Jueves

Supuse mal, pero pensé que habría fanfarrias o un infarto. Es decir: mucha cosa. En cambio, lo que hay al inicio del último día como oficinista es una acidez muy módica y la regadera que no drena. Siempre es posible que esté confundiendo esa indigestión de rutina con el dolor reflejo de un calambre en las coronarias. No sería del todo inapropiado.

No sé quién me lo prometió –supongo que las películas– pero parece que sí compré el paquete que anticipa espectacularidad y pirotecnia los días de decisiones importantes. ¿Vas a firmar el contrato de tu departamento?: seguro esa mañana el ambiente olerá a lavanda y algunas parvadas se posarán en los cables de luz para aplaudirte. ¿Día de titulación?: espera una manada de cervatillos que te escoltarán hasta el recinto. ¿Lamentable muerte de algún familiar?: juega al Melate y no me des las gracias. Por alguna razón que tendrá sus raíces en algún trauma infantil, he vivido con la impresión de que los días importantes las leyes de la física se suspenden en favor de metamorfosis tipo Ovidio.

Ahora bien, tal vez no esté del todo equivocado. Quizá lo que sucede es que los augurios están adecuados al momento histórico. Lo bucólico es passé; lo de ahora es la imagen de Jesús en el sarro de los azulejos o una tarjeta de regalo en Amazon. Tal vez que desde anoche la regadera no drene es la excepcionalidad que acompaña esta conclusión. Falta entonces descifrarle el mensaje.

La de los sucesos fantásticos que rodean a las efemérides no es la única ficción que asocio a los finales. Herencia de los afanes escolares, tengo la impresión de que es necesario realizar algún tipo de resumen para dar cuenta de lo aprendido. La conclusión no es tal, parece ser la idea, sin ese recorrido veloz por los puntos relevantes, por los altibajos pedagógicos, las iridiscencias más mediocres y alguna que otra frase selecta.

De más de un lustro pero menos de una década de abrazar el oficinismo, mis conclusiones no son edificantes; no soy agudo, dispensen. Son más una compilación de tuits con obviedades: El oficinista veterano sabe reconocer más de 17 tonalidades de luz blanca. Necedades e intentos de gracejada por el estilo. Más bien uno aprende a admirar la meticulosa factura de los salvapantallas –el recinto de la individualidad pura; uno se forja el carácter aprendiendo a decir que no a la oferta de perfumes por catálogo, y por qué no, llevándose algunos que después dejará caer en más de un intercambio navideño; la relación que se establece con la fonda de comida corrida merece su rama aparte en la psicoterapia; uno aprende a reconocer la sala de juntas por lo que es, un escenario virtual de los Juegos del Hambre, en el que el tedio, la introspección, los garabatos y la perorata interminable, son a la vez armas y enemigos; uno hace del pesero, clase de yoga, sala de estar y catedral.

La utilidad de estos resúmenes, cuando escolar y ahora, me elude. Supongo que tendrá que ver con reforzar el conocimiento en el educando y con fomentar capacidad de síntesis y habilidades de lectura y comprensión. En mi caso, habilidades nulas, pero sí alcanzo a ver que dan lugar a, para qué negarlo, una incipiente nostalgia.

Por lo pronto, la regadera parece inmune al Drano y el charquito brilla como mi propio desastre radioactivo.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s