Lunes

Jornada 3. Gallos 2 – Pachuca 0

La verdad ante todo, era el principio que mi abuelo intentó inculcar en sus nietos. Nunca explicó que yo recuerde qué había uno de hacer si esa franqueza intransigente estaba apunto de chocar con la sensibilidad ajena, las reglas del buen gusto o el utilitario bien común. Conociéndolo, la respuesta probablemente no era la terquedad sino una astucia juiciosa ante la situación; uno idealiza a los parientes gratos.

Apegado entonces a la máxima del patriarca, y sin que haya riesgo de un atropello a maneras, disposiciones anímicas o ideas preconcebidas, confieso que no vi el partido que me impuse reseñar. Nada. Llegué tarde al resumen del día siguiente y apenas vi el último gol en tiempo de compensación. Sería mentiroso hacer pasar esa mínima parte por un todo. Porque, he de decirlo también, lo vi de reojo, yendo hacia otro lado del departamento. Tampoco hay muchos otros lugares a donde ir: iba o a la cocina o al cuarto. En cualquier caso, lo vi por encima del hombro, sin desdén pero tampoco sin rapto.

Se acabó el gol, el joven anotador –Ángel Sepúlveda– realizó una maroma, casi perdió el equilibrio, gritó el gol con la tribuna y luego, no mucho después, se acabó el partido en resumen.

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Lunes

Jornada 2. Leones Negros 0 – Gallos 1

Ante la promesa de un duelo insulso, la impuntualidad. El partido estaba agendado para las cinco de la tarde del domingo, es decir para el inicio de la depresión. Los convocados a jugar por tres puntos en la tabla general, para decirlo en vernáculo: andan de la verga. Los Gallos, el equipo que me provoca redactar estas necedades semanales, perdieron en el debut y no se les veía buena cara. Los Leones Negros, recién sacados del pantano de la Primera A, todavía no se quitan la pestilencia del novato y juegan más bien a no perder por mucho. Es decir, mediocridad de la deslucida. Por eso elegimos, mi señora y yo, salir al boliche para intentar menguar el agobio del domingo tirando pinos con una bola de resina.

Jugamos seis líneas, tiramos mejor de lo que esperábamos, y sólo una vez revisamos el teléfono para ver que a los 20 minutos del primer tiempo los dos equipos seguían empatados a nada. Comimos una charola de papas fritas, cervezas con menjurjes aciditos y luego caminamos de vuelta al sillón, para ver en silencio lo que restaba del partido.

Sucede que mi equipo gana y me deprimo más. Tan deprimente y melancólico el juego, y el domingo que lo envolvía, que daban ganas de andar citando a Pessoa a mansalva. Y eso que vi apenas vi los últimos veinte minutos. De haber visto el partido completo, quizá no estaría escribiendo esto y más bien habría saltado del balcón con la casaca del Querétaro; o me adjudicaría un heterónimo –Haroldo Margarito, en velado honor a un defensa torpe de gran disparo que vigiló el centro del campo en el Corregidora– y firmaría alguna cursilería sobre la saudade.

En resumidas cuentas, el Gallo ganó. Sus delanteros, es decir, los nuestros, le pegaron dos veces al poste. Hasta nos perdonaron un penal dudoso que estoy seguro no era. Me perdí el gol en vivo. El defensa falló en una operación de rutina –dar un salto para interceptar, de preferencia con la frente, el balón lanzado a la pendeja por los ofensores– y ahí estaba el nuestro, oportuno y preciso, para rematar de botepronto. Fue, hay que ser justos, una falla perfecta del rival.

La mejor jugada del encuentro, practicada a alta velocidad por un refuerzo extranjero, la desvió el portero rival –un regordete con muy poca gracia. Duró cuando mucho unos cinco segundos: un pase desde la media cancha, una picadita para levantar la pelota; el defensa que se come la finta; el delantero, nuestro, alcanza la pelota ya sin marca, y antes de entrar al área tira con canija puntería hacia la esquina de arriba. Desvió del gordo ese y tiro de esquina en el que no pasa nada más. Ese fue el mejor momento y el más deprimente de todos. Porque resulta que no estamos condenados a esa otra manera de jugar, la de los remates tan errados que parecen espasmos y los intentos fallidos por hilvanar tres pases en secuencia y a velocidad –¡tres pases! Sería posible, pues, en potencia, golpear el balón con cuidado e intención; no sería extraño, en principio, hallar el lado más libre de la cancha. Pero duró cinco segundos cuando mucho. Luego, el mismo contemplar adultos patear piedras en un terregal en domingo por la tarde.

Lunes

Jornada 1. Gallos 1 – Pumas 3

La opinión especializada está dividida: el cuestionamiento hondo es o algo que se practica muy de vez en cuando, o a cada rato. No hay consenso sobre si hay que fijar las líneas gruesas de las reglas cada que se pueda, o en ocasiones emblemáticas. Por razones que no puedo gobernar del todo, soy de los de cada rato. Una vez más, como hace seis meses, y doce meses antes que eso, hay que replanteárselo todo.

Los once titulares del Gallo salen al campo puntualmente, se toman la rutinaria fotografía en dos hileras, saludan al árbitro y se reúnen a la mitad de su mitad de la cancha a darse ánimos. El uniforme es prácticamente el mismo: azul y negro de fondo, patrocinadores por todos lados. Estos, sin embargo, ahora son decididamente otros. Mientras que el torneo pasado la precariedad financiera del equipo la evidenciaba, si mal no recuerdo, la caja popular sobre el pecho y algún consorcio gasolinero regional sobre los hombros; ahora el estampado comercial es el de La Corporación. Instalaciones, jugadores, colores, escudo y famélico palmarés, todos tienen nuevo dueño ahora. No los compró Slim, ni Azcárraga, pero sí los compraron los Vázquez Raña.

Los once titulares del Gallo entregaron el primer gol en contra antes del minuto dos. Entre seis de los nuestros y tres de los suyos lograron armar tal desorden cerca del área que el pase final y el remate fueron una perfecta muestra de colaboración interinstitucional: ellos pusieron la velocidad, nosotros la confusión y los huecos. Uno, aficionado, acolchona la desilusión con cierto beneficio de la duda. Los centrales no tienen mucho kilometraje juntos –aunque mucho kilometraje por su cuenta cada quien, y se nota en la velocidad, ese commodity tan indispensable ahora y de caducidad tan reducida. El beneficio de la duda se extiende hacia el medio campo, e incluso la delantera. Se extiende a la jornada entera, si uno va a ser benévolo con el equipo que le tiene tomado a uno las glándulas emotivas. Porque este equipo se rehizo y nadie sabrá bien todavía el nombre de pila de sus colegas, mucho menos las coberturas y los relevos defensivos. Esa concesión, sin embargo, se detiene con la puerta de las oficinas administrativas. La duda cambia de tono: ¿cómo irle a los Hermanos Vázquez?

Esa pregunta es la de cada rato, ya decía, y de tan elemental, se vuelve bastan tediosa. Puro estruje existencial: ¿será que uno es cómplice y uno condona al de las mancuernilla si se compra la playera y asiste al estadio?, ¿será que por ser los que firman los cheques imponen un estilo, un gusto al equipo; el gusto Hospital Ángeles?, ¿el americanista también es, por colindancia, un entusiasta televiso; el Puma un vocinglero de Banamex; los del Guadalajara unos socios de Vergara? Puro retozar y ninguna conclusión. El precario acomodo al que llego para poder seguir viendo el partido con cierta atención es la contrariedad: uno, por principio, está con el equipo y en contra de sus dueños hasta que aparezca el dueño ideal: fuenteovejuna. No quiero pagar abono, quiero tener acciones. No quiero pagar abono, pero no quiero dejar de ir al estadio. En cualquier caso es un acomodo pobre y temporal: habrá que repensarlo a fondo y hallar en el ir y venir, algo de sentido.

El segundo gol es humillante; copia fiel del primero y de todos los goles que conceden las defensas atosigadas por su propia incapacidad. El tercero, una oda a la pésima utilización de una barrera. Por andar en el jiujitsu ético de aficionado remilgoso, el mal inicio se me hizo menos malo; casi la conclusión lógica de mis tribulaciones personales. Si Camus hubiera visto la regularidad con la que en La Corregidora se cambia de directiva, le habría colocado a Sísifo la franela azul y negro de local, con su puñado de patrocinadores.

Martes

Escribí este texto:

Los nuevos Gallos

Ahora resulta que le voy al Irapuato. Los tumbos legaloides que reviven equipos descendidos o que desaparecen franquicias como si se tratara de una sucursal de la heladería Danesa 33, no son raros: es decir, hay muy poquito de qué sorprenderse. O, dicho de otra manera, me sorprende sólo porque soy aficionado de una de esas franquicias vuelta local abandonado. Después de una cantidad tan nutrida de desapariciones, reapariciones y renombramientos que casi parecería el mapa de Europa justo a fines de la segunda guerra mundial, ahora resulta que tengo equipo en mi localidad, pero que en estricto sentido, le tengo que ir al Irapuato.

[…]

Acá lo pueden leer completo.

 

 

Lunes

Jornada 17. Querétaro F.C. (2) – Puebla (3)

1.

Mi equipo, ahora sí, está en la Primera A. Situación sin duda extrema para el fanático, lo cierto es que en este esquema de competencia, pocos tienen que sentir siquiera el ardor de este destino cabrón. Al tener esa tabla de porcentajes, los equipos pueden ir administrando sus legados, dosificando sus años terribles y estar siempre más fuera del alcance de la fatalidad. A mi equipo le pasó lo que a los obesos: no se murió por las doce tortas de tamal que desayunó el día del infarto, sino por la década de gansitos, pambazos y refresco de dos litros. Se le pasó la mano al dosificar su mediocridad, pues.

 

2.

Les cuento qué se siente, ustedes que le van a los equipos que no bajan:

 

3.

Pinche ardor. El corajito es similar a cuando recibes un zape, un puñetazo a la cara que no tienes tiempo de responder: puro pinche ardor. El calendario de juegos ofertó la posibilidad de un final de fotografía que por las razones explicadas en la crónica previa, no tuvo lugar. En cambio, jugábamos por once goles, o sea por nada. Jugaban los Gallos para mostrar que sabían irse al frente y fingir que había oportunidad. Y uno, ardido, veía al Puebla, el equipo que se salvó en lugar de los Gallos, ser lo medrosos que fueron todo el torneo: (Raúl Arias entró como asesor urgente para la última jornada y el siguiente torneo, así de osados). Y eso da más pinche corajito. Saber que el octavo lugar del torneo es el que desciende sí cala.

 

4.

Y junto con el chingado coraje, lo que hay es una compleja sensación de temblor existencial. ¿A dónde se va la afición –ese atado de emociones e insensateces– cuando los dueños deciden desaparecer al equipo? ¿A qué era eso a lo que uno le «iba» desde el principio? Es desconcertante, irresoluble y tristísimo. Tengo para mí que le iba a la idea del futbol en el estadio de mi localidad, pero no sólo eso. También le iba a una plantilla de veintitantos jugadores de habilidades cuestionables que jugaban sabiéndose los peores y aún así lograron hilar varias victorias al hilo y terminar en el octavo lugar del torneo. Pero no sólo eso. Le iba también a los Gallos, es decir, a un escudo que de pronto desaparece, y una camiseta que más o menos conserva cierta cercanía con la camiseta que compré por primera vez cuando estaba en primaria y estaba seguro que tendría una carrera ejemplar como medio de contención en el futbol profesional. La afición es puro apego a los fantasmas. Le voy más a ese álbum personal que he ido armando sobre los Gallos, que a los Gallos mismos –es decir, este plantel, estos dueños, este torneo. Pero también le voy más a que el estadio de mi localidad tenga futbol aunque esta «afición» no sé explicarla –algo que tendrá que ver con la nostalgia y el más amorfo regionalismo. No es seguro que el equipo desaparezca, ahora que está descendido; tampoco es seguro qué será de él. Y esa incertidumbre es la que no se permitiría con equipos de mayor caché. O quizá sí. Quizá esto del descenso ejemplifique de mejor manera la intrascendencia de tan importante deporte.

 

5.

También hay cierta resignación empoderada: algo tendrá de mérito volver al pantano del que salimos hace dos años y repetir la gesta, y estar, como aficionado, cerca del equipo para ver cómo lo logran.

Todo esto es una suposición: el equipo está en la Primera A, y quién sabe si mañana decidan que se acabó, que no hay más lana, que no hay más dueños. Entonces sí, a lanzarse de cabeza al zarzal aquel que se abre frente a la pregunta sobre a qué le «va» uno, en realidad.

Lunes

Jornada 16. Chivas (1) – Querétaro F.C. (2)

1.

Menos de cinco minutos duró la incredulidad.

El partido del Querétaro empezó a las 12 del día. Jugaban el Atlas y el Puebla y todo colgaba de esa soporífera balanza: un equipo no jugaba a nada –ya está en la siguiente ronda, tranquilo–, al otro le bastaba con empatar para estar salvado. Y el Querétaro jugaba a controlar a los jugadores del Atlas, los impulsaba hacia adelante como quien pulsa el control del videojuego, intentando una pared tras otra, apretando repetidamente el botón que acelera la carrera del defensa. Era un juego mediocre y estábamos ahí, supongo, hermanados en contra del Puebla, arengando al visitante a hacer dos, tres goles lapidarios. Terminó 0-0 el primer tiempo.

No estoy ardido. Cómo reclamarle a dos equipos a los que el empate les resuelve sus problemas no salir a ganar: el juego estratégicamente medroso es quizá una de las cualidades básicas de variedad regional de un deporte de conjunto llamado «nuestro futbol». Cómo acusar a dos equipos de no matarse en el campo, cuando mi equipo ha sido usufructuario de ese estratagema en más de una jornada. Toda la desesperación acumulada no era otra cosa que una desesperación añeja ya: era la desesperación del canijo torneo pasado. Contra ese torneo era a quien debía yo dirigir mis insultos, no a los jugadores del Atlas-Puebla, que hacían que la idea de futbol languideciera bajo la desgana y la incapacidad. Era hacia la directiva y el cuerpo técnico, contra los jugadores del año pasado hacia donde mi desesperación apuntaba: «no estaríamos en este horror», pensaba al insultar a los jugadores del Atlas al fallar el tiro a gol, «si el año pasado hubiéramos ganado tan solo dos juegos». El año pasado el equipo ganó sólo uno de 17 juegos posibles. Uno. Contra el Puebla. De visita. Pero esto no es Football Manager y uno, desde su butaca en la platea, desde la poltrona frente a la televisión, no puede despedir al técnico incompetente ni organizar alineaciones. Uno, como dicen los comentaristas –esos temperamentos excitables de vocabulario limitado–, uno «juega su propio partido». Es decir, uno sólo puede observar, como testigo de calidad, lo que ni tiene posibilidad de alterar. Convidados de piedra, festejamos, supongo, como enloquecidos cuando cayó el gol del Atlas. Un remate cualquiera, pésima marca, el portero ni se mueve. A 10 minutos del final.

La incredulidad duró menos de cinco minutos. El Puebla hizo lo que habría hecho el Querétaro. Sufrir, aventar como quien quiere hundir un barco, todo la carga hacia el frente, y esperar el rebote inspirado, el rebanón fortuito. Y así, tal cual: rechazo errado del portero, rebanón del defensa, y un remate sin gracia y pleno de tranquilidad. Al Puebla con el empate le bastaba. Cómo reclamarle que saliera a medrosear un punto, a corretear el 1-1 como jauría de perros asesinos, si con eso aseguraban la categoría: mi desesperación no era con ellos.

 

2.

El Querétaro, cinco horas después, hizo como que la incredulidad seguía vigente. Ganó, con diez hombres, a las Chivas del Guadalajara en su casa. La nómina inflada del guadalajara vs. los desechos del guadalajara más dos o tres refuerzos baratos. Con diez hombres, es decir, con diez de esos desechos y refuerzos baratos. Incrédulos.

 

3.

Matemáticamente, el Querétaro puede salvarse. Tiene que remontar una diferencia de goles de 21 contra el Puebla. Dado que cada gol que le anote el Querétaro al Puebla contaría a favor suyo y en contra del Puebla en esta diferencia, tiene que hacer 11 goles para salvarse. Incrédulos.

Jueves

Previo  a la Jornada 16. 

Estamos tan jodidos como hace una semana, pero estamos esperanzados. Y quizá esa es una jodidez doble. Si fuera como esos Esopos de la vida modera, que gustan de aderezar sus opiniones con referencias a refranes populares, falsos mitos clásicos y anécdotas simplonas, diría que la esperanza es, como los mosquitos, una de las inexplicables creaciones de los dioses. Jodidos y esperanzados: ese es el nombre clave de la porra del equipo, el nombre clave por el cual nos identificamos en la calle, los escasos.

En unos días habremos de esperar a ver qué hace otro equipo. Intentaremos influir en el resultado -como cada jornada con nuestro propio equipo- importando ritos y cábalas para este socio temporal, este mejor amigo de ocasión. Esperaremos. La victoria del Atlas sobre el Puebla es el único resultado que nos favorece. Cualquier otro resultado es lapidario. Y esto es sólo para seguir en el juego. Jodidos.

Porque la esperanza es una maldición, imagino lo peor:

Gana el Puebla contra el Atlas.

Pierden los Gallos contra Chivas.

Pierden contra Puebla.

Descienden a Primera A.

Los dueños abandonan la franquicia.

Se va el futbol de la localidad.

Pasan años.

Vuelve la franquicia por una de esas artes milagrosas de la burocracia privada.

Pasan años.

Suben a Primera.

Porque la esperanza es una maldición, trato de ser realista:

Empata el Atlas con el Puebla.

Descienden los Gallos a Primera A.

El equipo sigue ahí, en ese limbo.

Pasan años.

Languidece la franquicia.

Pasan años.

Suben a Primera.

Porque la esperanza es una maldición, estoy haciendo planes para ser abonado del equipo así sean miembros de ese rugby de ciegos que es la Primera A.

Porque la esperanza es una maldición, creo que el equipo todavía puede salvarse.