Miércoles

Vi una película y se me hizo fácil opinar.

 

 

Termina la película, por ejemplo The Big Short, y uno reflexiona. Es lo convenido después de que termina una película: que uno analice –apretar los labios, entrecerrar los ojos, incluso pasarse una mano por el pelo. O, si uno está acompañado, también es costumbre dejar escapar algún apunte en voz alta. “Qué cabrones”, “Capitalismo tardío, ¡argh!”, “Colusión gubernamental, ¡argh!”, por ejemplo. En mi caso la saeta intelectual que disparé al terminar aquella película, decíamos The Big Short fue esta: “El cabello de los cuatro personajes principales no solo quiere distinguirlos como personajes al margen, pero inseparables, del sistema; esconde también una perversidad mayor y que el mercado me fulmine de un manazo si no la descubro.” El amanecer de un analista. Lo siguiente son las anotaciones de mi pesquisa registradas en una libreta de espiral y páginas rayadas:

1.
Según tenía entendido el signo del villano financiero era, más que la mancuernilla o la pluma fuente en el interior del saco como arma con la que se rubrican contratos y sentencias, el cabello relamido. Para ser más específico: la villanía del villano está en gel fijador que sostiene el casco piloto en su lugar. Y, curioso, entre los cuatro personajes principales no hay gel fijador. Ahí hay algo.

2.
Roland Barthes vio una película de época y reflexionó. La habrá visto acompañado y habrá dicho, a su acompañante, “el flequillo”, por ejemplo. La romanidad cinematográfica, para él, estaba expresada por el flequillo de los actores en pantalla. “El mechón frontal inunda de evidencia, nadie puede dudar de que está en Roma, antaño”, dijo, sonriendo, probablemente.

3.
Christian Bale: semblanza de casquete, desaliño moderado. El autismo funcional parece requerir asimetría y una torpe caída del cabello sobre las orejas.

Ryan Gosling: permanente corto, bien mantenido. El excéntrico macho alfa; todo accesorio.

Brad Pitt: El Unabomber financiero. Licántropo. El que se vuelve contra el sistema. E

Steve Carrell: semblanza de casquete, pero no desaliñado. El autismo funcional parece requerir asimetría y un fleco ingobernable. La peluca es más rala que todas las demás. Quizá que el pelo ralo, en este caso, es señal de una conciencia, de cierta autocrítica.

4.
A la mitad de la película, alguien se burla del descubridor inicial de la crisis financiera [Christian Bale] por su corte de pelo. Es el más autista de los cuatro. Algo.

4.
A dos les remuerde la conciencia [Brad Pitt y Steve Carrell]. Falsa conciencia, pero mordelona al fin. Uno ostenta el corte clásico del renegado: el licántropo continuo –melena mal cortada que se vuelve barba tupida sin que medie interrupción en las patillas. El segundo, quizá no se decanta por la espectacularidad, pero sí es el que parece tener más adelgazada la melena. Es, si esta película se extendiera hacia el futuro, a quien pronto veríamos disfrutar de sus millones con una pelona oronda. Ahí hay algo.

5.
En promedio, venimos equipados con ciento cincuenta mil folículos en el cráneo al mundo. Más o menos siete millones en el cuerpo entero. El rescate bancario en Estados Unidos nada más costó 3 mil millones de dólares. [¿?]

6.
La avaricia es la pomada. La pomada capilar es la responsable. Lo despiadado es un producto que se compra en paquetes de 70, 140 o 500 mililitros. ¿Cuál es el bagaje moral de la cera para pelo? ¿El del mousse? El del spray es obvio.

7.
El gel fijador moderno, Brylcreem, producido por Chemico Works de Birmingham, Inglaterra, apareció en el mercado en 1928. La Gran Depresión sucedió un año después. ¿Coincidencia?

8.
¿Será que el director sabía de las connotaciones del gel fijador y decidió no usarlo?

9.
El peinado ridículo crea más empatía que rechazo. El sistema financiero, ¿será que dicen?, es un gordito bonachón que no le hace daño a nadie. Hasta que lo hace. O hasta que llegan los del gel fijador a echar todo a perder.

10.
Antes de que reviente una burbuja financiera, ¿qué pasa con las ventas de gel fijador?

Hasta aquí las notas. Para qué fingir lo que uno no es. En este caso, crítico sagaz o simplemente alguien con gracia.

No sé cuál sea el perverso subtexto debajo de melenas tan evidentemente mal colocadas. Fallé en mi búsqueda. Es por demás decir que vivo en la zozobra, a la espera de que la mano del mercado cumpla su parte del contrato verbal y me fulmine de una palmada. Quizá solo escuche un zumbido, y luego, invisible después de todo, explote.

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