Martes

Un elogio del pan de en medio

1. 
Paciente, ese pan es la cortesana que aguarda, el lacayo perfumado tras la cortina, el asistente. Finge, espera, concede al comensal la voluntad de ser él y nadie más quien advierta lo insípido o lo picante. Ya vendrán las manos a arrancarle un trozo y aliviarle el desconcierto a las papilas.

2.

Nunca he sabido qué norma gobierna el uso del pan que la fonda ofrece: si uno lo toca, aunque solo arranque un trozo, debe extraerlo de la canasta y conservarlo en el plato propio; o al contrario, agenciarse un pan entero es una contravención de la colectividad que la canasta con servilleta encarna. El provincianismo clase mediero que inculcaron en mi ms abuelos exigía estar del lado de ese individualismo pretendidamente más higiénico. “Todos sabemos que te lavaste las manos, pero no seas cochino”, era la extensión total del argumento. Hasta la fecha me apego a él sin saber bien a bien por qué lo hago. Hay veces que lo contravengo y reconozco que no se siente del todo mal, pero no sabe a lo mismo.

3. 

Es evidente que hay lugares que se esmeran con este accesorio comestible. Estarían en desacuerdo, supongo, con mi clasificación de accesorio. Son lugares, comidas corridas en su mayoría, donde hay cierta convicción, cierta entrega a la industria del servicio a través de sus detalles, yo qué sé: el pan es suave y crujiente por partes justas, adecuadas. Y casi podría uno empacarse un par de canastillos llenos de esas rebanadas gruesas sin que por ello sienta que comió poco. No un alimento, pero casi. Un capricho.

4.

Los hay, no hagamos lo que tantos por hacerse los cancheros y celebremos hasta el paroxismo la nimiedad «curiosona», terribles. Endurecidos, suavizados sólo por la presión de otros dedos, hace unos minutos, que intentaron divinar alguna región comestible y al no hallarla abandonaron la pieza entera en el canasto para que ahora, uno, halle, si acaso, la perfecta embonadura de otras huellas dactilares haciendo presión: un viaje en el tiempo, un momento de conexión no solicitada que nos regalan las comidas corridas menos acuciosas.

5.

Se agota pronto, el pan de en medio. Se consume de un bocado, quizá dos. Apacigua el hambre urgente, ralentiza la desesperación ante la tardanza. Aparece de nuevo para recoger del plato, delicado y voraz, el caldo y los residuos. Y luego se quedan ahí sobre la tela y entre migajas, las dos o tres rebanadas, quizá alguna punta de bolillo, quizá la corteza desollada por dedos ávidos de migajón, para esperar el juicio del mesero: ¿sirve o se tira?

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