Martes

Quise escribir un ensayo sobre un par de mercenarios y no me salió. Me obsesioné con dos de ellos, y a manera de genuflexión ante Plutarco, se me hizo fácil imaginarme haciendo unas vidas paralelas. Ni cerca.

 

Soldados de la hipérbole

Resulta que uno busca algún episodio trivial en la prensa mexicana de los últimos meses de 1914 y termina obsesionado con tres mercenarios extranjeros. Como siempre en estos casos la vía de acceso es endeble y fortuita; el vínculo, en cambio, es tan intenso como rala la información. Una caja en una universidad de Tennessee, algunas notas en hemerotecas digitales, un puñado de artículos, libros y ensayos hacen que estos personajes no califiquen como desconocidos ni como olvidados. Más preciso será, tal vez, considerarlos parte de los poco atendidos.

Sus datos biográficos están asentados tan bien como es posible. El sueco, por ejemplo, murió en 1964 en Coral Gables, Florida, el maquinista en Nueva Orleans en 1924, y el Metralleta, que pagó el entierro del maquinista, murió en 1972, también en Nueva Orleans. Este último, apodado así, Metralleta, se llamaba Guy Molony y es del que menos información hay disponible. Cada que aparece lo hace en calidad de secuaz, actor secundario, perfecto apoyo para la epopeya que protagoniza el maquinista. El sueco, por su parte, no tuvo en vida nada que ver con ellos dos. El vínculo evidente es, nada menos, la vocación de mercenarios que comparten.

El sueco, Ivor Thord-Gray –modificó su apellido, Thord Hallström para facilitar su integración al ejército británico–, decía haber recibido como regalo de uno de sus soldados, la “espada de Cortez”. Un especialista de la caballería y el manejo del arco, empezó su carrera combatiendo Zulus para los británicos. Más tarde como agregado militar no oficial del ejército estadounidense levantó polvo en Filipinas y luego en la revolución china al lado de Sun Yat-Sen. Según lo cuenta en su libro de memorias, Gringo Rebel, fue a partir de una conversación con expatriados en el Club Alemán de Shanghai que se enteró de la revuelta que envolvía a México. Con la encantadora simpleza de las falsedades flagrantes, confiesa sus motivos: “Ya que todas estas noticias de México me parecían tan parciales, y dado que no tenía nada mejor que hacer, decidí ir a echar una mirada por mí mismo”. Así de sencillo, uno de sus interlocutores le apuesta que no llegará a México antes de que acabe la guerra. Ganó la apuesta pero, supongo, no la habrá cobrado. Pone un pie en el país noviembre de 1913, se una a Villa, luego obedece a Lucio Blanco, colabora en la toma de Guadalajara, dice haberse reunido con Zapata en una misión secreta, y para septiembre de 1914 está embarcando en Veracruz hacia las trincheras de Flandes.

La Gaceta de Londres anuncia que en su edición del 26 de noviembre que Thord-Gray se integró a los Fusileros de Northumberland como Mayor el 4 de ese mes. La experiencia lo conmina a compilar sus aprendizajes en un libro sobre la guerra de trincheras. Según algunas fuentes, su tiempo en el frente lo recorta un caso agudo de pie de trinchera. Aún así, no muchos años después, está en Rusia peleando contra los Comunistas. Su carrera termina al salir de la prisión en Siberia donde pasó dos años. Los años siguientes los dedica a la escritura –un diccionario Taraumara-Inglés, un estudio arqueológico sobre México y algunos manuales militares además de sus memorias sobre sus años en la Revolución–, al matrimonio, algunas fuentes dicen cinco, otras dicen dos– y a la vida pública local.

El maquinista nació Leonard Winifred Christmas en las zonas pantanosas del sureste estadounidense. Su vocación de mercenario, contrario a la del sueco, no fue producto de una búsqueda empeñada de pleitos ajenos. Conducía un ferrocarril para la Illinois Central, tenía esposa e hijos, y todo iba bien hasta que la imprudencia inducida por el trago lo llevó a chocar de frente con otra máquina. Sobrevivió, asombrosamente, pero, claro, perdió el empleo. El infortunio lo llevaba de un mal empleo a otro hasta que la prosperidad de la línea de ferrocarriles obligó a los dueños a extender una amnistía a los conductores vetados, tanta era la necesidad de personal. Esperanzado, acudió Lee Christmas. En el carro consultorio de la compañía el doctor le informó que era daltónico y ahí quebró su futuro al frente de la máquina. Empobrecido y abandonado por su esposa, se monta en un vapor con rumbo a Honduras: persigue una redención que no llegará nunca. Dicharachero, carismático y gringo, logra emplearse como maquinista en la ruta que va de Puerto Cortés a San Pedro Sula.

La rebelión ajena lo sorprende en su máquina, y ante la disyuntiva de unirse a los rebeldes o morir ejecutado, decide lo esperado y aplica sus conocimientos a fortificar las máquina. Con el gringo entre sus escasas filas, la rebelión financiada por Guatemala logra victorias improbables. Lo que sigue en el relato son una serie de hazañas en el campo –grandes emboscadas, usos ingeniosísimos de las ametralladoras– y en la cantina –conquistas y pleitos, incluso se dice que sobrevivió al disparo de escopeta de un asesino a sueldo de la familia de una mujer deshonrada. Christmas es leal a quien le pague y a quien lo ponga en la línea de fuego. Cuando la suerte lo describa busca un nuevo aliado. Unas de sus campañas más famosas la emprende bajo la autoría intelectual y el financiamiento de Samuel Zemurray, dueño de la infame United Fruit Company. Justamente esa cargada contra el gobierno hondureño es la que permite instaurar en el poder al aliado Bonilla, quien a su vez concede grandes terrenos a la empresa del ruso Zemurray. La redención que buscó Christmas en el trópico –regresar a Louisiana hecho un héroe y recuperar el honor perdido– quedó siempre pendiente: regresó sin empleo y avejentado, la botella y el guerreo lo quebraron.

El Metralleta, Machine Gun Guy Molony, por su parte, fue el colega ideal de Christmas. Debutó en el campo de batalla a los 16 años en la segunda guerra de los Bóers y su arrojo y desparpajo es casi increíble. Junto al maquinista triunfa en la batalla de La Ceiba, la decisiva para los planes de la United Fruit, y juntos viven durante los primeros lustros del siglo veinte la vida grandilocuente del mercenario. Lucius Shepard, autor de ciencia ficción y de un libro sobre las andanzas de Christmas en Honduras, los describe como “una versión colonialista de Butch Cassidy y el Sundance Kid”.

Las de estos tres no son estrictamente vidas paralelas. Hay generalidades que comparten, pero no las suficientes para un ejercicio de biografías espejeadas. El sueco estaba más cerca del bon vivant cosmopolita, y los otros dos más acodados en el campo de los cazafortunas. Sin embargo, entre lo que los vincula destaca la lejanía de los grandes ideales. A ninguno lo animan –explícitamente– afanes libertadores, ninguno corretea tras la instauración de alguna filosofía política, de algún tipo de utopía social. Los tres, más bien, son soldados de la hipérbole, de la leyenda. A falta de filosofías, queda el poder y el rédito de la hazaña.

El sueco Thord-Gray, analítico y propenso a la palabra escrita, habrá entendido mejor las consecuencias de sus actos. Sus capacidad de análisis está puesta de manifiesto en sus memorias, pero también su gusto por el mito personal. Todo indica que los tres murieron satisfechos por sus hazañas y orgullosos de haberse hecho de tan desmesurada fama; una fama que ahora, pobres de ellos, pocos atienden.

 

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