La enfermedad y la pausa

Siempre que hay una urgencia, cualquier amenaza conversada como emeregencia, el deseo es que se detenga un poco el tiempo.

Un paréntesis que de un respiro. Y es siempre un deseo incumplido. Hay que seguir saliendo de la cama, reorganizar el calendario y pedir disculpas por tener que cancelar, que posponer.

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Wishful thinking

Haciendo cuentas falaces (multiplicando el número de bolitas disponibles antes de que la mano célebre seleccione la primera, por el número de bolitas totales menos una, por el número de bolitas totales menos dos y así hasta dar cuenta de las seis bolitas de las que se compone), resulta que la probabilidad de ganar el melate con una serie es de una en 23 mil millones. Aunque mi profesor de estadística pudo haber hallado en mí a un negado para el cálculo numérico del mundo, no creo estar tan errado. Una en 23 mil millones.

Tengo como plan de vida alterno, a pesar de la evidencia en contra, el ganarme el melate. Siempre es un recurso alentador para las situaciones desesperantes (la mía, por fortuna, todavía no escala al grado de desesperada).

“Yo sería de los otros”, es el pensamiento inmediato a imaginar cómo sería mi vida con el premio completo de millones de pesos. “Sería de los que no pierden la cabeza”.

Entre los indicadores políticos y económicos hace falta uno que de cuenta de la cantidad de gente que apela al azar para inferir de ahí el descontento popular, la improductividad laboral y la propensión a la violencia. No tengo ni idea de los datos duros, pero el hecho de que haya más bolitas (ahora creo que son 56, y cuando empecé a jugar casi estoy seguro de que no había más de cuarenta) en el sorteo sólo quiere decir una cosa: la masa se estaba acercando demasiado a tener posibilidad de ganar.

No juego lo suficiente. Tal vez porque no estoy suficientemente motivado. La desesperación quizá no basta. Quizá hay que tener algo más para acudir los martes y los sábados, un día antes de los sorteos, a marcar los números en turno.

El azar no me ha favorecido nunca con sus buenos tratos. Ni en la tómbola de la feria escolar, ni en las dinámicas navideñas que la familia acostumbraba organizar he sido agraciado con un premio mínimo. Tampoco es que mis destrezas me hayan proporcionado ninguna recompensa singular. Soy, en todo caso, uno de los que viven recolectando reintegros, cachitos y premios de consolación.

“Sería de los que dan a los parientes cercanos y mantienen en orden la cotidianidad. Porque el problema con quienes pierden la cabeza al ganar estos premios es que trastocan irreparablemente el equilibrio cotidiano”, pienso mientras voy en el metro hacia el trabajo, casi todos los días.

Nunca me ha pasado lo que otros dicen que sí: jamás he soñado con una combinación de números que, según dicen, uno juega y gana algo. O con un fragmento de la combinación que, según dicen, uno juega y por, no recordar uno o dos de los dígitos necesarios, se queda a un paso del premio.

Recién, durante una espera demasiado larga en una terminal de autobuses jugué. Hoy es el sorteo. He estado intentando no pensar demasiado en ello en todo el día, salvo ahora, porque entre las reglas que me autoimpongo está la de pretender que invocar cierta racionalidad cerraría cualquier resquicio. Y estar ideando escenarios, haciendo cuentas y dividiendo el botín entre los cercanos, entre las urgencias y los planes postergados, es sin lugar a duda mantener lejos a la razón.

Tampoco es que tenga mala suerte. Sólo es que la situación es desesperante.

Terminal de autobuses

Las terminales de autobuses son lugares de tránsito dentro de un tránsito mayor. El nodo en el que se detienen nuestros impulsos desplazatorios, se reordenan y se acomodan para salir. Tener auto convertiría a las casetas y a las gasolineras en esos nodos. Al no tenerlo, son las terminales de autobuses las que sirven para dar un nuevo empujón al movimiento. Como si de inercia y fricción se tratara, uno se desplaza apoyado en el dinero como motor y agente lubricante.

Aunque es una costumbre para quienes frecuentan aeropuertos, las esperas de más de tres horas son una grosería dentro de una terminal de autobuses. Más porque no están hechas para eso. Están confeccionadas para el despacho veloz, para una circulación acelerada. Sin embargo, viejas, rebasadas como casi todas las demás estructuras de la vida pública nacional, ya ese proceso raudo está negado por el uso: un viernes por la noche, los concurrentes al nodo son tantos y tan disímiles, las opciones tan variadas y las rutas tan las mismas, que más bien parece un embudo donde ejercitar nuestras habilidades para el regateo, la incivilidad y la paciencia.

Como tantas otras estructuras de la vida pública nacional, la terminal de autobuses es el mejor de los mundos disponibles. La alternativa es pedir un crédito y sacar de la agencia un coche económico a plazos. Entonces sí, uno tiene casi libre tránsito por las carreteras. Aunque las carreteras padezcan del mismo mal: están viejas, rebasadas. Y el libre tránsito se reduce al total de centímetros cuadrados disponibles después de computar todos los libres tránsitos que los demás automovilistas ejercen en ese momento.