Martes

[Hace mucho que no escribía aquí. Y ojalá no lo hiciera. Pero no fui yo; las resoluciones de año nuevo me obligaron.]

Sobre mirarse al espejo durante un corte de pelo.

Qué se hace cuando se tiene enfrente a una persona casi extraña durante veinticinco minutos. Enfrente tanto como se puede tener a alguien enfrente. La mirada igual, y los gestos, fuera de sincronía por un instante, pero idénticos. No hay necesidad de prolongar la torpe fantasía si ya lo dice el título: con el babero inmenso y el cabello empapado, uno intenta pronunciar la ficción de ser otra persona, degrafilado mediante. Pero algo más sucede, en realidad, al mirarse a los ojos durante veinticinco minutos, mientras alguien más, circula dos hojas metal afilado en la zona más expuesta de que uno porta. Un reconocimiento lento, una despedida; como subirse a un bote escaso de lugares en el que la ida no concluye ni la llegada se finiquita.

Es tentativo este conocimiento; una pregunta servicial interrumpe las epifanías eventuales: “¿Le marco la patilla? ¿Redondo o cuadrado en la parte de atrás? ¿Con navaja o con máquina los bordes? ¿Le aplico algún producto?”. Hoy esas interrogantes andan por la zona del reconocimiento lento, pero en un par de meses que la cita se repite seguramente las intuiciones irán por otros rumbos. Por ahora, quedan ventitantos minutos para precisar eso que se va sin ausentarse.

Será el encanto del tijeretazo agudo, rítmico lo que adormece las zonas censoras del cerebro y uno puede, de algún modo, despreocuparse por pensar obviedades. Ese cuchicheo de fierros cromados y la apenas perceptible llovizna de cabellos es el equivalente del rastrillo de bambú sobre las arenas contemplativas del templo zen. Y de nuevo ese ir y no, ese asentamiento siempre inquieto. Con el vaivén llega una ira. Bien concreta: ira ante la cara esa, palpitante y, aparentemente cada vez más grande, en el espejo. Se desorganizan las partes, se alejan los ojos, los bordes del cachetaje renuncian a contener lo adiposo y las ojeras. Esa barba deja de ser ornato y se vuelve extravío. Continúa la tijera y la máquina: sacude y repercute en la quijada, hiende la piraña eléctrica, la que hace eco de tijeras ovejeras, y con ese pellizco, vuelve la cara. Algo, una posibilidad, aparece sugerida en ese idéntico algo golpeado por el insomnio y la luz cenital y quizá se reduzca a una formulación elemental: ¿qué tan otro está permitido ser?

“¿Le marco la patilla?”

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