Video invitado: Funcionarios públicos gone wild, vol. 3

Funcionarios públicos gone wild, vol. 3

1.

[Una mujer en ropa deportiva y lentes oscuros]

Ese jueves éramos cinco, tres mujeres y dos hombres, en el cubículo. Muy pronto te olvidas de la cámara. La verdad es que como ahora todos tienen celulares, ni cuenta te das. Y lo cierto es que hacemos eso cada segundo jueves del mes, así que tampoco es como que estuviéramos haciendo algo extraordinario. No puedo decir nombres, pero una licenciada que tiene facultades para autorizarlo estuvo de acuerdo. Yo y mis compañeros nos acercamos a hablar con ella, le comentamos cuál era el plan y nos respondió que si los recursos los poníamos nosotros y que si lo realizábamos hacia el final del día sin detrimento de nuestras funciones urgentes, bienvenido. Hasta nos felicitó por la iniciativa. La verdad es que tampoco cerramos la puerta con seguro. ¿Por qué ? Ni que estuviéramos haciendo nada malo. Solo es ejercicio. Yo tomé el curso hace como tres años y siempre tuve ganas de poner un localito o asociarme en algún gimnasio. Pero no tuve la oportunidad, tuve que entrar a trabajar aquí a la delegación; y hasta que platicando no me acuerdo con quién dijimos, ¿y si ocupamos el cubículo? Lleva vacío desde que llegamos. Movimos las dos computadoras a la esquina y la grabadora la ponemos muy bajito. Va a ver si revisa el video: de afuera no se escucha nada. Pues la verdad es que el Zumba no solo ayuda para activarse, como que cambia el chip. Es como un estilo de vida. Eramos cinco ese día, pero ha habido hasta ocho. No, cómo cree, yo no les cobro. Es cooperación voluntaria, como un donativo.

2.

[Voz fuera de cámara]

Esta es el archivero reportado. Vemos en el segundo cajón el letrero. Es una hoja reciclada –muy bien, compañeros, me da gusto saber que estén siguiendo los lineamientos sobre el aprovechamiento de recursos y disminución de desperdicios que envió mi departamento la semana pasada. «Sabemos quién eres», se lee, escrito con mayúsculas: «Por favor deja de usar la taza azul y de robarte el sustituto de crema. Si lo vuelves a hacer, vamos a Contraloría.» El dibujo de un marrano con antifaz está hecho, es claro por el olor inconfundible, con Sharpie, con esos plumones indelebles. La verdad es que les quedó bien, el puerquito. Y en una pata trae una taza y en la otra un bote de crema, de sustituto de crema. Ese sí no está tan bien dibujado. Si abrimos el cajón del archivero… Ah, está cerrado con llave. Alguien de mi departamento por favor mandele el memo a Mantenimiento.

3.

[Un hombre reclinado en la silla alrededor de una larga mesa de juntas]

No, no está bien, pero me regañaron por comer en mi escritorio. Es que tiré el refresco en el teclado. Chile poblano capeado, relleno de atún.

No soy el único que come aquí. No, pero no soy el único. Además ya ni estoy comiendo.

¡Qué reporte! ¡Por esoo, pero qué reporte! No grito, pero es que no son formas tampoco. Estaba dormitando y das un manazo en la mesa. También llegas prepotente.

Me vas a hacer quedar mal con mi señora, ándale. No seas canijo. Dame la cortesía, ándale. Chaaa. Ándale, ya, quédate con el tupper, pinche roto.

Me paso por los huevos tu amonestación. A ver, llámale a Contraloría. Sí, órale, aquí te espero.

Ni madres. A ver, ven y levántame.

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Columna destacada: Chiste privado

Esta semana, en su destacada columna, «Chiste privado».

Tengo miedo de salir

Tengo miedo, amables lectores, de salir a la calle y respirar. Según leí, hay dos opciones: enfundarse una gruesa bufanda tejida a mano, o no salir. Y la única bufanda que tengo es una magra bufanda confeccionada por robots, vendida por algún consorcio financiero que tendrá, seguramente, intereses no sólo en la industria del vestido sino también en bienes raíces en la costa del Mediterráneo, la compra-venta de futuro de especies y productos derivados de la caña en latitudes ecuatoriales y algunos millones de acciones en un equipo de baloncesto turco. No puede estar más lejos de la artesanal y delicada producción, mi bufanda. Pero tengo que salir a la calle. En el artículo consultado [enlace al final de esta columna], informaba de los efectos primarios y secundarios de este estado del aire ambiente; nada agradable.

Todo esto me recuerda una anécdota del siglo XVI. En aquel entonces la peste era la precontingencia ambiental y la gente debatía el mérito de enterrar vivos a los que se quejaban de estar un poquito acalorados, o simplemente embarcarlos en una barca y hacerlos navegar hacia el océano, con la esperanza de que la naturaleza y el Altísimo se encargaran de todo. No hay lección que aprender, nomás me acordé de este hecho histórico fidedigno que leí en algún lado [enlace al final de esta columna].

La opinión especializada puede causar pánico, pero siempre que el consejo esté dado en buena fe y con datos duros de respaldo, no se le puede achacar nada. En mi caso estoy agradecido por haber sido informado a tiempo de la necesidad de enredarme una bufanda varias vueltas sobre naríz y boca o no salir. De otro modo habría sido el insensato que se atreve a poner un pie fuera de la casa con la suelta ignorancia del personaje secundario que morirá en las primeras escenas de la película. No tengo intenciones de morir, pero tengo que salir porque hoy es día 16 y estoy ya retrasado en el pago e la renta, no solo del departamento que habito sino de dos bodegas –8 metros cuadrados de archivos y mobiliario. No quiero perder la vida, pero tampoco mis muebles de oficina ni mi archivo personal. Mi pánico, me parece, está justificado. Ya me lloran un poco los ojos, no se crean: supongo que alguna ventana no está bien cerrada.

Acabo de ver por la ventana a un par de personas caminando por la calle, una de ellas hizo parada al pesero. Las dos portaban bufandas. Tenía la esperanza de que no hubiera necesidad de hacer caso al informe leído por la mañana, pero no: la evidencia empírica me muestra que es verdad el riesgo, y que mi bufanda simplemente será adorno fúnebre y no ayudará en nada. La ventana estaba mal cerrada, unos dos centímetros, pero la intemperie requiere mucho menos para colarse a la privacidad de nuestro cuarto. Tengo comezón en los antebrazos.

Como leen esto en miércoles no sabrán, amables lectores, si logré volver sin convertirme en un ser babeante o enfisémico. Lo único que puedo hacer es estar a la altura de las circunstancias y encarar la incertidumbre con entereza: si no regreso, esto será lo último que leerán. No puede ser en este timbre chillón la despedida. La entereza no se negocia, decía un póster en el gimnasio.

Hasta la siguiente entrega, amables lectores.