irle a los Hermanos Vázquez?

Esa pregunta es la de cada rato, ya decía, y de tan elemental, se vuelve bastan tediosa. Puro estruje existencial: ¿será que uno es cómplice y uno condona al de las mancuernilla si se compra la playera y asiste al estadio?, ¿será que por ser los que firman los cheques imponen un estilo, un gusto al equipo; el gusto Hospital Ángeles?, ¿el americanista también es, por colindancia, un entusiasta televiso; el Puma un vocinglero de Banamex; los del Guadalajara unos socios de Vergara? Puro retozar y ninguna conclusión. El precario acomodo al que llego para poder seguir viendo el partido con cierta atención es la contrariedad: uno, por principio, está con el equipo y en contra de sus dueños hasta que aparezca el dueño ideal: fuenteovejuna. No quiero pagar abono, quiero tener acciones. No quiero pagar abono, pero no quiero dejar de ir al estadio. En cualquier caso es un acomodo pobre y temporal: habrá que repensarlo a fondo y hallar en el ir y venir, algo de sentido.

El segundo gol es humillante; copia fiel del primero y de todos los goles que conceden las defensas atosigadas por su propia incapacidad. El tercero, una oda a la pésima utilización de una barrera. Por andar en el jiujitsu ético de aficionado remilgoso, el mal inicio se me hizo menos malo; casi la conclusión lógica de mis tribulaciones personales. Si Camus hubiera visto la regularidad con la que en La Corregidora se cambia de directiva, le habría colocado a Sísifo la franela azul y negro de local, con su puñado de patrocinadores.

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