Lunes

Jornada 2. Leones Negros 0 – Gallos 1

Ante la promesa de un duelo insulso, la impuntualidad. El partido estaba agendado para las cinco de la tarde del domingo, es decir para el inicio de la depresión. Los convocados a jugar por tres puntos en la tabla general, para decirlo en vernáculo: andan de la verga. Los Gallos, el equipo que me provoca redactar estas necedades semanales, perdieron en el debut y no se les veía buena cara. Los Leones Negros, recién sacados del pantano de la Primera A, todavía no se quitan la pestilencia del novato y juegan más bien a no perder por mucho. Es decir, mediocridad de la deslucida. Por eso elegimos, mi señora y yo, salir al boliche para intentar menguar el agobio del domingo tirando pinos con una bola de resina.

Jugamos seis líneas, tiramos mejor de lo que esperábamos, y sólo una vez revisamos el teléfono para ver que a los 20 minutos del primer tiempo los dos equipos seguían empatados a nada. Comimos una charola de papas fritas, cervezas con menjurjes aciditos y luego caminamos de vuelta al sillón, para ver en silencio lo que restaba del partido.

Sucede que mi equipo gana y me deprimo más. Tan deprimente y melancólico el juego, y el domingo que lo envolvía, que daban ganas de andar citando a Pessoa a mansalva. Y eso que vi apenas vi los últimos veinte minutos. De haber visto el partido completo, quizá no estaría escribiendo esto y más bien habría saltado del balcón con la casaca del Querétaro; o me adjudicaría un heterónimo –Haroldo Margarito, en velado honor a un defensa torpe de gran disparo que vigiló el centro del campo en el Corregidora– y firmaría alguna cursilería sobre la saudade.

En resumidas cuentas, el Gallo ganó. Sus delanteros, es decir, los nuestros, le pegaron dos veces al poste. Hasta nos perdonaron un penal dudoso que estoy seguro no era. Me perdí el gol en vivo. El defensa falló en una operación de rutina –dar un salto para interceptar, de preferencia con la frente, el balón lanzado a la pendeja por los ofensores– y ahí estaba el nuestro, oportuno y preciso, para rematar de botepronto. Fue, hay que ser justos, una falla perfecta del rival.

La mejor jugada del encuentro, practicada a alta velocidad por un refuerzo extranjero, la desvió el portero rival –un regordete con muy poca gracia. Duró cuando mucho unos cinco segundos: un pase desde la media cancha, una picadita para levantar la pelota; el defensa que se come la finta; el delantero, nuestro, alcanza la pelota ya sin marca, y antes de entrar al área tira con canija puntería hacia la esquina de arriba. Desvió del gordo ese y tiro de esquina en el que no pasa nada más. Ese fue el mejor momento y el más deprimente de todos. Porque resulta que no estamos condenados a esa otra manera de jugar, la de los remates tan errados que parecen espasmos y los intentos fallidos por hilvanar tres pases en secuencia y a velocidad –¡tres pases! Sería posible, pues, en potencia, golpear el balón con cuidado e intención; no sería extraño, en principio, hallar el lado más libre de la cancha. Pero duró cinco segundos cuando mucho. Luego, el mismo contemplar adultos patear piedras en un terregal en domingo por la tarde.

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