Quincena

#1


[Esto es, para ser claros, un plagio de una forma conocida: la columna de lecturas. Si no otra cosa, estos esfuerzos serán la confirmación por entregas de mi compromiso total con el ridículo.]

  • Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento, George Steiner
  • The Willpower Instinct, Kelly McGonigal
  • La primera temporada de Friday Night Tikes 
  • The Man in the High Castle, Philip K. Dick
  • Cunning Plans, Warren Ellis

Conocerán a alguien, no lo dudo. Al intentar explicar su posición en el mundo, ese alguien a quien ustedes conocerán, sin duda, recurrirá a la infancia y dirá, por ejemplo, “a los cuatro años leí por primera vez a Marco Aurelio”. O, tal vez, “Mi amigo imaginario en el kínder se llamaba Rey Lear”. Infantes eruditos, sorprendentes, algo fanfarrones, y uno que a esa edad tenía problemas coloreando con crayolas. Algo de ese ánimo descolocado, de esa extrañeza, acompañó al pasmo y el enfado mientras veía los 11 capítulos de la primera temporada del reality Friday Night Tikes. La premisa es, de entrada, escandalosa: una liga de futbol americano para infantes (8 a 11 años de edad). Pero no solo cualquier liga, la autoproclamada “liga más competitiva del estado de Texas”; famosa por dejar que los niños se golpeen como si fueran profesionales en miniatura. Quién te manda, dirán, ver realities; es algo tan 1999. Y no están equivocados: llego tarde a todo. Ahora que el formato perdió lustre y entra en fase autoparódica es que me clavo (para otra quincena queda el panegírico a Mexicanicos).


FNT
no falla a su promesa cutre: es repulsiva e intoxicante; es fácil de ver y reconortante. Los niños y sus esfuerzos por jugar un deporte hijo de puta con cuerpos que no dominan todavía. Pero ellos son el falso tema: los verdaderos sujetos son los padres y los entrenadores, una colección de desequilibrados emocionales que conocen bien las convenciones del género: ofrecen frases completas y memorables; conocen su personaje y no se salen de él; saben mirar al horizonte y hacer como que sopesan las honduras de su condición. Qué reconfortante es juzgar la caricatura de un padre desquiciado dispuesto a que su hijo sufra conmociones cerebrales con tal de que gane un partido de futbol americano. Qué entretenido es mirar las vacilaciones, las decisiones erradas, los tropiezos; qué deprimente.

No porque sea capaz de realizar conexiones estratégicas, sino por una casualidad afortunada empecé el librito breve de George Steiner justo cuando más avergonzado estaba por mi adicción a FNT. “¿Quién puede decirnos si buena parte de nuestra racionalidad, de nuestro análisis y de nuestra organizada percepción no se compone de ficciones pueriles?”, se pregunta en algún momento de su análisis de la tristeza profunda, la tristeza abrazadora y total que parece subyacer al acto de pensar. Es erudito hasta la desesperación (hice una lista de las obras citadas que no he leído; llené dos tarjetas bibliográficas. El problema, obvio,es mío y no del erudito. Seguro Steiner sí leyó a Catón antes de aprender a caminar.) Diez razones, alguna medio repetida, todas argumentadas con la pretendida vacilación de quien tiene muy claro qué quiere decir. Todas las razones convincentes y desmoralizantes. Diez pequeños agujeros (porque el tono no es grandilocuente; es modesto, susurrado) que descuben abismos perderse un rato largo. Estuve, por ejemplo, sentado en pose de participante en un reality show sobre un adulto atemorizado masticando esta frase: “Los pensamientos son nuestra única posesión segura”. El entrenador Maurecus Goodloe estaría orgulloso de mi desempeño.

Las madrugadas son del gato y de los audiolibros. Me explico: el gato despierta 5.20 y me entrenó perfecto para ser su juguete durante unas horas hasta que le vuelve a dar hueva por ahí de las 8. Para no sentirme tan utilizado, le hago al audiolibro: qué esfuerzos hace el subalterno, en este caso yo, por subvertir el poder del conquistador, en este caso el gato. Y nada mejor para esas horas de lagañas que la autoayuda disfrazada de divulgación de la ciencia. La coartada es perfecta: eran las cinco de la mañana, no sabía lo que escuchaba si alguien me critica. La ciencia en pildoras digeribles esta vez es la “ciencia de la fuerza de voluntad”. La mejor parte del libro son las revisiones de estudios psicológicos. La doctora McGonigal es clara en sus explicaciones y sensata en sus interpretaciones. No hay grandes promesas, pero sí hay casi un cuadernillo de ejercicios. La fuerza de voluntad se agota durante el día, por ejempo, y una serie de respiraciones cadenciosas y profundas ayudan a reestablecerla: el ctrl-alt-del del espíritu. A las cinco de la mañana todas las recomendaciones son convincentes.

Llego tarde a todo. Llegué tade a Philip K. Dick. Ahora decir que leí The Man in the High Castle está modificado por el hecho de que hay una serie de televisión basada en la novela. Poser, dirán ustedes. La novela es una joyita de la ciencia ficción. Sobre todo si cosideramos a la ciencia ficción como lo hace Warren Ellis en una de sus conferencias: no como la literatura de la predicción sino como la literatura de los futuros posibles. La premisa es casi un ejercicio de taller: el triunfo de los nazis y del imperio japonés en la segunda guerra mundial y sus consecuencias. Hay además una persecusion del elusivo autor de un libro contrafactual, la minucia de un mundo casi igual pero no tanto y mucho I Ching. Esa es otra de las razones de la notoriedad de la novela: “Esa es la novela que Philip K. Dick escribió usando el I Ching”. El libro de conferencias de Ellis fue el perfecto chaser para la novela. Las 70 páginas algo repetitivas de Ellis completaban con esa prosa vociferante y erudita a su manera, los raptos mistico-tecnolóigicos de High Castle. Leí esos dos libros con el gesto del entrenador Maurecus Goodloe mirando el futuro de su equipo de infantes, con el mismo gesto de esa persona que seguro conocen al decir, por ejemplo, “de chiquito, el I Ching era mi juguete preferido”.

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