Jueves

Soy de los que creen que la autobiografía siempre es precoz, si es que tal grupo existe. Al mismo tiempo, pertenezco al grupo de los que creen en el uso de la primera persona del singular, si es que tal grupo se asume como grupo.

En esa zona sombreada de interacción de estos dos conjuntos –si es que existen y si es que en realidad se traslapan–, podría llamarse: la autobiografía siempre es precoz y empecinada. En esa zona sombreada es donde existe este episodio dramático de mi autobiografía precoz y empecinada:

1.

Angustia1

2.
Angustia2

3.
Angustia3

Miércoles

¿Qué hacer al terminar de leer un libro?

La pregunta es honesta y carece de ironía. Achaco mi ignorancia a que no acabé la universidad y no sé bien cómo traducir la experiencia de la lectura en aprendizaje y mejoramiento personal.

Suspira uno; con gravedad suspira uno y sonríe. La sonrisa sirve si el libro recién concluido fue de nuestro agrado. Sirve también si no lo fue. Sonríe uno, y suspira por la exasperación o el descreimiento.

También puede ser que al terminar de leer el libro, con una mano uno doble el libro y con el pulgar de la otra en el borde de las páginas las haga correr para abanicarse la cara.

Uno toma el lápiz con el que ha subrayado y aprovecha las contratapas para anotar impresiones pasajeras, juicios apurados y por ello más honestos. También puede sentirse dispuesto uno a inscribir la fecha de conclusión de esta lectura.

Uno cierra el puño con fuerza, alza el brazo y lo agita, amenazador. La furia puede ir dirigida contra el autor, la editorial, los impresores, la distribuidora, los padres del autor, contra cualquiera. No es necesario decir nada.

La pregunta es honesta porque no quiero que se diluyan los efectos acumulados a lo largo de toda la lectura. Cómo evitar que a las tres semanas no haya memoria de estas frases tan indelebles.

Uno deja el libro sobre descansabrazos del sillón y se levanta. Da unos pasos por el cuarto y se apresura a enfocar la mirada en el horizonte. No por pretensión sino porque los oftalmólogos recomiendan descansar la vista cada tanto mirando un punto a veinte o más metros de distancia.

Uno toma su propia barbilla con una mano, y la estruja un poco y contrae, un poco, apenas, los músculos faciales.

Uno puede romper un palo de escoba con una patada y salir con la mitad más filosa a vivir la vida libertina que siempre quiso y no se atrevía y solo logró decidirse a practicar gracias a la lectura recién concluida.

También podría ser que de uno un sorbo al vaso de agua, o a la taza con café, o el vino, o la cerveza, o la ginebra con agua tónica, o el bourbon con agua mineral, o el vodka con jugo de naranja, o el chaser de mezcal, o la copita de brandy o el whiskey con un hielo y se permita el chasquido de lengua, satisfecho por el esfuerzo de atención que supuso leer el libro hasta el final.

La pregunta revela que he leído muy poco. De otra manera, ya sabría bien qué hacer. Cada uno de los libros terminados trae consigo más perplejidad que satisfacción. Por eso, creo, tengo una aversión a terminar los libros que leo.

Uno, diligente, abre un cuaderno y transcribe con paciencia toda frase subrayada. La entrecomilla y al final apunta entre paréntesis el número de página. Luego, archiva el cuaderno en la estantería.

Esforzado por no hacer gesto alguno, uno envidia a la autora del libro terminado y piensa que si uno no tuviera tanta inseguridad, tantas complicaciones vitales, tantas desidia, tantos obstáculos espirituales, habría hecho un mejor trabajo con el tema.

Uno puede levantarse, encender impresora y computadora e imprimir los formularios requeridos para abrir una cafebrería.

También podría ser que uno cierre el libro y se pregunte, mirando el reloj, cuánto tiempo tiene que pasar antes de empezar a leer otro libro.