Lunes

Jornada 3. Gallos 2 – Pachuca 0

La verdad ante todo, era el principio que mi abuelo intentó inculcar en sus nietos. Nunca explicó que yo recuerde qué había uno de hacer si esa franqueza intransigente estaba apunto de chocar con la sensibilidad ajena, las reglas del buen gusto o el utilitario bien común. Conociéndolo, la respuesta probablemente no era la terquedad sino una astucia juiciosa ante la situación; uno idealiza a los parientes gratos.

Apegado entonces a la máxima del patriarca, y sin que haya riesgo de un atropello a maneras, disposiciones anímicas o ideas preconcebidas, confieso que no vi el partido que me impuse reseñar. Nada. Llegué tarde al resumen del día siguiente y apenas vi el último gol en tiempo de compensación. Sería mentiroso hacer pasar esa mínima parte por un todo. Porque, he de decirlo también, lo vi de reojo, yendo hacia otro lado del departamento. Tampoco hay muchos otros lugares a donde ir: iba o a la cocina o al cuarto. En cualquier caso, lo vi por encima del hombro, sin desdén pero tampoco sin rapto.

Se acabó el gol, el joven anotador –Ángel Sepúlveda– realizó una maroma, casi perdió el equilibrio, gritó el gol con la tribuna y luego, no mucho después, se acabó el partido en resumen.