Martes

Mi cartera es un animal marino

No es que una catástrofe electrónica haya vaciado mis ahorros, por fortuna. Sucede nada más que mi cartera la pasa mal: no contiene billetes de denominaciones varias ni le atiborro tarjetas de presentación de gente a la que no veré jamás. Es un objeto desperdiciado, mal aprovechado. Sus compartimentos los ocupa una credencial innecesaria del gimnasio y una falsa identificación que fabriqué con ayuda de una enmicadora y una impresora de inyección de tinta. Ni siquiera poseo identificación oficial que ocupe el rectángulo plastificado que los fabricantes del accesorio de cuero idearon para tal documento. Ese lugar lo han colonizado las fortunas genéricas que decenas de galletas de la suerte han divinado sobre mi. Mi cartera, como su contenido, es deprimente. Por ello se me figuró un quehacer importante fabricarle un panorama mejor, una realidad alterna. Supongo que conforme los fondos se acaben esta historieta –ni historieta, puñado de dibujos más bien– de ánimo bobalicón afilará sus bordes, ensombrecerá sus intuiciones: se volverá la fábula adulta de una cartera en bancarrota.