Jueves

Previo  a la Jornada 16. 

Estamos tan jodidos como hace una semana, pero estamos esperanzados. Y quizá esa es una jodidez doble. Si fuera como esos Esopos de la vida modera, que gustan de aderezar sus opiniones con referencias a refranes populares, falsos mitos clásicos y anécdotas simplonas, diría que la esperanza es, como los mosquitos, una de las inexplicables creaciones de los dioses. Jodidos y esperanzados: ese es el nombre clave de la porra del equipo, el nombre clave por el cual nos identificamos en la calle, los escasos.

En unos días habremos de esperar a ver qué hace otro equipo. Intentaremos influir en el resultado -como cada jornada con nuestro propio equipo- importando ritos y cábalas para este socio temporal, este mejor amigo de ocasión. Esperaremos. La victoria del Atlas sobre el Puebla es el único resultado que nos favorece. Cualquier otro resultado es lapidario. Y esto es sólo para seguir en el juego. Jodidos.

Porque la esperanza es una maldición, imagino lo peor:

Gana el Puebla contra el Atlas.

Pierden los Gallos contra Chivas.

Pierden contra Puebla.

Descienden a Primera A.

Los dueños abandonan la franquicia.

Se va el futbol de la localidad.

Pasan años.

Vuelve la franquicia por una de esas artes milagrosas de la burocracia privada.

Pasan años.

Suben a Primera.

Porque la esperanza es una maldición, trato de ser realista:

Empata el Atlas con el Puebla.

Descienden los Gallos a Primera A.

El equipo sigue ahí, en ese limbo.

Pasan años.

Languidece la franquicia.

Pasan años.

Suben a Primera.

Porque la esperanza es una maldición, estoy haciendo planes para ser abonado del equipo así sean miembros de ese rugby de ciegos que es la Primera A.

Porque la esperanza es una maldición, creo que el equipo todavía puede salvarse.

Jueves

En cinco minutos, la crónica de un sábado tristón.


 

[Gracias a la chica que me gusta por grabarlo.]

Jueves

1.
Saqué mi pasaporte, cambié de teléfono, y escribí esta Mediocridad.

 

2.
Fui a renovar mi pasaporte y a cambiar de teléfono celular y descubrí que Julio Torri es un gran compañero. Acotemos. Descubrí que un ensayo de Julio Torri fue el mejor compañero para los tediosos minutos de espera. Acotemos. Descubrí que leer y al mismo tiempo ir anotando y subrayando un ensayo de Julio Torri hizo que la espera –tediosa en ambos casos y en ambos casos predecible, y por ello doblemente tediosa– casi deseable. Acotemos. No es que me hubiera gustado estar ahí, sentado –en el primer caso en una sucesión de asientos de plástico en diferentes zonas de un mismo galpón en el último piso de un edificio; en el segundo, parado, recargado como borracho desvelado contra una columna cuadrada dentro de una de esos purgatorios de la atención a clientes en una plaza comercial– para poder seguir leyendo, como si de una biblioteca se tratara. Sucede simplemente que, con la buena fortuna que acontece en ciertos viajes, resultó que el ensayo de Julio Torri calzaba perfectamente con el abismo al que uno se lanza cuando se forma en una fila a esperar su turno.

El ensayo, para no demorar lo esencial, es «Beati qui perdunt…!» No tengo ni idea qué quiere decir porque soy un inculto. Por fortuna el título no arredró mi babeante necesidad de entretenimiento: de haber tenido a mano una TVNotas, sin duda estaría escribiendo sobre las caderas de alguna celebridad o el lamentable estado en el que tienen sus hijos a alguna eminencia de la carpa nacional del siglo pasado.

Las cosas que vemos siempre, llegan a ser para nosotros una obsesión, una pesadilla. Afean nuestra vida, sin que nos demos cuenta de ello. Nuestro espíritu vive sólo dentro de la variedad infinita…

Llenas las formas, verificada la autenticidad de la fotocopia del pasaporte anterior y la frescura del sello del cajero en el comprobante de pago, abrí el librito y a darle. No fue el primero que leí de sus ensayos, tan breves, tan masticables; ni fue tampoco un flechazo súbito como el que los próceres literarios confiesan haber tenido a la edad de cuatro o cinco años cuando levantaron el Quijote y supieron que ahí había un diálogo de almas. Fue asunto de acumulación.

Todos somos un hombre que vive y un hombre que mira; y cuando nuestra existencia corre acompasada por el cauce de una larga condena o de un matrimonio feliz, el espectador se aburre y piensa en abandonar la sala por la puerta del suicidio.

Alrededor mío estaban los sospechosos comunes. El grupo de pudientes esforzados en ostentar su bonhomía; un par de infantes que lograban, a falta de mejor descripción, cagar la madre con dos o tres berrinches; algunas personas ensimismadas, los funcionarios públicos tan arregladitos y tan obtusos. E inmediatamente al frente, las siete paginitas del ensayo, en papel medio golpeado. Por acumulación, pues, el encantamiento. No tiene caso resumir el punto del ensayo porque sería tanto como explicar el breve chiste. Nomás digo, pues, que habla de la permanencia y la pérdida de las cosas. Pero de qué modo…

Terminó el trámite no con más horas perdidas de las que ya anticipaba –ese es, me parece, un pequeño divertimento para otra ocasión: cómo nos aprovisionamos para las esperas, qué anticipamos nos sucederá cuando sabemos que habrá fila. El ensayo leído, subrayado. Satisfecho, guardé el pasaporte en la mochila, fuera yo a perderlo.

El actor es siempre esclavo del espectador y en los hombres extravagantes esta esclavitud se vuelve tiránica. Representa el actor en nosotros la pequeña sabiduría y la mueven exclusivamente bajos intereses: sólo entiende de ganar la vida, de evitar el dolor, de amar la comodidad, de seguir la línea de menor resistencia. Cuando perdemos un libro, los guantes, el reloj, se lamenta amargamente. El espectador, al revés, piensa ante toda pérdida en variar el mobiliario, en renovar la biblioteca, en hacer nuevas compras. Para él perder es como abrir una ventana a las sorpresas.

 

3.
La espera para cambiar el celular fue un ejercicio de relectura casi tan entretenido. No había pasado tanto tiempo como para que me dejaran perplejo los subrayados: tenían todavía las ceniza de asombro que se le queda a las cosas que nos parecieron deslumbrantes en algún momento.

No seré yo quien forme la lista de estas pérdidas, catálogo de las flaquezas humanas, de las mil formas de ese extraño espejismo –de esa rebelde falacia en que consiste la voluntad de poseer.

Sólo era volver sobre lo dicho: como un par de compañeros que repiten chistes viejos simplemente por el placer de saber que en algún momento una cierta gracia los unió. Así con los subrayados, las notas, los signos de exclamación que fui apuntando con un lápiz algo chato. (»Aquí hay una reflexión casi deportiva, casi», puse por ahí donde evidentemente había nada del caso.)

Quien no pierde en las mayores desgracias su ecuanimidad, la atormentada curiosidad por su propia vida, es realmente un hombre superior. El interés estético por nuestros sucesos decora las más altas cumbres del esfuerzo.

Y eso es todo, en realidad. Un modesto encantamiento sostenido durante varios días. Dos instantes de compañía desapegada y franca. Nada más.

Fracasad en absoluto; perdedlo todo de una vez; y os sentiréis de modo imprevisto más fuertes que nunca. Nuestra especie tiene inagotables reservas de heroísmo: donde nos parece que se acaba la resistencia humana hallamos nuevas fuerzas.

Jueves

1.

Me robaron la cartera y como era de esperar, hice una Mediocridad.

 

2.

No sé si extravié o me robaron la cartera.

No estaba tan pedo, pero también es cierto que hay varios huecos en mi recuerdo del evento. El fatídico evento. Uno nomás. Es decir, un acto concreto y contenido, sucinto en su ejecución, preciso en su desenlace, expansivo únicamente con las consecuencias. Mi recuerdo es vago, o inexistente. Recuerdo tener en la mano un billete de 200, agitarlo un poco, entregarlo a mi compa que pagaba con uno de 500, hacer el cálculo mental de que iba yo 100 pesos atrás en la cuenta y que debía ser yo el que pagara los primeros tragos en el otro local, al que nos moveríamos. Y luego, hay un hueco. Nada teatral. Solo una brecha; un pequeño terreno baldío de la memoria, en el que he ido echando cascajo y lleno de hierbas: un lugar que dice muy poco y sirve para mucho menos. El siguiente recuerdo vívido se sitúa unos cuatro metros adelante, yo buscando en los bolsillos y cayendo en la cuenta de que la cartera no está. Detengo a mi compa. «Dejé la cartera, aguanta». Y regreso. Habrán transcurrido unos cinco segundos. No hay nada. Hay un hueco. O una silueta, más bien: la silueta de una cartera difunta, desaparecida.

La credencial del Metrobus. Varias tarjetas de presentación. La tarjeta de crédito. Una credencial hechiza para poder entrar al radio. Un número considerable de tickets y vouchers. Un par de credenciales en las que parezco Paco Palencia. Otra en la que parece que tengo un cráneo en forma de muela, como el de Carlos Hermosillo.

«¿Quiere reportarla como robada o como extraviada?», me pregunta el joven Rodolfo no sé qué. «Es que la extravié por unos segundos y luego me la robaron». Al joven empleado del call center lo tiene sin cuidado mi intento por ser preciso. «Es decir, la guardé en el bolsillo pero en realidad sólo la puse sobre la silla, y cuando regresé ya no estaba, ¿me entiende? Fue la vecina, una pinche mojigata con cara de plato, estoy seguro». No dice nada. O si dice algo, no me lo dice a mí. «Otro pendejo tomado», imagino que le dice a sus compañeros de call center en el turno de la noche. Y los demás asienten. «Por eso le digo: extraviada por un momento y luego robada». «Vamos a reportarla como robada», me dice, en el mayestático plural de los empleados de la industria del servicio: ellos y nosotros, los quejicas, los inconformes, los infantes, juntos haremos que el servicio sea de la mayor calidad posible por si la llamada está siendo monitoreada. Lo está. Me lo dijo una grabación. El joven Rodolfo no está tan interesado en mis comentarios sobre la gente que roba tarjetas. Habrá escuchado la misma cantaleta saliendo de otras voces igualmente atolondrdadas y flemosas. Será que simplemente son las 11 de la noche y qué hueva escuchar a otro quejica más. Será que el entrenamiento dice que informe del costo de la reposición (75 pesos más IVA) y luego, acto seguido, pregunte «¿algo más en lo que le pueda ayudar señor/señora [apellido]?» Apunto los números de folio y me despido. Estoy seguro que fue esa pendeja de la vecina de mesa. Me miraba con unos ojillos culpables y crueles. Ojalá el dinero que me robó (560 pesos) le sirva para comprar una enfermedad venérea.

La nota de la lavandería. Ahora tendré que ir a lloriquearle a la señora para que me entregue mi paquete de ropa limpia sin entregarle la nota. Tan tajante ella. Que pereza.

Sigo sin saber si extravié o me robaron la cartera. Insisto en mi esquema de fuerzas dinámicas: el extravío momentáneo lleva al robo. La señorita del banco hoy por la tarde me pidió que me quitara los lentes oscuros antes de responder: «no sé, pero creo que tiene que ver con reclamar que le saquen dinero a tu cuenta». Me entregó mi tarjeta sin dejar de sonreír. «El plástico». Con mi nuevo plástico dentro de mi nueva cartera (130 pesos) en mi bolsillo, pensé que qué hueva tener que ir a reponer la credencial del IFE.

 

Jueves

[Como sucede algunas veces con los poco diestros y los descuidados, perdí lo que había escrito para subir al blog en un sorpresivo reinicio de mi computadora. Como un hurto, fui a comer y al volver, esta PC de la edad del celular sin internet anunciaba -arriesgo que hasta con cierto orgullo- haber realizado ella sola un reinicio para instalar componentes «de extrema importancia para la seguridad de este equipo». Tan oronda que hasta habla de sí misma en tercera persona, pensé. Y refunfuñando intenté restaurar todos los cachés, buscar copias de seguridad, pero todo fue en vano. El fantasma de lo que se perdió, como la memoria de un hijo muerto, azolará este post.]

 

1.

Corrió el rumor que ayer estaría en la radio. Lo difundí yo. Y el rumor ahora es que me hice adicto, que mis necedades y mi falta de habilidad está compensada por el entusiasmo –el entusiasmo, quizá, tiene su origen en alguna compensación.

Corre el rumor que volveré a estar en la radio.

 

2.

Veo beisbol por las noches. Lo veo en mi computadora: compré el paquete que ofrece el stream y el archivo de los más de dos mil juegos que una temporada pone a disposición de sus espectadores. Mi concentración, sobra decirlo, sufre. Diligentemente, como si ahí se me lo hubieran encargado en la oficina, veo el juego de mi equipo favorito –los Piratas de Pittsburgh.

Los Piratas de Pittsburgh son un equipo famoso por ser pésimo. O dicho con más precisión: la fama de mi equipo favorito está en que ha tenido 19 temporadas con más juegos perdidos que ganados. Seguidos, 19 años sin interrupción han perdido más juegos, han estado debajo del .500. Para decirlo con más precisión, cada temporada tiene 162 juegos, y durante 19 años han perdido, diligentemente, más juegos de los que logran ganar. Ese es mi equipo favorito. Empezó siendo mi equipo favorito cuando ganaban juegos, cuando eran competitivos, -qué necesidad esta de afanarse a un equipo del que uno recibía noticias esporádicas y de vez en cuando cachaba algún partido en la prodigiosa «antena parabólica» de mi casa. La última temporada ganadora de los Piratas coincidió, creo, con mi primera novia allá en los años crueles del inicio de la secundaria.

Hasta ahora. Están, este año, coqueteando con romper la inercia. «Arrancar el espejo retrovisor», dijo el manager, un hombre de nariz chilerrellenuda y mofletes hinchados de chicle. A falta de poco menos de 50 juegos, llevan +11 (+12, si logran ganarle a los Dodgers hoy). Todo esto da lo mismo. O más bien, me importa a mí. Y a los aficionados. Y ni siquiera es el punto de esto.

El punto de esta «Mediocridad iridiscente» era la viscosa materia de la que se componen nuestra compasión. Una compasión sencilla, banal pues. Ni siquiera estoy seguro que califique como compasión.

Jueves

1.

El despertador, esa guillotina.

Dormir con la luz prendida es costumbre de atemorizados y de insomnes. Sea que la lámpara ataje cualquier pesadilla, o que el imperfecto descanso nos sorprenda sin poder apagarla, amanecemos mareados de tanto resplandor. Alguien, supongo que mi abuela o mi madre, me explicaron que la luz cancela toda cualidad tonificante del sueño; pésima práctica, reprochaban, y más te vale descontinuarla. Si no lo he hecho no ha sido por asumirme irreverente o por afirmar mi independencia. En todo caso, soy tanto un atemorizado como un insomne y eso solo hace que el buró sea el lugar favorito del gato, siempre entibiado por el foco de cuarenta watts.

Amanecí mareado de tanto resplandor. Y aturdido por el zumbido infernal del despertador. Más que un reloj de manecillas y sus sacudidas percusivas, lo que tengo es la alarma del teléfono celular. He pasado por siete u ocho tonos, y hasta ahora ninguno aminora el madrazo. Todos son monstruosos. Finalmente, despertar es monstruoso y no hay por qué seguir quejándose.

El despertador, sin embargo, me parece que esconde algo: es desleal. Hay una promesa falsa en el despertador, y malicia. Es el instrumento de la traición autoinfligida. Con sus silbidos digitales, es la guillotina a la que entrego el cuerpo dormido: todas las mañanas, cae la navaja y uno se activa, espasmódico, indignado, inconsciente, como dicen que le sucedió a la guillotinada asesina de Marat.

 

2.