Martes

Quise escribir un ensayo sobre un par de mercenarios y no me salió. Me obsesioné con dos de ellos, y a manera de genuflexión ante Plutarco, se me hizo fácil imaginarme haciendo unas vidas paralelas. Ni cerca.

 

Soldados de la hipérbole

Resulta que uno busca algún episodio trivial en la prensa mexicana de los últimos meses de 1914 y termina obsesionado con tres mercenarios extranjeros. Como siempre en estos casos la vía de acceso es endeble y fortuita; el vínculo, en cambio, es tan intenso como rala la información. Una caja en una universidad de Tennessee, algunas notas en hemerotecas digitales, un puñado de artículos, libros y ensayos hacen que estos personajes no califiquen como desconocidos ni como olvidados. Más preciso será, tal vez, considerarlos parte de los poco atendidos.

Sus datos biográficos están asentados tan bien como es posible. El sueco, por ejemplo, murió en 1964 en Coral Gables, Florida, el maquinista en Nueva Orleans en 1924, y el Metralleta, que pagó el entierro del maquinista, murió en 1972, también en Nueva Orleans. Este último, apodado así, Metralleta, se llamaba Guy Molony y es del que menos información hay disponible. Cada que aparece lo hace en calidad de secuaz, actor secundario, perfecto apoyo para la epopeya que protagoniza el maquinista. El sueco, por su parte, no tuvo en vida nada que ver con ellos dos. El vínculo evidente es, nada menos, la vocación de mercenarios que comparten.

El sueco, Ivor Thord-Gray –modificó su apellido, Thord Hallström para facilitar su integración al ejército británico–, decía haber recibido como regalo de uno de sus soldados, la “espada de Cortez”. Un especialista de la caballería y el manejo del arco, empezó su carrera combatiendo Zulus para los británicos. Más tarde como agregado militar no oficial del ejército estadounidense levantó polvo en Filipinas y luego en la revolución china al lado de Sun Yat-Sen. Según lo cuenta en su libro de memorias, Gringo Rebel, fue a partir de una conversación con expatriados en el Club Alemán de Shanghai que se enteró de la revuelta que envolvía a México. Con la encantadora simpleza de las falsedades flagrantes, confiesa sus motivos: “Ya que todas estas noticias de México me parecían tan parciales, y dado que no tenía nada mejor que hacer, decidí ir a echar una mirada por mí mismo”. Así de sencillo, uno de sus interlocutores le apuesta que no llegará a México antes de que acabe la guerra. Ganó la apuesta pero, supongo, no la habrá cobrado. Pone un pie en el país noviembre de 1913, se una a Villa, luego obedece a Lucio Blanco, colabora en la toma de Guadalajara, dice haberse reunido con Zapata en una misión secreta, y para septiembre de 1914 está embarcando en Veracruz hacia las trincheras de Flandes.

La Gaceta de Londres anuncia que en su edición del 26 de noviembre que Thord-Gray se integró a los Fusileros de Northumberland como Mayor el 4 de ese mes. La experiencia lo conmina a compilar sus aprendizajes en un libro sobre la guerra de trincheras. Según algunas fuentes, su tiempo en el frente lo recorta un caso agudo de pie de trinchera. Aún así, no muchos años después, está en Rusia peleando contra los Comunistas. Su carrera termina al salir de la prisión en Siberia donde pasó dos años. Los años siguientes los dedica a la escritura –un diccionario Taraumara-Inglés, un estudio arqueológico sobre México y algunos manuales militares además de sus memorias sobre sus años en la Revolución–, al matrimonio, algunas fuentes dicen cinco, otras dicen dos– y a la vida pública local.

El maquinista nació Leonard Winifred Christmas en las zonas pantanosas del sureste estadounidense. Su vocación de mercenario, contrario a la del sueco, no fue producto de una búsqueda empeñada de pleitos ajenos. Conducía un ferrocarril para la Illinois Central, tenía esposa e hijos, y todo iba bien hasta que la imprudencia inducida por el trago lo llevó a chocar de frente con otra máquina. Sobrevivió, asombrosamente, pero, claro, perdió el empleo. El infortunio lo llevaba de un mal empleo a otro hasta que la prosperidad de la línea de ferrocarriles obligó a los dueños a extender una amnistía a los conductores vetados, tanta era la necesidad de personal. Esperanzado, acudió Lee Christmas. En el carro consultorio de la compañía el doctor le informó que era daltónico y ahí quebró su futuro al frente de la máquina. Empobrecido y abandonado por su esposa, se monta en un vapor con rumbo a Honduras: persigue una redención que no llegará nunca. Dicharachero, carismático y gringo, logra emplearse como maquinista en la ruta que va de Puerto Cortés a San Pedro Sula.

La rebelión ajena lo sorprende en su máquina, y ante la disyuntiva de unirse a los rebeldes o morir ejecutado, decide lo esperado y aplica sus conocimientos a fortificar las máquina. Con el gringo entre sus escasas filas, la rebelión financiada por Guatemala logra victorias improbables. Lo que sigue en el relato son una serie de hazañas en el campo –grandes emboscadas, usos ingeniosísimos de las ametralladoras– y en la cantina –conquistas y pleitos, incluso se dice que sobrevivió al disparo de escopeta de un asesino a sueldo de la familia de una mujer deshonrada. Christmas es leal a quien le pague y a quien lo ponga en la línea de fuego. Cuando la suerte lo describa busca un nuevo aliado. Unas de sus campañas más famosas la emprende bajo la autoría intelectual y el financiamiento de Samuel Zemurray, dueño de la infame United Fruit Company. Justamente esa cargada contra el gobierno hondureño es la que permite instaurar en el poder al aliado Bonilla, quien a su vez concede grandes terrenos a la empresa del ruso Zemurray. La redención que buscó Christmas en el trópico –regresar a Louisiana hecho un héroe y recuperar el honor perdido– quedó siempre pendiente: regresó sin empleo y avejentado, la botella y el guerreo lo quebraron.

El Metralleta, Machine Gun Guy Molony, por su parte, fue el colega ideal de Christmas. Debutó en el campo de batalla a los 16 años en la segunda guerra de los Bóers y su arrojo y desparpajo es casi increíble. Junto al maquinista triunfa en la batalla de La Ceiba, la decisiva para los planes de la United Fruit, y juntos viven durante los primeros lustros del siglo veinte la vida grandilocuente del mercenario. Lucius Shepard, autor de ciencia ficción y de un libro sobre las andanzas de Christmas en Honduras, los describe como “una versión colonialista de Butch Cassidy y el Sundance Kid”.

Las de estos tres no son estrictamente vidas paralelas. Hay generalidades que comparten, pero no las suficientes para un ejercicio de biografías espejeadas. El sueco estaba más cerca del bon vivant cosmopolita, y los otros dos más acodados en el campo de los cazafortunas. Sin embargo, entre lo que los vincula destaca la lejanía de los grandes ideales. A ninguno lo animan –explícitamente– afanes libertadores, ninguno corretea tras la instauración de alguna filosofía política, de algún tipo de utopía social. Los tres, más bien, son soldados de la hipérbole, de la leyenda. A falta de filosofías, queda el poder y el rédito de la hazaña.

El sueco Thord-Gray, analítico y propenso a la palabra escrita, habrá entendido mejor las consecuencias de sus actos. Sus capacidad de análisis está puesta de manifiesto en sus memorias, pero también su gusto por el mito personal. Todo indica que los tres murieron satisfechos por sus hazañas y orgullosos de haberse hecho de tan desmesurada fama; una fama que ahora, pobres de ellos, pocos atienden.

 

Miércoles

¿Qué hacer al terminar de leer un libro?

La pregunta es honesta y carece de ironía. Achaco mi ignorancia a que no acabé la universidad y no sé bien cómo traducir la experiencia de la lectura en aprendizaje y mejoramiento personal.

Suspira uno; con gravedad suspira uno y sonríe. La sonrisa sirve si el libro recién concluido fue de nuestro agrado. Sirve también si no lo fue. Sonríe uno, y suspira por la exasperación o el descreimiento.

También puede ser que al terminar de leer el libro, con una mano uno doble el libro y con el pulgar de la otra en el borde de las páginas las haga correr para abanicarse la cara.

Uno toma el lápiz con el que ha subrayado y aprovecha las contratapas para anotar impresiones pasajeras, juicios apurados y por ello más honestos. También puede sentirse dispuesto uno a inscribir la fecha de conclusión de esta lectura.

Uno cierra el puño con fuerza, alza el brazo y lo agita, amenazador. La furia puede ir dirigida contra el autor, la editorial, los impresores, la distribuidora, los padres del autor, contra cualquiera. No es necesario decir nada.

La pregunta es honesta porque no quiero que se diluyan los efectos acumulados a lo largo de toda la lectura. Cómo evitar que a las tres semanas no haya memoria de estas frases tan indelebles.

Uno deja el libro sobre descansabrazos del sillón y se levanta. Da unos pasos por el cuarto y se apresura a enfocar la mirada en el horizonte. No por pretensión sino porque los oftalmólogos recomiendan descansar la vista cada tanto mirando un punto a veinte o más metros de distancia.

Uno toma su propia barbilla con una mano, y la estruja un poco y contrae, un poco, apenas, los músculos faciales.

Uno puede romper un palo de escoba con una patada y salir con la mitad más filosa a vivir la vida libertina que siempre quiso y no se atrevía y solo logró decidirse a practicar gracias a la lectura recién concluida.

También podría ser que de uno un sorbo al vaso de agua, o a la taza con café, o el vino, o la cerveza, o la ginebra con agua tónica, o el bourbon con agua mineral, o el vodka con jugo de naranja, o el chaser de mezcal, o la copita de brandy o el whiskey con un hielo y se permita el chasquido de lengua, satisfecho por el esfuerzo de atención que supuso leer el libro hasta el final.

La pregunta revela que he leído muy poco. De otra manera, ya sabría bien qué hacer. Cada uno de los libros terminados trae consigo más perplejidad que satisfacción. Por eso, creo, tengo una aversión a terminar los libros que leo.

Uno, diligente, abre un cuaderno y transcribe con paciencia toda frase subrayada. La entrecomilla y al final apunta entre paréntesis el número de página. Luego, archiva el cuaderno en la estantería.

Esforzado por no hacer gesto alguno, uno envidia a la autora del libro terminado y piensa que si uno no tuviera tanta inseguridad, tantas complicaciones vitales, tantas desidia, tantos obstáculos espirituales, habría hecho un mejor trabajo con el tema.

Uno puede levantarse, encender impresora y computadora e imprimir los formularios requeridos para abrir una cafebrería.

También podría ser que uno cierre el libro y se pregunte, mirando el reloj, cuánto tiempo tiene que pasar antes de empezar a leer otro libro.

Jueves

Supuse mal, pero pensé que habría fanfarrias o un infarto. Es decir: mucha cosa. En cambio, lo que hay al inicio del último día como oficinista es una acidez muy módica y la regadera que no drena. Siempre es posible que esté confundiendo esa indigestión de rutina con el dolor reflejo de un calambre en las coronarias. No sería del todo inapropiado.

No sé quién me lo prometió –supongo que las películas– pero parece que sí compré el paquete que anticipa espectacularidad y pirotecnia los días de decisiones importantes. ¿Vas a firmar el contrato de tu departamento?: seguro esa mañana el ambiente olerá a lavanda y algunas parvadas se posarán en los cables de luz para aplaudirte. ¿Día de titulación?: espera una manada de cervatillos que te escoltarán hasta el recinto. ¿Lamentable muerte de algún familiar?: juega al Melate y no me des las gracias. Por alguna razón que tendrá sus raíces en algún trauma infantil, he vivido con la impresión de que los días importantes las leyes de la física se suspenden en favor de metamorfosis tipo Ovidio.

Ahora bien, tal vez no esté del todo equivocado. Quizá lo que sucede es que los augurios están adecuados al momento histórico. Lo bucólico es passé; lo de ahora es la imagen de Jesús en el sarro de los azulejos o una tarjeta de regalo en Amazon. Tal vez que desde anoche la regadera no drene es la excepcionalidad que acompaña esta conclusión. Falta entonces descifrarle el mensaje.

La de los sucesos fantásticos que rodean a las efemérides no es la única ficción que asocio a los finales. Herencia de los afanes escolares, tengo la impresión de que es necesario realizar algún tipo de resumen para dar cuenta de lo aprendido. La conclusión no es tal, parece ser la idea, sin ese recorrido veloz por los puntos relevantes, por los altibajos pedagógicos, las iridiscencias más mediocres y alguna que otra frase selecta.

De más de un lustro pero menos de una década de abrazar el oficinismo, mis conclusiones no son edificantes; no soy agudo, dispensen. Son más una compilación de tuits con obviedades: El oficinista veterano sabe reconocer más de 17 tonalidades de luz blanca. Necedades e intentos de gracejada por el estilo. Más bien uno aprende a admirar la meticulosa factura de los salvapantallas –el recinto de la individualidad pura; uno se forja el carácter aprendiendo a decir que no a la oferta de perfumes por catálogo, y por qué no, llevándose algunos que después dejará caer en más de un intercambio navideño; la relación que se establece con la fonda de comida corrida merece su rama aparte en la psicoterapia; uno aprende a reconocer la sala de juntas por lo que es, un escenario virtual de los Juegos del Hambre, en el que el tedio, la introspección, los garabatos y la perorata interminable, son a la vez armas y enemigos; uno hace del pesero, clase de yoga, sala de estar y catedral.

La utilidad de estos resúmenes, cuando escolar y ahora, me elude. Supongo que tendrá que ver con reforzar el conocimiento en el educando y con fomentar capacidad de síntesis y habilidades de lectura y comprensión. En mi caso, habilidades nulas, pero sí alcanzo a ver que dan lugar a, para qué negarlo, una incipiente nostalgia.

Por lo pronto, la regadera parece inmune al Drano y el charquito brilla como mi propio desastre radioactivo.

Lunes

Fui a la peluquería y esto es lo que tengo que reportar.

Tres sillones especializados, rojos, gastados y con los descansa pies brillantes por el uso. Y por cada una, un peluquero uniformado. El cilindro hipnótico de rigor, y el desgaste evidente en cada cosa. Pero desgaste amable, da más confianza que recelo, como de que las cosas no serán perfectas pero los errores se asumen con entereza.

El más veterano, calvo al estilo de un fraile, bajo y aficionado del Atlante. El segundo, para no perder la semántica del futbol, un gemelo del ex atlantista José Luis González China, peinado y todo. El tercero, un joven aprendiz, idéntico al más viejo pero con la dilución genética marcada: los lentes de cristal grueso, las orejas puntiagudas, el gesto más bien tirando a desentendido –él es quien me corta el pelo. Parece, forzando un poco la semejanza, un muy alto y ex atlantista Hobbit Bermudez.

Los detalles del corte de pelo, nimios como el reportaje entero, no revelan mucho más que la pericia insospechada del más joven de los peluqueros. (Parezco ahora un niño listo para empezar el año escolar).

Durante el corte de pelo, elegí no tomar un Condorito, y estuve escuchando el debate entre los dos más veteranos del local. Debatieron puntualmente sobre el bicampeonato del León; la presencia de Carlos Slim en el futbol; los méritos empresariales de Slim; las afectaciones que tienen los “eventos deportivos” sobre le negocio de la peluquería, y de nuevo sobre el bicampeonato del León.

Antes de irme, el más veterano respondió el teléfono y después de varios “sí” muy serviciales, se despidió con un “cómo no, doctor, acá lo vemos”. Y, mirando a los otros dos que lo miraban de vuelta como esperando la noticia de que alguno de los dos tendría que flexionar nudillos otro rato a cambio de 20 pesos de propina, le dijo más al salón completo que alguno de los dos en particular: “Un tal Doctor José Luis. Que viene no sé a qué horas”.

Martes

[Este fin de semana hubo futbol. Vi dos partidos con atención. Después de ellos, escribí esto]

 

Elogio del manejo del resultado

Es una costumbre tan regular en esta latitud como la cuesta de enero. El equipo va ganando, el equipo juega bien. Tiene el balón y no lo presta. Llega rápido y seguido al área rival. Se detiene poco a meditar si conviene  ir hacia delante. Los laterales hacen sus recorridos de regreso confiados en que los delanteros ayudarán a defender: el equipo es un bloque que sabe a lo que juega. Y como premio emboca  tres o cuatro goles. Ya vamos en el minuto cincuenta, cincuenta y cinco. Ya falta menos para que pite el árbitro y podamos irnos al asado y las frías. Y entonces sucede, regular como intestino de vegano: el entrenador –no importa que sea local o fuereño, todos lo hacen– echa un chiflido y dos gestitos con la mano que a grandes rasgos quieren decir: “Capi, mete el camión al área chica!”

Milagrosamente no le voltearon la tortilla al equipo. Empataron a cuatro, a tres. Tan conocidos como los diálogos de una pastorela, las explicaciones del DT: El rival apretó. El rival hizo las cosas bien. El rival nos cerró los espacios. El rival tuvo oportunidades claras y las concretó. Perdimos el balón.

Todos sabemos el verdadero motivo de tan desastrosa voltereta: algún manual oscuro que, no obstante que no se conozcan ejemplares, todo entrenador en esta liga tiene memorizado, dicta: si vas ganando después de diez minutos del segundo tiempo, aguanta el resultado.

Seamos honestos, esto no es el catenaccio. Nuestros defensas no muerden las espinillas, no hay sangre ni hematomas, no hay expulsados por su furia: hay once timoratos metidos detrás del área grande, corriendo tras el balón, saltando y girando para no ver el tiro y que de paso no les desgracie el rostro con el que pretenden anunciar refrescos. No somos italianos ni nos sale: defendemos como jugaba hace quince años Nigeria: a correr y meter la pierna tarde, regalar tiros libres y en ocasiones especiales, penales. Nosotros lo que hacemos es regalarle un altero de grava al rival para que nos apedree el rancho. Nosotros lo que hacemos es manejar el resultado.

 

Miércoles

Vi World War Z y leí The Road. Escribí esta Mediocridad.

1.

No he leído suficientes reseñas, pero hasta ahora no he hallado una que diga que The Road es una novela que sucede toda en la mente de un vago que camina por la ciudad, cualquier ciudad, imaginando un mundo hecho ceniza y a un hijo pequeño que lo acompaña y a quien tiene que cuidar.

2.

No digo que los vagabundos viajen en el tiempo, pero bien podrían estarlo haciendo. O quizá son unos aventajados, unos estudiosos del final de las cosas. Esas envolturas de mugre y materiales reciclados que caminan hablando solos bien podrían, pero obviamente no estoy diciendo que lo sean, podrían haber rasgado la continuidad del tiempo y estar aquí poniendo en evidencia nuestra nula preparación para el final de todas las cosas. O de algunas cosas. Para el final de las cosas cómodas. O de algunas cosas que, porque no se han acabado, no podemos reconocer como tajantemente finitas: cómo imaginarnos sin ellas, pues, si aquí están. No digo que los vagabundos actúen como actúan porque lo sepan; sólo digo que los vagabundos bien podrían actuar así porque podría ser que lo supieran.

3.

No he visto suficientes películas de zombies, pero tengo entendido que una de las maneras más efectivas para mantener a raya a la horda de infectados cuando los sobrevivientes buscan resguardo es ir apilando contra la puerta cuanto objeto voluminoso se pueda recargar ahí. En World War Z, por ejemplo, hay un momento en el que los pasajeros de un avión intentan apilar maletas en el pasillo para atajar a la incipiente horda de infectados. O en otro momento, con cierta liviandad, unos científicos muestran qué es lo único que los separa de una jauría de hambrientos renacidos: una puerta atestada de archiveros, sillas, y una tranca. Esa ligereza en World War Z choca de frente con la machacona heroicidad que tenemos que atender: los muertos vivientes están ahí para que Brad Pitt, menos dominante que un superhéroe pero más ingenioso que un MacGyver con estudios de posgrado en epidemiología, ponga el pecho frente a nuestra absoluta y anónima extinción. Y la heroicidad, lo digo sin haber visto suficientes películas de zombies, parece muy poco interesante. Como una horda de infectados, la heroicidad golpea ciega, torpe, incesantemente contra la barricada casera tras la que nos hemos aterido. Como sucede en más de una ocasión, lograrán tumbar nuestro resguardo –la horda y la heroicidad, cada una por su parte. Y, como esos sobrevivientes de ocasión, terminaremos infectados también de esa heroicidad zombificada.

4.

(Esquivé la versión fílmica de The Road. “Masacra lo que la sintaxis y la dicción de Mccarthy logran en la página”, fue la oronda justificación. Tan orgulloso de no transigir. Sin embargo, acudí al cine a ver World War Z sin reparar en que no he leído el libro de Max Brooks. Tan contradicho.)

5.

En más de un sentido, los caníbales de The Road son el retrato más científicamente correcto de los zombies: pseudo humanos violentos, cascarones de podrida moral y juicio ególatra, impedidos por su condición de hambruna para actuar de otra manera. En más de un sentido, esa caminata absurda del padre y el hijo en la novela es la perfecta aplicación de ese imperativo que da sentido a World War Z: “movimiento es vida”, dice el héroe en mal español a la primera familia que interviene, deux ex maquina style, para salvarles la vida. Sin el movimiento no tendríamos ninguna de las dos obras. Tendríamos una montañita de ceniza, unos jirones de ropa, un bulto.

6.

¿Qué desamparo es peor? ¿El de quien ya no se pregunta por qué terminaron todas las cosas, o algunas cosas, y sólo se enfoca en sobrevivir en ese mundo nuevo; o el del héroe que, para que no se terminen todas las cosas, tiene que ponerse bien la casaca de fantástico y revertir las causas elusivas de ese fin? La respuesta parece obvia, y quizá lo sea, pero hay algo que decir acerca del desamparo del héroe. El desamparo del héroe quieto. Es decir, no del héroe de World War Z, que jamás se detiene, y cuando lo hace es porque ha sobrevivido heroicamente a las adversidades y necesita una sutura, una bolsa de hielo, un mínimo respiro. Hay algo que decir acerca del desamparo del héroe paralizado de miedo, es lo que quiero decir.

7.

Se entiende que el final de World War Z es el inicio de su secuela y la mordida del zombie de la curiosidad. Se entiende que el final de The Road tiene un optimismo potencial que bien podría ser un engaño y en realidad estamos ante una esperanza pasajera. La curiosidad hincando el diente. La curiosidad operando a espaldas del optimismo.

8.

En cierto sentido, World War Z, porque le preocupan las causas, los orígenes, las soluciones, funciona como el vigoroso preludio al lento y trabajoso camino del valemadrismo práctico y a la supervivencia que acompañan al final de algunas cosas.

Miércoles

Me dio migraña esta semana y escribí esta Mediocridad iridiscente.

 

1.

No soy migrañoso con credencial. Lo que quiero decir es que sí, padezco migrañas, pero son esporádicas, caprichosas y no podría asumirme como un verdadero aquejado por tan molesta condición. Los hay, ellos, los que sí cargan en el bolsillo los remedios ya probados, las anécdotas que intentan transmitirnos lo incapacitante y absolutamente singular de sus síntomas. Como tantas otras cosas, confesar un padecimiento es también una competencia. El migrañoso de verdad lo sabe y hace el relato de hechos con gesto adusto aderezado con socarronas sonrisas que bien podrían decirse condescendientes: «no sabes lo que yo he vivido», dicen esas comisuras curvas, esos párpados entrecerrados, ese tono de molesto tío abuelo presumiendo cicatrices.

Yo no soy de esos. Y no lo soy no por una excepción moral que me libera de la necesidad de hacerme el recio –porque, para qué negarlo, he narrado mi operación de apendicitis con dramatismo digno de corresponsal de guerra. No lo soy porque no tengo los síntomas para sostener al personaje. ¿Cada cuándo te dan? Cada dos o tres meses. ¿Y muy canijas? Pues ni tanto, sólo algunas; la última que recuerdo muy cabrón fue una que me cayó encima después de haber jugado Gears of War con la chica que me gusta en una televisión bastante oscura durante seis horas seguidas. No acontece cada rato. No me incapacitan por días. No me hacen vomitar. Mis migrañas son las primas mochas de las que sufren los migrañosos credencializados.

 

2.

Hace unos días me cayó encima una de esas repentinas tormentas electroencefálicas. Salí bien librado porque ahora sólo traigo la huella de la quemazón y algo de desequilibrio. Nada distinto a lo que sucedía antes. Me tomé unas pastillas que venían en un botecito con una etiqueta de diseño francamente dudosa. El falso átomo quiere transmitir, supongo, la potencia curativa que esconden estas cápsulas. A mí me parecen más unas aspirinas ovales, pero yo no estudié farmacología así que me la tomé y confié en que la ingenuidad y la bioquímica me tranquilizaran esas oleadas de jaqueca. Y lo lograron. No sé cómo dividir mis agradecimientos. Supongo que el efecto placebo debe llevarse un porcentaje un poco más grande que el falso átomo del frasco.

 

3.

¿Y si no es migraña?

 

4.

No soy un migrañoso, pero sí soy un hipocondriaco con carnet. He tratado de esconderlo de mi mismo: qué penoso andar sufriendo por complejos desórdenes genéticos diagnosticados por mi mismo debido a que tengo un calambre en la planta del pie. La hipocondria es silenciosa, progresiva y si no mortal, por lo menos muy indigna. Como quien le tiene pavor a los relámpagos o a los perros, esta compleja estructura de sugestiones y fantasía lo tiene a uno saltando de la silla a cada rato. Qué podrá ser que no me deje de llorar el ojo; me preocupa que siento como algo inflamado debajo del omóplato. Y así, interminablemente.

Sólo se puede hablar de la hipocondria, me parece, como queriendo hacerse el chistosito. Es lo opuesto que la migraña. La migraña se habla con el pecho hinchado y la quijada apretada como puño; la hipocondria se dice entre risitas. El migrañoso se enorgullece de estar aquí, frente a nosotros, a pesar de la cruz que debe cargar: es más, los hay quienes, tan cabrones, ya ni les parece algo importante –les da una profunda pereza viril hablar de esas pequeñeces. El hipocondriaco, en cambio, está reducido al repetir el sketch del neurótico encantador; es un payasito de fiestas infantiles que tropieza con el punch line de sus chistes.

Tengo para mi que quienes se ríen de sus propios chistes son hipocondriacos de closet.