Columna destacada: Chiste privado

Esta semana, en su destacada columna, «Chiste privado».

Tengo miedo de salir

Tengo miedo, amables lectores, de salir a la calle y respirar. Según leí, hay dos opciones: enfundarse una gruesa bufanda tejida a mano, o no salir. Y la única bufanda que tengo es una magra bufanda confeccionada por robots, vendida por algún consorcio financiero que tendrá, seguramente, intereses no sólo en la industria del vestido sino también en bienes raíces en la costa del Mediterráneo, la compra-venta de futuro de especies y productos derivados de la caña en latitudes ecuatoriales y algunos millones de acciones en un equipo de baloncesto turco. No puede estar más lejos de la artesanal y delicada producción, mi bufanda. Pero tengo que salir a la calle. En el artículo consultado [enlace al final de esta columna], informaba de los efectos primarios y secundarios de este estado del aire ambiente; nada agradable.

Todo esto me recuerda una anécdota del siglo XVI. En aquel entonces la peste era la precontingencia ambiental y la gente debatía el mérito de enterrar vivos a los que se quejaban de estar un poquito acalorados, o simplemente embarcarlos en una barca y hacerlos navegar hacia el océano, con la esperanza de que la naturaleza y el Altísimo se encargaran de todo. No hay lección que aprender, nomás me acordé de este hecho histórico fidedigno que leí en algún lado [enlace al final de esta columna].

La opinión especializada puede causar pánico, pero siempre que el consejo esté dado en buena fe y con datos duros de respaldo, no se le puede achacar nada. En mi caso estoy agradecido por haber sido informado a tiempo de la necesidad de enredarme una bufanda varias vueltas sobre naríz y boca o no salir. De otro modo habría sido el insensato que se atreve a poner un pie fuera de la casa con la suelta ignorancia del personaje secundario que morirá en las primeras escenas de la película. No tengo intenciones de morir, pero tengo que salir porque hoy es día 16 y estoy ya retrasado en el pago e la renta, no solo del departamento que habito sino de dos bodegas –8 metros cuadrados de archivos y mobiliario. No quiero perder la vida, pero tampoco mis muebles de oficina ni mi archivo personal. Mi pánico, me parece, está justificado. Ya me lloran un poco los ojos, no se crean: supongo que alguna ventana no está bien cerrada.

Acabo de ver por la ventana a un par de personas caminando por la calle, una de ellas hizo parada al pesero. Las dos portaban bufandas. Tenía la esperanza de que no hubiera necesidad de hacer caso al informe leído por la mañana, pero no: la evidencia empírica me muestra que es verdad el riesgo, y que mi bufanda simplemente será adorno fúnebre y no ayudará en nada. La ventana estaba mal cerrada, unos dos centímetros, pero la intemperie requiere mucho menos para colarse a la privacidad de nuestro cuarto. Tengo comezón en los antebrazos.

Como leen esto en miércoles no sabrán, amables lectores, si logré volver sin convertirme en un ser babeante o enfisémico. Lo único que puedo hacer es estar a la altura de las circunstancias y encarar la incertidumbre con entereza: si no regreso, esto será lo último que leerán. No puede ser en este timbre chillón la despedida. La entereza no se negocia, decía un póster en el gimnasio.

Hasta la siguiente entrega, amables lectores.

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