Jueves

Esto no es un reseña. 

(Ante limitaciones intelectuales tan evidentes, lo indicado es aferrarse al comentario –un género compadre, relajado, casi ni siquiera una categoría. La disyuntiva no es entre dos géneros distintos, sino entre hacer el comentario o mejor nada. No hacer nada es una respuesta que está siempre casi bien, a punto y solo espera el comentario para confirmar que habría sido lo mejor. No hay engaño pretendido; solo desvergonzado entusiasmo por hablar. Es decir: este será, casi con toda seguridad tiempo perdido; no hay reembolsos.)

 

Los Pichiciegos, Fogwill (1983)

Pichiciegos

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Martes

Una de las pocas iniciativas comerciales que mi estupidez me permite entrever en el futuro es la idea de hacerme de una papelería. Mi habilidad empresarial es evidente desde el inicio: la papelería parece estar formada en la misma fila que las agencias de viajes y las editoriales especializadas en enciclopedias impresas para niños: la obsolescencia inapelable. Aún así, me esfuerzo por exprimirle a las ideaciones más necias el plan de negocios, la misión y la propuesta de inversión para socios. Sobre todo cuando de los ahorros queda nada más el vapor. Tan jodidos los ahorros que ya tengo nombre y varios logos.

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Lunes

Esto no es un reseña. 

(Ante limitaciones intelectuales tan evidentes, lo indicado es aferrarse al comentario –un género compadre, relajado, casi ni siquiera una categoría. La disyuntiva no es entre dos géneros distintos, sino entre hacer el comentario o mejor nada. No hacer nada es una respuesta que está siempre casi bien, a punto y solo espera el comentario para confirmar que habría sido lo mejor. No hay engaño pretendido; solo desvergonzado entusiasmo por hablar. Es decir: este será, casi con toda seguridad tiempo perdido; no hay reembolsos.)

 

Nosotros tres, Jean Echenoz (1992)

Subrayé más al principio. Incluso hice algunas notas. Creí conveniente anotar con un lápiz , por ejemplo, al margen de la página 51, “la forma y el fondo. buenísimo”. La primera parte del comentario al paso de los días me parece arcana, quizá un acceso místico; el elogio sí sigue siendo evidente. En la página 51 hay un gran párrafo.

El dolor de su mirada podía denotar lo trivial igual que lo grave. La carencia materna o el empacho gástrico, el horror al vacío o el final de su provisión de Gitanes emboquillados. Prudencia con ese tipo de hombres cuya simpatía torpe, espontánea, amenaza con invertirse en filigrana a la primera contrariedad.

También se me hizo fácil acentuar mi entusiasmo con signos de exclamación además del subrayado. Las marcas escasean pasadas las sesenta páginas. Luego hasta una o dos al final, no hay nada. Pudo haber sido que la lectura comentada no es un hábito y me cansé; pudo haber sido que la trama se vuelve tobogán y no hay tiempo para andar apostillando. Lo que la escasez de subrayados, mi inconstancia, no revela son carencias con la prosa. Es decir, no se juzgue a el libro por mi pereza o mi veleidad.

El maridaje recomendado para esta novela de menos de doscientas paginitas y aventuras peculiares –hay cohetes, desastres naturales, sexo en el espacio y una visita a la sastrería del barrio a que la madre del protagonista le compre un traje (qué ternura)– es el siguiente: películas de ciencia ficción posteriores a 1997 –año debut de Contacto–, música producida por grupos de más de 7 integrantes –el género musical no importan tanto como el estruendo producido– y documentales de divulgación científica.

Martes

Quise escribir un ensayo sobre un par de mercenarios y no me salió. Me obsesioné con dos de ellos, y a manera de genuflexión ante Plutarco, se me hizo fácil imaginarme haciendo unas vidas paralelas. Ni cerca.

 

Soldados de la hipérbole

Resulta que uno busca algún episodio trivial en la prensa mexicana de los últimos meses de 1914 y termina obsesionado con tres mercenarios extranjeros. Como siempre en estos casos la vía de acceso es endeble y fortuita; el vínculo, en cambio, es tan intenso como rala la información. Una caja en una universidad de Tennessee, algunas notas en hemerotecas digitales, un puñado de artículos, libros y ensayos hacen que estos personajes no califiquen como desconocidos ni como olvidados. Más preciso será, tal vez, considerarlos parte de los poco atendidos.

Sus datos biográficos están asentados tan bien como es posible. El sueco, por ejemplo, murió en 1964 en Coral Gables, Florida, el maquinista en Nueva Orleans en 1924, y el Metralleta, que pagó el entierro del maquinista, murió en 1972, también en Nueva Orleans. Este último, apodado así, Metralleta, se llamaba Guy Molony y es del que menos información hay disponible. Cada que aparece lo hace en calidad de secuaz, actor secundario, perfecto apoyo para la epopeya que protagoniza el maquinista. El sueco, por su parte, no tuvo en vida nada que ver con ellos dos. El vínculo evidente es, nada menos, la vocación de mercenarios que comparten.

El sueco, Ivor Thord-Gray –modificó su apellido, Thord Hallström para facilitar su integración al ejército británico–, decía haber recibido como regalo de uno de sus soldados, la “espada de Cortez”. Un especialista de la caballería y el manejo del arco, empezó su carrera combatiendo Zulus para los británicos. Más tarde como agregado militar no oficial del ejército estadounidense levantó polvo en Filipinas y luego en la revolución china al lado de Sun Yat-Sen. Según lo cuenta en su libro de memorias, Gringo Rebel, fue a partir de una conversación con expatriados en el Club Alemán de Shanghai que se enteró de la revuelta que envolvía a México. Con la encantadora simpleza de las falsedades flagrantes, confiesa sus motivos: “Ya que todas estas noticias de México me parecían tan parciales, y dado que no tenía nada mejor que hacer, decidí ir a echar una mirada por mí mismo”. Así de sencillo, uno de sus interlocutores le apuesta que no llegará a México antes de que acabe la guerra. Ganó la apuesta pero, supongo, no la habrá cobrado. Pone un pie en el país noviembre de 1913, se una a Villa, luego obedece a Lucio Blanco, colabora en la toma de Guadalajara, dice haberse reunido con Zapata en una misión secreta, y para septiembre de 1914 está embarcando en Veracruz hacia las trincheras de Flandes.

La Gaceta de Londres anuncia que en su edición del 26 de noviembre que Thord-Gray se integró a los Fusileros de Northumberland como Mayor el 4 de ese mes. La experiencia lo conmina a compilar sus aprendizajes en un libro sobre la guerra de trincheras. Según algunas fuentes, su tiempo en el frente lo recorta un caso agudo de pie de trinchera. Aún así, no muchos años después, está en Rusia peleando contra los Comunistas. Su carrera termina al salir de la prisión en Siberia donde pasó dos años. Los años siguientes los dedica a la escritura –un diccionario Taraumara-Inglés, un estudio arqueológico sobre México y algunos manuales militares además de sus memorias sobre sus años en la Revolución–, al matrimonio, algunas fuentes dicen cinco, otras dicen dos– y a la vida pública local.

El maquinista nació Leonard Winifred Christmas en las zonas pantanosas del sureste estadounidense. Su vocación de mercenario, contrario a la del sueco, no fue producto de una búsqueda empeñada de pleitos ajenos. Conducía un ferrocarril para la Illinois Central, tenía esposa e hijos, y todo iba bien hasta que la imprudencia inducida por el trago lo llevó a chocar de frente con otra máquina. Sobrevivió, asombrosamente, pero, claro, perdió el empleo. El infortunio lo llevaba de un mal empleo a otro hasta que la prosperidad de la línea de ferrocarriles obligó a los dueños a extender una amnistía a los conductores vetados, tanta era la necesidad de personal. Esperanzado, acudió Lee Christmas. En el carro consultorio de la compañía el doctor le informó que era daltónico y ahí quebró su futuro al frente de la máquina. Empobrecido y abandonado por su esposa, se monta en un vapor con rumbo a Honduras: persigue una redención que no llegará nunca. Dicharachero, carismático y gringo, logra emplearse como maquinista en la ruta que va de Puerto Cortés a San Pedro Sula.

La rebelión ajena lo sorprende en su máquina, y ante la disyuntiva de unirse a los rebeldes o morir ejecutado, decide lo esperado y aplica sus conocimientos a fortificar las máquina. Con el gringo entre sus escasas filas, la rebelión financiada por Guatemala logra victorias improbables. Lo que sigue en el relato son una serie de hazañas en el campo –grandes emboscadas, usos ingeniosísimos de las ametralladoras– y en la cantina –conquistas y pleitos, incluso se dice que sobrevivió al disparo de escopeta de un asesino a sueldo de la familia de una mujer deshonrada. Christmas es leal a quien le pague y a quien lo ponga en la línea de fuego. Cuando la suerte lo describa busca un nuevo aliado. Unas de sus campañas más famosas la emprende bajo la autoría intelectual y el financiamiento de Samuel Zemurray, dueño de la infame United Fruit Company. Justamente esa cargada contra el gobierno hondureño es la que permite instaurar en el poder al aliado Bonilla, quien a su vez concede grandes terrenos a la empresa del ruso Zemurray. La redención que buscó Christmas en el trópico –regresar a Louisiana hecho un héroe y recuperar el honor perdido– quedó siempre pendiente: regresó sin empleo y avejentado, la botella y el guerreo lo quebraron.

El Metralleta, Machine Gun Guy Molony, por su parte, fue el colega ideal de Christmas. Debutó en el campo de batalla a los 16 años en la segunda guerra de los Bóers y su arrojo y desparpajo es casi increíble. Junto al maquinista triunfa en la batalla de La Ceiba, la decisiva para los planes de la United Fruit, y juntos viven durante los primeros lustros del siglo veinte la vida grandilocuente del mercenario. Lucius Shepard, autor de ciencia ficción y de un libro sobre las andanzas de Christmas en Honduras, los describe como “una versión colonialista de Butch Cassidy y el Sundance Kid”.

Las de estos tres no son estrictamente vidas paralelas. Hay generalidades que comparten, pero no las suficientes para un ejercicio de biografías espejeadas. El sueco estaba más cerca del bon vivant cosmopolita, y los otros dos más acodados en el campo de los cazafortunas. Sin embargo, entre lo que los vincula destaca la lejanía de los grandes ideales. A ninguno lo animan –explícitamente– afanes libertadores, ninguno corretea tras la instauración de alguna filosofía política, de algún tipo de utopía social. Los tres, más bien, son soldados de la hipérbole, de la leyenda. A falta de filosofías, queda el poder y el rédito de la hazaña.

El sueco Thord-Gray, analítico y propenso a la palabra escrita, habrá entendido mejor las consecuencias de sus actos. Sus capacidad de análisis está puesta de manifiesto en sus memorias, pero también su gusto por el mito personal. Todo indica que los tres murieron satisfechos por sus hazañas y orgullosos de haberse hecho de tan desmesurada fama; una fama que ahora, pobres de ellos, pocos atienden.