Miercoles

[Tengo tos. No me daba tos desde hace como un año. Entonces escribí esto.]

Es sólo tos

Toso entre dieciocho y veinticuatro veces por hora. La cuenta vale para el reposo y la caminata ligera únicamente. La cifra se incrementa de manera asombrosa cuando contesto el teléfono, cuando intento relatar cómo estuvo el día o pregunto por los detalles de algún producto que no sé si adquirir. Entonces puedo toser hasta cincuenta veces —los cálculos son un tanto más imprecisos. Pero cincuenta, con el hasta como modificador, es un aproximado redondo que parece veraz.
La tos que emito con mayor frecuencia es la doble, o palpitada. El sonido consiste en un doble carraspeo, el primero un poco más largo que el segundo. Un arranque largo y luego un final enfático; no sé del tema, pero supongo que algún símil musical sería adecuado. Rara vez engarzo tres o más golpes torácicos y tampoco me ha sido dada la facilidad para la tos singular.
El doctor que consulté hace varios días recomendó tres pastillas diferentes, además de las admoniciones ya anticipadas: tápese, tome mucho líquido, evite los cambios de temperatura, si puede incorpore cítricos y alimentos ricos en vitamina c a su dieta, descanse. Las tres pastillas van cada doce horas a la boca, o iban. Terminó el tratamiento y la tos persiste. Consulté al doctor por un atado de síntomas que parecían tomar la forma de una gripa, y en honor a la verdad su receta desmanteló casi todo. Que no haya podido con la tos me hace sospechar que es algo más potente. No podría exigirle más, nada le echo en cara: además, la consulta costó menos de lo que cuesta una pizza familiar. Tengo la impresión de que dejó de ser un síntoma, y la tos se convirtió en una característica de cierta edad y cierta praxis, como las canas o el gesto bobo de quien no ve de lejos. Canas tengo y los lentes me salvan de entrecerrar los ojos y abrir a medias la boca para decidir si ésta es la calle o es más adelante. La tos quizá sea de por vida.

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La tos es un reflejo, según entiendo. Carezco, y lo lamento, de credenciales médicas o científicas para asumirme como autoridad. Compenso esta debilidad intelectual con una infatigable, casi militante, propensión a cultivar una hipocondría. Motores de búsqueda, compañeros de lucha, marchemos codo a codo hacia el conocimiento improvisado que justifique esta angustia. En sí, la tos es un proceso de tres partes, y un reflejo.
Las tres etapas del tosido que describen las publicaciones especializadas se suceden rápidamente. El primer paso es una inesperada bocanada de aire y, al terminar la inhalación, el cierre de la laringe —glotis se llama la membrana que clausura la garganta, y algún falso profeta la habrá llamado el candado del aire. El segundo es la contracción de los músculos del pecho para incrementar la presión al interior. El último es el chasquido de la glotis al abrirse de repente y la expulsión a velocidades cercanas al límite para camiones de carga en carreteras federales mexicanas. El tronido —la parte aliterativa de la tos— es la evidencia de que el aire pasó por las cuerdas vocales como un doble semirremolque sin escrúpulos. Esta expectoración sonora, como la voz, será única para cada persona y al mismo tiempo familiar; individual pero imitable.

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Chejov era doctor y no le dio importancia a los esputos sanguinolentos, ni a la fatiga posterior a los episodios de tos aguda que habrán inquietado a sus hermanos. Entonces vivían en casas muy pequeñas, muy juntos todos los habitantes. Sobre todo a su hermana María. No se casó —rechazó dos propuestas, una de un pintor depresivo y otra de un amigo del que estaba enamorada— para estar ahí para su hermano, atrapada quizá por esas lealtades mudas y rencorosas que de pronto se dan en las familias. Seguro se angustiaba al escucharlo toser. El doctor Chejov minimiza lo evidente. El hipocondriaco transforma la circunstancia en catástrofe; envidio la entereza abandonada de Chejov. La suya era un tuberculosis real; la mía, una tos seca que puede interpretarse de tantas maneras.

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Uno de los síntomas comunes de la tuberculosis es la tos persistente. También lo es para ciertas formas del cáncer de pulmón. También de la bronquitis y la pulmonía. También de la tos ferina. También del broncoespasmo. También de la garganta reseca. También de la rinitis alérgica. También de la sobredosis de ciertos medicamentos utilizados para tratar la presión alta. También del asma. También de la obstrucción de las vías respiratorias altas con algún objeto ajeno. También del tabaquismo. También para algunas afectaciones psicosomáticas. También aplica para ambientes resecos y polvosos. También puede ser un síntoma de alguna enfermedad por catalogar.

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Dylan Thomas no tenía tuberculosis. Según uno de sus biógrafos, sin embargo, estaba convencido de que sí. H. D. Chalke, médico con dieciocho iniciales titulares después del apellido, escribió un pequeño artículo sobre la tuberculosis y su relación con la historia, la literatura y el arte. Ahí, el doctor menciona que el poeta galés quizá se haya entregado a la bebida con tal ahínco motivado, entre otras cosas, por la creencia fatídica de que estaba infectado por la bacteria.
En la misma monografía, Chalke, O.B.E., T.D., M.A., F.F.C.M., M.R.C.P., D.P.H., ofrece un reducido catálogo comentado sobre personajes famosos consumidos por la tisis y algo de contexto epidemiológico. Precisemos que el texto del doctor se publicó en 1962 en la revista Medical History, publicada por la Universidad de Cambridge. Mucho ha sucedido en el frente tuberculoso, ni duda cabe. La actualidad del texto es lo de menos. Lo interesante es el dato menor. Por ejemplo, para 1799, la consunción era la causa registrada de una de cada cuatro muertes ocurridas en la ciudad de Londres.

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Por la mañana, da la impresión que la tos desapareció. Por unos minutos, mientras miro el techo, vacilo y repaso las excusas para no hacer todo lo que debo hacer, respiro sin ninguna particularidad. Arrastrando los pies por el cuarto, aparece de nuevo esa cosquilla, el amago del doble carraspeo, y pronto, por más que respire profundo o pausado, la tos. Este raro descanso, los tres o cuatro minutos de alivio y normalidad, sólo sirve para darle solidez a la frustración; densa como una flema.

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Samuel Johnson padeció escrófula, cuenta en otro de esos datos menores el doctor Chalke. La reina Ana tocó al futuro escritor cuando tenía cinco años. Era creencia entonces que la cura para la escrófula pasaba por las manos de los reyes. El Toque Real era una dádiva supersticiosa del gobernante a sus súbditos enfermos. En el caso de Johnson, las delicadas manos de la reina que se embarazó diecisiete veces no sanaron la infección. Johnson quedó marcado de por vida en el cuello y la cara.
No solo escrófula. Nos dice Boswell que también padecía de la vista y hacia el final de su vida era un costal de achaques y padecimientos. Poco puede la hipocondría con los tumores y las cicatrices. Cuenta Boswell que, de joven, Johnson le echó el ojo a una tal Ms. Porter. Ella confesó al biógrafo que, la primera vez que se presentó en casa, la apariencia física de Samuel era, por decir algo, «intimidante». Además de la desproporcionada mezcla de altura y delgadez, las cicatrices eran «profundamente visibles». El Dr. Chalke cita al Dr. Johnson: «Hay quizá unas cuantas disposiciones más dignas de compasión que la de una mente activa y elevada laborando bajo el peso de un cuerpo destemplado».
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Mi hipocondría es militante pero no me incapacita. Me hace miedoso nada más. No me obliga a forrarme de plástico, ni con papel aluminio, ni a encerrarme en el cuarto. Temeroso de los síntomas; temeroso de los efectos secundarios de las curas; temeroso de la salud, tan frágil y engañosa. Es una hipocondría dúctil, adaptable, aunque insistente. Supongo que con el tiempo se irá haciendo más presente, cuando las preferencias de la vida adulta se vuelvan las necedades de la vejez.

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Otro dato menor interesante a cargo del Dr. Chalke aparece en la sección dedicada a los «Individuos que hicieron historia». En la entrada sobre el hijo de Napoleón —parece que el joven fue enfermizo y delicado, siempre tosiendo y esforzado por hacer avanzar su carrera militar; murió a los veintiún años— habla del padre en un paréntesis. La necropsia del emperador reveló, dice el Dr. Chalke, «tubérculos en los pulmones aunque… una vasta úlcera cancerosa en el píloro».
Me fascinan y me aterran estas autopsias indiscretas. ¿Cómo habrá minimizado Napoleón la punzada en la boca del estómago, los síntomas de un cáncer estomacal, o las manifestaciones incómodas de esas tumoraciones en los pulmones? ¿Habrá pensado en indigestión, en el resfriado común, en las demasiadas preocupaciones?
El síntoma es metonímico por definición, y, al mismo tiempo, apenas una sugerencia. En la seducción, la flexión del bíceps o el descruzamiento de las piernas, es la parte que trata de sugerir un todo convincente. Pero por supuesto que ese gesto jamás es inequívoco ni completamente confiable. Con el síntoma sucede lo mismo: sugiere una posibilidad, incita, pero jamás concluye.

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Luis Ignacio Helguera plantea, en su ya emblemático «¿Por qué tose la gente en los conciertos?», una pregunta pertinente y que aún espera respuesta: «¿Cuándo redactará la vanguardia un concierto para tos y orquesta?» Hipocondriaco y tosijoso, espero con ansia al compositor de ese opus familiar.
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Por su parte, el escocés Boswell también tuvo sus escarceos con la hipocondría. La suya apareció camino a Utrecht. Su padre estaba harto de la propensión a la juerga y le ordenó encaminarse al continente a estudiar Leyes. El viaje resultó un pantano melancólico. Tanto que Boswell quedó marcado de por vida; un conocido de aquella época lo describía como un «amasijo de sensibilidades». Con el mismo ahínco con el que se dedicó a la farra, Boswell se aplicó a buscarle salida a su disposición hipocondriaca. Aisló la causa: el tiempo que pasaba sin escribir y leer. La hipocondría atacaba a toda hora, pero principalmente por la noche. Resolvió llevar un diario nocturno y un calendario matinal para ordenar su día. Al concluir el curso y regresar a Escocia, le encargó sus papeles a un reverendo y dejó instrucciones de que los enviara de vuelta. Éste los envió con un soldado. En el camino, el diario —con todas las cavilaciones, las ideaciones y las estratagemas de una mente angustiada— se perdió.

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El doctor Robert Koch usaba lentes delgados y redondos. Murió en Baden-Baden el 27 de mayo de 1910, cinco años después de haber ganado el premio Nobel, veintiocho años después de haber aislado —en efecto, descubierto— la bacteria que causa la tuberculosis, dos años antes de que Thomas Mann comenzara a escribir una novela influida por la estancia de su esposa en el Waldsanatorium del Dr. Jessen en Davos, catorce años antes de que Franz Kafka muriera en un sanatorio a poco menos de ochocientos kilómetros de donde el infarto dobló a Koch, y catorce años antes también de que S. Fischer Verlag publicara La montaña mágica.

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El síntoma es lo de menos. Lo que importa es la interpretación. Como llegó, la tos se va. Aunque no del todo: ¿esa tos aislada y eventual no es recordatorio y anticipo? Sólo la hipocondría permanece.

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Miércoles

Me dio migraña esta semana y escribí esta Mediocridad iridiscente.

 

1.

No soy migrañoso con credencial. Lo que quiero decir es que sí, padezco migrañas, pero son esporádicas, caprichosas y no podría asumirme como un verdadero aquejado por tan molesta condición. Los hay, ellos, los que sí cargan en el bolsillo los remedios ya probados, las anécdotas que intentan transmitirnos lo incapacitante y absolutamente singular de sus síntomas. Como tantas otras cosas, confesar un padecimiento es también una competencia. El migrañoso de verdad lo sabe y hace el relato de hechos con gesto adusto aderezado con socarronas sonrisas que bien podrían decirse condescendientes: «no sabes lo que yo he vivido», dicen esas comisuras curvas, esos párpados entrecerrados, ese tono de molesto tío abuelo presumiendo cicatrices.

Yo no soy de esos. Y no lo soy no por una excepción moral que me libera de la necesidad de hacerme el recio –porque, para qué negarlo, he narrado mi operación de apendicitis con dramatismo digno de corresponsal de guerra. No lo soy porque no tengo los síntomas para sostener al personaje. ¿Cada cuándo te dan? Cada dos o tres meses. ¿Y muy canijas? Pues ni tanto, sólo algunas; la última que recuerdo muy cabrón fue una que me cayó encima después de haber jugado Gears of War con la chica que me gusta en una televisión bastante oscura durante seis horas seguidas. No acontece cada rato. No me incapacitan por días. No me hacen vomitar. Mis migrañas son las primas mochas de las que sufren los migrañosos credencializados.

 

2.

Hace unos días me cayó encima una de esas repentinas tormentas electroencefálicas. Salí bien librado porque ahora sólo traigo la huella de la quemazón y algo de desequilibrio. Nada distinto a lo que sucedía antes. Me tomé unas pastillas que venían en un botecito con una etiqueta de diseño francamente dudosa. El falso átomo quiere transmitir, supongo, la potencia curativa que esconden estas cápsulas. A mí me parecen más unas aspirinas ovales, pero yo no estudié farmacología así que me la tomé y confié en que la ingenuidad y la bioquímica me tranquilizaran esas oleadas de jaqueca. Y lo lograron. No sé cómo dividir mis agradecimientos. Supongo que el efecto placebo debe llevarse un porcentaje un poco más grande que el falso átomo del frasco.

 

3.

¿Y si no es migraña?

 

4.

No soy un migrañoso, pero sí soy un hipocondriaco con carnet. He tratado de esconderlo de mi mismo: qué penoso andar sufriendo por complejos desórdenes genéticos diagnosticados por mi mismo debido a que tengo un calambre en la planta del pie. La hipocondria es silenciosa, progresiva y si no mortal, por lo menos muy indigna. Como quien le tiene pavor a los relámpagos o a los perros, esta compleja estructura de sugestiones y fantasía lo tiene a uno saltando de la silla a cada rato. Qué podrá ser que no me deje de llorar el ojo; me preocupa que siento como algo inflamado debajo del omóplato. Y así, interminablemente.

Sólo se puede hablar de la hipocondria, me parece, como queriendo hacerse el chistosito. Es lo opuesto que la migraña. La migraña se habla con el pecho hinchado y la quijada apretada como puño; la hipocondria se dice entre risitas. El migrañoso se enorgullece de estar aquí, frente a nosotros, a pesar de la cruz que debe cargar: es más, los hay quienes, tan cabrones, ya ni les parece algo importante –les da una profunda pereza viril hablar de esas pequeñeces. El hipocondriaco, en cambio, está reducido al repetir el sketch del neurótico encantador; es un payasito de fiestas infantiles que tropieza con el punch line de sus chistes.

Tengo para mi que quienes se ríen de sus propios chistes son hipocondriacos de closet.

Miércoles

1. 

Ayer comí una hamburguesa y hoy lo resiento. Una Mediocridad Iridiscente más.

 

2.

No siempre es certero el antojo. Alguna vez pensé que lo era, que siempre lo sería. Pensaba, iluso, que el antojo era un acuerdo concertado entre el impulso y la sensatez de la especie, las precauciones milenarias que impidieron que los ancestros se extinguieran por envenenamiento. Iluso. El antojo apenas es el ajuar sofisticado del impulso: la sensatez aquella viene luego, cuando a mitad de las cabriolas estomacales y las coces a la nuca, uno afirma: «nunca más».

Hamburguesa era el antojo ayer. Ese sólido platillo que, con ánimo hospitalario, admite casi cualquier complemento entre sus panes. Por el rumbo del trabajo hay un lugar, lo sabía, que se da el lujo de incluir nuez, queso de cabra, cheddar genuino, queso azul, arúgula o una salsa chipotle como contrapunto a la estoica carne de res. El antojo, pues, trazó el camino; confiado, ahí voy a seguirlo. Elegí cheddar y tocino. Todo iba bien. En honor a la verdad, todo fue bien. Quizá un regusto peculiar, que pronto atribuí a la acidez de la limonada. Todo bien, y hasta un profiterol que el dueño nos regaló como postre.

El primer aviso fue el profiterol: acartonado y nulo, un pedazo de papel maché con chocolate. Servilleta, basurero y un mal sabor de boca. Luego ya todo, llegada la tarde y el sopor, fue yéndose por el camino menos salutífero, el más sinuoso.

El segundo aviso fue el mareo.

El tercer aviso fue el asco.

El cuarto, ya hoy por la mañana, no fue aviso.

Con pesar, tengo que repetir lo que el cuervo de Poe, lo que todos los indigestos y los desengañados por el antojo han pronunciado: «nunca más».

Y ahora mientras lo pienso, sólo puedo imaginar la de crónicas de indigestión que los críticos culinarios podrían antologar. Ahí hay algo interesante: cronicar no los detalles diarreicos ni las arcadas que descoyuntan las rodillas, más bien ir armando a partir de las crónicas de indigestión, un compendio de crítica negativa, de opinión inmisericorde y brutal, tan canija y desolladora como un marisco echado a perder. Ya vendrá el día en el que todo chef pague las indigestiones agudas con críticas feroces. O no. Tal vez lo pague nomás perdiendo uno o dos clientes, los victimizados por sus antojos, que repetirán el graznido de un cuervo: «nunca más».